La mayoría de las fronteras del planeta se han establecido a través de guerras, y la que hoy nos ocupa no es una excepción. Ahora bien, esta guerra no fue una guerra convencional. No hubo bajas, ni heridos, ni nadie disparó una sola arma. Fue una guerra incruenta que se libró a base de botellas de licor, y cuyo resultado es la frontera más al norte y más joven del mundo, la terccera más corta, pero sobre todo la más absurda y la mejor. Hoy, en Fronteras, la Isla de Hans: la frontera terrestre entre Canadá y Dinamarca.

Hans es un peñasco inane que apenas interrumpe momentáneamente la superficie azul osccuro del Océano Glacial Ártico. Es un lugar yermo y desolado, carente de flora, fauna, recursos, o interés. Es el equivalente insular a tu compañera de trabajo la que te pregunta a qué hora naciste, pero con la ventaja de que no habla. Y sin embargo es un lugar que ha sido objeto no sólo de un tratado internacional sino de escaramuzas diplomáticas, visitas militares y profusión de banderas blancas y rojas. No por lo que es, que la verdad no es gran cosa, sino por donde está: exactamente a medio camino entre la costa de Canadá y la de Groenlandia.
El límite marítimo entre la provincia canadiense de Nunavut y la isla más grande del mundo se estableció en un tratado entre Canadá y Dinamarca en los años setenta, y consiste en una serie de coordenadas geográficas que discurren de sur a norte. Por la razón que fuese no se percataron de que exactamente entre dos de ellas había una isla, la Isla de Hans, que quedó así en una especie de limbo jurídico: los dos países la reclamaban como propia, pese al soberano aburrimiento que proporciona su mera contemplación. Pero en el Ártico el tema de los límites se lo toman muy a pecho: uno nunca sabe dónde va a aparecer una bolsa de petróleo o gas natural, ni qué antecedentes se van a usar para dirimir una disputa sobre límites en el océano. Así que ninguno de los dos países dio su brazo a torcer.

La cosa quedó en suspenso porque, bueno, islote más muerto que la sala de trofeos del Atlético de Madrid, pero unos cuantos años más tarde, a finales de los ochenta, en Groenlandia se enteraron de que una compañía canadiense estaba llevando a cabo prospecciones en la isla, lo que generó indignación y sorpresa a partes iguales. El ministro danés para Groenlandia no se lo pensó dos veces, se subió al helicóptero que tenía más a mano y se plantó en Hans (la isla, digo), donde clavó una bandera danesa y además depositó una botella de Schnapps, el aguardiente nacional de Dinamarca. Cuando la noticia llegó a Otawa, el gobierno canadiense se lo tomó como algo personal: un puñado de militares acudieron al peñasco inerte armados con la bandera nacional y con otra botella, esta de whisky. Después de pulirse el licor danés depositaron allí la carga y regresaron ebrios no únicamente de victoria a sus bases. Y así empezó la guerra más divertida del último medio siglo: la Guerra del Whisky.

Durante las siguientes dos décadas militares daneses y canadienses llevaron a cabo la misma ceremonia una y otra vez: aterrizaje, deglución del licor presente en la isla, retirada de la bandera del otro país y colocación de la propia, junto con una botella de alcohol de alta graduación. Una guerra sin heridos, más allá de algún soldado que quizás aprovechó para escribir a su ex entre los vapores etílicos pensando que era una buena idea. Spoiler: no lo era. El caso es que en 2005 la cosa subió un poco de temperatura cuando fue el ministro de defensa de Canadá el que aterrizó en el islote. «Vamos a calmarnos un poquito» fue la respuesta del embajador danés en Otawa, que publicó una carta en el Globe and Mail protestando por el atrevimiento. Los daneses enviaron esta vez un buque de guerra para reponer su bandera, acción que fue contestada puntualmente por la armada canadiense. Teniendo en cuenta que se trata de dos miembros de la OTAN las posibilidades de conflicto eran básicamente cero, pero nunca es buena idea poner cosas que hacen pum cerca unas de otras, así que en breve se retomaron las negociaciones, y la isla quedó convertida en un condominio de facto, puesto que para realizar cualquier tipo de actividad allí (científica, fundamentalmente) era necesario el permiso de ambas naciones.

De nuevo la cosa quedó en stand by hasta que en febrero de 2022 a Rusia le dio por invadir la parte de Ucrania que no tenía invadida aún, dentro de sus políticas de buena vecindad con las ex colonias a las que mantuvo sometidas durante buena parte del siglo XX. La invasión tuvo varias consecuencias en la diplomacia internacional, como la entrada de Suecia y Finlandia en la OTAN, y una de ellas fue el acuerdo definitivo sobre la Isla de Hans. Deseosos de mostrar al mundo que las disputas fronterizas pueden hacerse sin bombardear hasta los cimientos ciudades con cientos de miles de habitantes y sin cometer genocidios contra el vecino, Canadá y Dinamarca firmaron un acuerdo que dividió la isla en dos: el este para Groenlandia y el oeste para Nunavut. Ambos países duplicaron así el número de vecinos con los que compartían una frontera terrestre. En total, 1.280 metros de frontera, la tercera más corta del mundo tras la de Botsuana y Zambia y la de España y Gibraltar, con la que de hecho casi empata (hay unos cincuenta metros de diferencia). Es la frontera más improbable del mundo, la más difícil de cruzar y la más septentrional (Hans está en el paralelo 80). Y, desde la autoridad que me otorga la autoría de este blog llamado Fronteras: la mejor.

Esta historia se contó por primera vez hace once años en este mismo lugar. Aquel texto terminaba con una petición a la comunidad internacional: ¡Frontericen esa isla! Nos hicieron caso. Somos influencers de fronteras, queridos.
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Esta historia aparece en HISTORIONES DE LA GEOGRAFÍA junto con otro centenar más, narradas con el mismo tono serio y académico que caracteriza este lugar. Si eres lector de este blog, estás legalmente obligado a comprar el libro. No me lo invento, es la ley, y la ley se cumple. Estás tardando. COMPRA MI LIBRO. ES UNA ORDEN
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¿Cómo que 2014 fue hace 11 años?
Leí que la otra entrada la isla Hans era de hace 11 años y pensé que había sido escrita allá por el 2011 o 2012, como muy reciente.
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No quiero darte mareos pero en enero este blog cumplirá 18 años…
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Eso sirve para recordarme que soy apenas unos años más viejo que el blog.
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Sí que es peligroso poner juntas las cosas que hacen pum. Por eso mi botellero la secuencia es cava/tintorro/cava/blanco/cava/tinto…
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Se me ocurre que si alguien llega a esa isla, podrá poner un pie en Europa y otro en América. Aunque sea de manera simbólica.
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