La estructura de madera más alta del mundo es también el lugar donde comenzó la Segunda Guerra Mundial

31 de agosto de 1939, ocho de la tarde. En la estación de radio alemana de Gleiwitz, muy cerca de la frontera con Polonia, tres técnicos trabajan, charlan y fuman, compartiendo un rato con un agente de policía que pasaba de visita. Repentinamente, cinco hombres vestidos con uniformes del ejército polaco irrumpen en la emisora y encierran a todo el mundo en el sótano. Encuentran un micrófono y leen un comunicado en polaco en el que llaman al ataque contra Alemania y los alemanes. De fondo se escuchan disparos. Pero no hay nadie que pueda oponer resistencia. En pocos minutos, los asaltantes se marchan. Uno de ellos, aparentemente, ha muerto en el ataque; su cadáver tiroteado aparece junto a la puerta del recinto. La prensa alemana es contundente: Polonia ha invadido Alemania. Adolf Hitler da la orden: a las cinco de la mañana del día siguiente las tropas nazis invaden a sus vecinos polacos. La segunda guerra mundial acaba de comenzar en Europa, usando como excusa el asalto a la estación de radio. Pero en realidad ese ataque no existió. Fue todo una farsa, una excusa para dar inicio al conflicto más sangriento de la historia de la humanidad.

«La torre Eiffel de Silesia», le dicen (In Your Pocket)

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Números en el aire; el misterio de las estaciones numéricas

En la Nochebuena de 1906 los operadores de radio de algunos barcos en el Océano Atlántico Norte recibieron a través de sus auriculares algo que nadie antes había podido escuchar. Un hombre tocaba un villancico al violín; un fonógrafo reproducía una canción popular; finalmente, el mismo hombre leía algunos pasajes de la Biblia antes de dar las buenas noches y desear Feliz Navidad. Se trató de la primera retransmisión pública radiofónica de la historia; nunca antes la voz humana había sido esparcida de esa manera tan indiscriminada, para cualquiera que pudiera estar escuchando. A todos los efectos era poco menos que magia; la magia de la radio se convertiría en un lugar común en las siguientes décadas, cuando la aparición de las primeras emisoras comerciales en 1920 cambiase para siempre la manera de transmitir la información. La idea de que una voz pudiera alcanzarnos allá donde estuviéramos sin importar la distancia ni el origen era extremadamente poderosa y sugerente. De repente los seres humanos ya no estaban solos ni aislados; la música podía entrar en el salón de casa, igual que las noticias, las ideas o la comedia. Era, simplemente, mágico. Más de cien años después, la radio sigue conservando una pequeña parte de ese atractivo primigenio, casi pretecnológico, que tenía cuando nació. Pero hay un modo de devolvernos a esa época temprana de la radio, cuando las ondas hertzianas eran una fuerza misteriosa e invisible que nos transportaba más allá de nuestros límites físicos. Una manera de sentir lo mismo que aquellos operadores de radio en mitad del Atlántico cuando en vez de puntos y rayas escucharon una voz humana atravesar la oscuridad. Con un receptor de onda corta podemos escuchar a gentes situadas en la otra punta del mundo, y, todavía mejor, hablarles también. Pero a veces quien está al otro lado no acepta respuestas. En ocasiones el mensaje que nos llegará a través de las ondas será incomprensible, pero igual de evocador que las primeras emisiones radiofónicas, si no más. En todo el mundo existen emisoras de radio que sólo emiten interminables filas de números, una y otra vez. Larguísimas series de cifras carentes de sentido. Salvo que en realidad no carecen de sentido, somos nosotros que no disponemos de la clave para descifrarlas. Hoy en Fronteras, el misterio de las estaciones numéricas.

Estación numérica norteamericana captada en febrero de 2019

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Fronteras en la radio (volumen II)

No es la primera vez que el humilde y sin embargo orgulloso editor de Fronteras es invitado a hablar en la radio, como tampoco es la primera vez que hace notar su espantosa manía de hablar de sí mismo en tercera persona. Sin embargo, en esta segunda ocasión la «ilu» con la que recibí la amable invitación de Cristina Hermoso de Mendoza  fue exactamente la misma que cuando dedicaron unos minutillos a hablar de la minúscula República de Goust. En la última edición de La Transversal, el programa de Radio Nacional de España «sin conductor, sin destino y sin sentido» (en eso se parece a algunas líneas de metro de Barcelona)  hablaron del Enclave de Kowloon, y me invitaron a decir algunas cosillas con mi escasamente radiofónica voz. Como empieza a ser costumbre, aquí dejo el audio, en formato vídeo. Los que quieran suscribirse al podcast del programa pueden hacerlo aquí.

Fronteras en la radio

La Transversal es un programa de Radio Nacional de España que se emite las madrugadas del domingo al lunes entre las doce y las dos de la mañana, y que cuenta con una temática entretenida y muy variada. Tan variada que anoche hasta yo mismo pude intervenir brevemente, a cuenta de la minúscula y desconocida República de Goust, que los fieles lectores de Fronteras sin duda recordarán. Cristina Hermoso de Mendoza (si lees esto, muchas gracias) me preguntó si podía comentar algo sobre el tema, y, bueno, aquí está el resultado. Fronteras ya es multimedia.

Aquí dejo el audio… en formato vídeo, que es más cómodo. También se puede escuchar el fragmento en Goear (el momento fronterizo comienza a partir del minuto cinco, aproximadamente), y suscribirse al podcast de la Transversal, aquí. Les dejo con mi voz viril, dulce y, ejem, algo atropellada.