Julio de 1996. Hassanal Bolkiah cumple cincuenta años y decide darse un homenaje. En el aeropuerto de Bandar Seri Begawán aterriza un jet privado. De él se baja nada menos que Michael Jackson. Esa noche dará un concierto para el sultán, sus amigos, su familia y miles de ciudadanos escogidos cuidadosamente. El concierto es gratuíto, un regalo de cumpleaños del soberano para sus súbditos, pero el rey del pop no actúa precisamente por amor al arte. Su tarifa asciende a diecisiete millones de dólares. ¿Es mucho dinero? Habría que sumarle lo que cuesta construir un recinto con capacidad para miles de personas: el lugar donde se celebró el evento fue levantado específicamente para la ocasión. Es sólo una de las muchas excentricidades del Sultán de Brunéi, uno de los últimos monarcas absolutos del mundo, que dirige uno de los países más raros de la Tierra, y goza de una de las fortunas más grandes de la humanidad.

En la costa de la ciudad de Seria, a unos 60 kilómetros al oeste de la capital, se encuentra un monumento curioso. Seis arcos de hormigón se juntan en un único punto, sobre el cual se alza un escudo de armas de Brunéi bañado en oro. No es un monumento a la monarquía, al sultán o a alguna batalla perdida en las arenas del tiempo. Es un monumento al petróleo. El Billionth Barrel Monument celebra el barril de petróleo número mil millones que se extrajo del primer campo petrolífero del país, que abrió en 1929. Es una conmemoración, en realidad, del motivo por el que el país es uno de los más prósperos del mundo, del origen de absolutamente toda la riqueza de Brunéi y de la familia que rige sus destinos. El crudo y el gas natural suponen el 99% de las exportaciones del sultanato y pagan la factura del enorme sistema social del país: todos los ciudadanos de Brunéi tienen pagada no sólo la educación y la sanidad, sino también mayormente la vivienda, y disfrutan de enormes subvenciones en los alimentos y combustible. Además, los impuestos están limitados a un 3.5% del salario.

Brunéi tuvo la oportunidad de formar parte de Malasia cuando las colonias británicas de la Isla de Borneo (Sarawak y Sabah) se unieron con Singapur y la federación Malaya para formar la actual Malasia (Singapur fue expulsado de la federación un par de años después). El entonces sultán, sin embargo, decidió mantener al país como un protectorado británico para mantener su poder omnímodo, que habría visto disuelto en un país tan grande, y además habría tenido que compartir su parte del petróleo frente a sus cien kilómetros de costa. La independencia no llegó hasta 1984, aunque ya desde 1959 el país era completamente autónomo en todo excepto en defensa y política exterior. Tres años después se celebraron las primeras elecciones parlamentarias en el país, que casualmente también fueron las últimas. La victoria del Partido Popular de Brunéi con un 98% de los escaños disponibles fue respondida con una rebelión por parte de los opuestos a la unión con Malasia. El Sultán tomo nota de los acontecimientos y decidió mantenerse fuera de Malasia (y de su inminente choque armado con Indonesia) y prohibir las elecciones. Para ello estableció un estado de excepción con su ley marcial incorporada, que lleva en vigor desde entonces.

La geografía de Brunéi destaca sobre todo por un hecho: el país está dividido en dos trozos, el pequeño de los cuales representa una cuarta parte de la superficie oficial del sultanato. La división se origina en 1890 cuando el Raj de Sarawak se anexionó todas las tierras a ambos lados del río Limpang. ¿Quién era el Rajá de Sarawak? Un británico llamado Charles Brook. ¿Y cómo llegó a Rajá? Porque Brunéi le había cedido a su padre un buen pedazo del país para que montara allí su propio reino, con casinos y pilinguis. Gran Bretaña, que en teoría tenía que mediar en estas cosas, por supuesto que le permitió a un ciudadano de su país que le robara un cacho de territorio a uno de sus protectorados. Moraleja: nunca te fíes de un británico. Así que Brunéi quedo partido en dos trozos, separado por un pedazo de otro país, que, este sí, acabó integrado en Malasia. Así que cuando finalmente en 1984 el reino se independizó del todo del Reino Unido, su territorio estaba partido en dos. Para más inri, el trozo pequeño del país estaba prácticamente deshabitado, y de hecho sigue así: de los 450.000 habitantes de Brunéi, apenas 10.000 residen en el distrito de Temburong, que es como se llama el pedazo más al este de Brunéi. Pese a ello, el régimen ha construido uno de los puentes más largos de Asia para unir el distrito con la parte principal del país: treinta kilómetros de carretera sobre la bahía de Brunéi que redujeron el tiempo de viaje hasta Bandar Seri Begawan en aproximadamente un 70%, sin contar las colas y esperas en las dos fronteras que había que cruzar.


Pero si hay algo por lo que es conocido Brunéi es por la excéntrica riqueza de su familia real. En el poder desde hace seiscientos años, las palabras «Sultán de Brunéi» siempre han sido sinónimo no sólo de opulencia sino también de derroche. Según la constitución del país, el sultán es simultáneamente jefe de Estado y de gobierno, a perpetuidad, y toda la riqueza del país le pertenece. Las reservas de petróleo y gas las explota una filial regional de la Shell, en conjunción con una empresa estatal. Los astronómicos beneficios del petróleo han ido en su mayor parte a engordar las ya de por sí enloquecidamente abultadas cuentas corrientes de la monarquía, permitiéndo que Hassanal Bolkiah figure desde hace décadas en las listas de las personas más ricas del planeta Tierra. Su fortuna se estima en unos cincuenta mil millones de dólares, pero es difícil de calcular, dado que la casa real no se esfuerza demasiado en explicar sus cuentas. En buena parte, porque durante muchísimos años fueron una locura de despilfarro. Baste mencionar la colección privada de coches de lujo del monarca y de su hermano: más de siete mil vehículos, entre ellos 450 Ferraris, porque con sólo, yo qué sé, doscientos, no les bastaba. El modelo más famoso de la colección es un Rolls Royce Silver Spur chapado en oro de 24 kilates, cuyo precio se estima en unos catorce millones de dólares. La colección completa se cree que tiene un valor de cómo minimo, casi dos mil millones de dólares.


Pero si el sultanato de Brunéi es sinónimo de derroche y ostentación no es sólo por los coches de oro que se compra el sultán, que, bueno, no ayudan, sino especialmente por el comportamiento errático de su hermano, el príncipe Jefri. Durante los años 80 y 90 fue el ministro de economía del país, y también fue el responsable de gestionar la Agencia de Inversión de Brunéi, un organismo público encargado de invertir los inmensos fondos provenientes del petróleo. Todo iba bien hasta que llegó la crisis asiática de 1997. Brunéi, la economía más pequeña de la zona, se vio afectada, y el Sultán ordenó una auditoría de los activos del estado, entre ellos y especialmente, la agencia de inversión. Los auditores encontraron que el príncipe Jefri había defraudado casi quince mil millones de dólares, desviándolos a sus propias cuentas, además de otros ocho mil millones que habían ido a parar a las cuentas del monarca. El gobierno del sultanato ordenó congelar y expropiar todas los bienes del príncipe, que se defendió en los tribunales internacionales, especialmente en los de Estados Unidos, en uno de los litigios más caros de la historia. Finalmente llegaron a un acuerdo y el hermano del sultán le entregó al país una serie de propiedades entre las que se encontraban quinientas propiedades inmobiliaras en todo el mundo, (edificios, hoteles, apartamentos de lujo, mansiones), dos mil coches, un centenar de cuadros comprados en subastas, nueve aviones y cinco yates. En total fueron más de diez mil objetos y propiedades que fueron subastadas en lotes para devolverle el dinero al estado. Puestos a meter el cazo, hay que hacerlo bien.



Las extravagancias del sultán también merecen un capítulo propio. Cada corte de pelo cuesta veinte mil dólares, porque hace viajar en avión privado desde Londres a su peluquero favorito. Además de la colección de coches también posee una de aviones que incluye un Boeing 747 que, como su Rolls favorito (tiene 60o), también tiene los interiores chapados en oro. En un país en el que desde 2015 rige la Sharia y está prohibido bailar, beber, o celebrar la Navidad (no digamos ya ser gay, que está penado con la muerte), el sultán y su hermano organizaban fiestas en los hoteles más caros del mundo pagando miles de dólares a docenas de prostitutas. La poligamia es perfectamente legal en el país, pero de las tres mujeres del sultán sólo queda una, de las otras dos (una azafata de las líneas aéreas de Brunéi y una presentadora de televisión) se divorció. Buena parte de sus doce hijos llevan una vida de opulencia y ostentación; cada vez que se ha casado uno han invitado a cinco mil personas a la ceremonia, y cada uno cuenta con su avión privado. La fiesta de cumpleaños en la que actuó Michael Jackson de hecho tuvo dos conciertos del rey del pop, el segundo de ellos para los tres mil asistentes a una cena celebrada en el gran salón del palacio real, que, merece la pena mencionar, tiene 1.787 habitaciones. El palacio más grande del mundo, a la altura de un país y un régimen chapados en oro de 24 kilates

Fuentes y más info: Car Expert, SCMP, Geography Now, Vanity Fair, NY Post, Il Giornale, Daily Beast, Business Insider.
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Esa opulencia es vomitiva
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Cuando hace 31 años, estudiaba 7º de EGB y dábamos las capitales del mundo, recuerdo que el maestro nos habló de Brunei y las opulencias del sultán… Hasta hoy mismo, siempre pensé que las cosas que nos contaron eran una exageración… Ahora descubro que el maestro se quedó corto
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No he podido dejar de reír imaginando la voz de Bender con su voz entusiasmada «con casinos… Y pilinguis!» 😂
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Recuerdo haber descubierto al país cuando uno de los sobrinos, creo, del sultán: Faiq Bolkiah fichó por el Leicester City y se convirtió en capitán de la selección con 19 años, y siendo el futbolista más rico del mundo.
«Juega» en un equipo de la liga tailandesa, aunque me da la impresión que es el Roy Nissany del fútbol. Solo esta allí porque ponen dinero, porque juega una vez cada mil años, y ni en la propia selección de Brunei (que es de las peores de Asia) es tenido en cuenta.
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