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Las recomendaciones de viaje del Ministerio de Exteriores son útiles para saber qué no hay que hacer en según que sitios. Por ejemplo, no se puede llevar chicle a Singapur, conejos a Australia o jamón cinco jotas a las Maldivas. En el caso de Georgia, indicaban dos cosas: una, no ir a manifestaciones políticas (oops) y dos, no acercarse ni de broma a la línea de control entre el país y la República de Osetia del Sur. Hay minas, soldados rusos, paramilitares y cosas malas en general. Así que ahí estábamos Christian y yo, después de meter el coche de alquiler por caminos que harían marearse a una cabra, exactamente junto al alambre de espino de la frontera, haciéndonos selfis. Porque el irresponsable se hace, pero idiota se nace.

En realidad no teníamos intención de ir a ver la frontera tan de cerca. El último pueblo de Georgia en la carretera de Tsjinvali es Ergneti, y allí se encuentra un museo sobre la guerra de 2008 que queríamos visitar. El museo en realidad es el sótano de la casa de una mujer llamada Lia Chlachidze, que vive a poco más de ciento cincuenta metros del límite con Osetia del Sur. Su casa ardió hasta los cimientos durante los combates, y, tras reconstruirla, Lia acumuló durante años fotografías y objetos relacionados con el conflicto osetio, donados por vecinos, amigos y conocidos. Juguetes quemados, trozos de metralla y fotografías de familiares llorando la pérdida de sus seres queridos conviven en el sótano de la casa de Lia en un recordatorio de los horrores de la guerra.


En todo caso, nosotros no vimos el museo. El lugar está tan cerca de la frontera que al saltarnos el desvío acabamos dándonos de bruces contra el puesto fronterizo georgiano, cerrado desde hace diecisiete años, y del que un soldado nos echó a voces cuando le preguntamos si podíamos hacer fotos. Aparcamos el coche en donde Google Maps nos indicaba que se encontraba el museo, pero no encontramos a ningún ser humano disponible. Después de dar un par de vueltas por el pueblo, nos topamos con quien se convertiría brevemente en nuestro anfitrión en las embarradas calles de Ergneti: Giorgi, de catorce años.

Giorgi, que hablaba un inglés más que decente, nació en Gori pero ha vivido en Ergneti toda su vida. Acude al colegio en la ciudad natal de Stalin y cuando acaba regresa en una marshrutka a su pueblo, donde es uno de los poquísimos menores de edad. Mientras intentaba ayudarnos a encontrar a Lia para que nos abriera la puerta del museo, nos contó algunas cosas de su vida y su relación con Osetia del Sur. Sus abuelos y sus tíos viven en Tsjinvali, ciudad tan próxima que puede verse claramente desde cualquier parte de Ergneti, pero nunca ha podido ir a verlos: la guerra acabó dos años antes de que él naciera. Tampoco su familia del otro lado ha podido cruzar la línea fronteriza para conocerle. La distancia en línea recta hasta el centro de la capital de Osetia del Sur es de dos kilómetros, y hasta los primeros edificios de la ciudad, menos de la mitad, pero en la práctica son universos distintos. Los georgianos pueden entrar en Rusia sin necesidad de visado gracias a un acuerdo firmado con Moscú hace seis meses, pero para un georgiano es imposible poner un pie en territorio osetio legalmente (de hecho, para cualquier ciudadano no ruso es casi imposible).

Historias como la de Giorgi se repiten una y otra vez a lo largo de la frontera. Padres e hijos, hermanos, primos, tíos y sobrinos, amigos y compañeros separados por una frontera que en muchos tramos está sin señalizar salvo por las minas que pusieron allí los rusos. Varias decenas de miles de osetios también fueron expulsados o marcharon tras el conflicto de 1992, dejando atrás sus casas por toda Georgia, hogares que en el mejor de los casos están ocupados hoy por otras familias y en el peor destruidos por el paso del tiempo. Entre 1992 y 2008 existió alguna posibilidad de reconciliación, en buena parte gracias a un fenómeno económico y cultural que se produjo en el pueblo por el que caminábamos. Ergneti fue durante unos años el escenario de un intento espontáneo de reconciliación a través del comercio. La cercanía a Tsjinvali hizo que a mediados de los años noventa se estableciera una suerte de mercadillo donde osetios y georgianos acudían por igual. En muy poco tiempo aquello se convirtió en una especie de zona franca libre de impuestos donde unos vendían frutas, verduras y carne, y los otros cigarrillos, electrodomésticos y gasolina, generalmente traídos desde Rusia. El contrabando causaba cierto daño a las arcas públicas de Georgia, que en aquella época era un país muy pobre. Más de cien millones de dólares de la época anuales en combustible entraban en el país a través del pequeño pueblo fronterizo. Pero a cambio se normalizaron hasta cierto punto las relaciones intercomunales y se regresó a un punto de convivencia y cohabitación que permitía pensar en una potencial regreso a la normalidad

Además de Abjasia y Osetia, Georgia tuvo otra región secesionista: Ayaria (o Adjara), donde se encuentra Batumi, la segunda ciudad del país. En 2004, y después de década y media de reinado de un señor de la guerra local, el gobierno de Tiflis consiguió recuperar el control de la región y exiliar a Moscú al califa que mandaba allí. Convencido de poder hacer lo propio con Abjasia y Osetia, procedió a cerrar el mercado de Ergneti para presionar económicamente a las autoridades de Tsjinvali, con las que Georgia había formado una especie de condominio a tres que incluía a Rusia. El resumen es que no salió bien. En buena parte porque policías y militares rusos, osetios y georgianos se beneficiaban del contrabando, que para entonces también incluía drogas y armas, pero sobre todo porque la ausencia de contacto permitió que calara el dominio ruso fácilmente entre los osetios. Las sucesivas crisis entre Moscú y Tiflis llevaron a la invasión rusa de 2008 y a 50.000 desplazados más.

Después de que Giorgi llamara en varias ocasiones a voces a Lia sin éxito apreciable, le acompañamos de vuelta a su casa. Fue entonces cuando Chris propuso la idea de ir a ver la frontera de cerca. Yo no suelo mostrarme partidario de acercarme innecesariamente a líneas de control fronterizas entre países técnicamente en guerra, y menos con una cámara de fotos con teleobjetivo colgando del cuello, pero viajar con un Gen Z carente de cualquier tipo de respeto por la integridad física propia o ajena le lleva a uno a lugares que no necesariamente desea visitar. Así que nos subimos al Toyota y procedimos a empotrarlo por el primer camino embarrado para tractores que encontramos, decididos a ver Osetia del Sur lo más cerca posible.

Chris es un tipo que con 25 años se recorrió Centroamérica en autobús, el tipo de experiencia que los europeos occidentales solemos calificar como «exótica», «auténtica» o «yo no soy turista, soy viajero, busco la esencia, conectar con la tierra». Para él meter un coche de alquiler por un cenagal con más boquetes que un soldado ruso en Kursk es un martes cualquiera en la oficina, especialmente si, como era el caso, el coche tiene tracción a las cuatro ruedas. Así que mientras yo aullaba histérico él se dedicó a culebrear durante un rato por terraplenes y pistas abandonadas hasta llegar al punto más próximo a la frontera, que además está sin vallar y sin marcar. Nos hicimos los pertinentes selfis para presumir con el resto de amigos del frikismo geográfico y cuando yo ya estaba no ya dispuesto, sino deseando fervientemente volver a la civilización, me propuso ir a ver la verja fronteriza, en caso de que hubiera una.


He dicho que «propuso» ir a ver la verja, pero la realidad es que el verbo correcto es «decretó». Al fin y al cabo, el encargado de sacar el coche de allí iba a ser él. Así que de nuevo Christian puso a prueba mis nervios y yo hice lo propio con su paciencia durante poco más de un kilómetro hasta que pudimos aparcar a pocos cientos de metros de la frontera. La verja es, bueno, exactamente lo que uno espera de un límite internacional entre dos vecinos mal avenidos. Alambre de espino, cámaras de circuito cerrado y carteles en mayúsculas con signos de exclamación. Prácticamente nadie pasa por allí, y menos cuando el sol se está poniendo un día cualquiera de enero, con las temperaturas aproximándose lenta pero inexorablemente a los cero grados. Así que nos hicimos más selfis, con cierta sensación de angustia por si aparecía otro guardia con camuflaje digital a echarnos por segunda vez. Pero no vino nadie.

El tramo de frontera que escogimos para hacer el mongolo es en realidad uno de los que están pacificados, pero a lo largo de toda la línea de demarcación entre Osetia y el resto de Georgia abundan las tierras de nadie y zonas grises que las autoridades osetias, que es lo mismo que decir Rusia, aprovechan para seguir erosionando la soberanía georgiana. Durante los años posteriores a la invasión los soldados rusos cruzaban el límite para saquear casas georgianas próximas a la frontera, o para «detener» ciudadanos georgianos que habían «entrado ilegalmente» en la región separatista. En algunos casos las «detenciones» se efectuaban en la casa de la víctima. Por algunos de los «detenidos» se acababa pidiendo rescate. Durante década y media Rusia fue derribando casas y aldeas enteras junto al límite para extender las verjas con las que ha fronterizado el territorio que controla. La frontera osetia no es necesariamente un lugar seguro, sobre todo si eres georgiano.

Mientras nos marchábamos definitivamente del pueblo, captamos una emisora osetia con la radio del coche. Los osetios son distintos de los georgianos únicamente en su idioma, que es una lengua irania, a diferencia del georgiano, que es kartveliana (familia de lenguas que prácticamente sólo se habla en Georgia). Osetia del Sur, como su propio nombre indica, es la parte de Osetia al sur de las montañas del Cáucaso. Si la contáramos entre las naciones independientes, sus 3.900 kilómetros cuadrados (la mitad que la provincia de Madrid) la situarían entre las treinta más pequeñas del mundo, justo por encima de Samoa y Luxemburgo y por debajo de Cabo Verde. Por población estaría aún más abajo: sus 56.000 habitantes, la mitad de los cuales viven en Tsjinvali, la colocan entre los diez estados menos poblados del planeta. Osetia del Sur existe únicamente gracias a que Osetia del Norte, quince veces más poblada, es parte de Rusia. De hecho la mayoría de los surosetios (los osetios de Georgia) viven en Osetia del Norte, en Vladikavkaz y alrededores, y entran y salen de su país con pasaporte ruso.

Osetia del Sur es casi a todos los efectos una parte más de Rusia. Se habla ruso, la moneda oficial es el rublo y en un referéndum hace ocho años votaron masivamente 1por unirse al vecino del Norte, aunque la credibilidad de los referendos patrocinados por Moscú está al mismo nivel que el amor que profesaba la Alemania de 1940 por la fiesta del Bar Mitzvah. Para los georgianos, y para casi todo el resto del mundo, es una parte de su país ocupada por un vecino agresivamente expansionista, aunque con el tiempo la herida va cicatrizando, especialmente para la parte de la población que apoya al gobierno actual, que incluso considerando como fraudulentas las últimas elecciones, probablemente supera el 40% de los habitantes. Pero la mayoría de los georgianos, aparentemente, no considera enemigos a los osetios. Antes de la disolución de la URSS y las guerras de los noventa, ni siquiera eran capaces de reconocerse los unos a los otros. Y por eso los abuelos de Giorgi vivían a un kilómetro de su hija, porque entonces esa distancia no era lo que es hoy: un abismo insalvable.

Esta historia, como todas, también aparece en El Mapa de Fronteras. Y si te disfrutaste esta historia, también te gustará leer estas otras:
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Hay que tener valor (por no decir otra cosa) para ir por caminos semi-abandonados en una zona fronteriza de dos países que estuvieron en guerra, y en donde deben haber centenares de minas terrestres sin ser halladas, a la espera de detonar cuando el primer turista despistado y con pocas ganas de preservarse en una sola parte pase sobre ellas.
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Pues cuando leas lo que hicimos en la frontera entre Armenia y Azerbaiyán…
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No es por hacerme el listo, pero a Abjasia por ejemplo es sencillo entrar… Desde el lado ruso. La clave no es tener nacionalidad rusa, sino un visado ruso multi entrada (porque si no ya te quedas atrapado dentro de Abjasia). Hace unos diez años, pedir el visado para entrar era rellenar un formulario en Word y enviarlo por email al ministerio de interior de Abjasia (a una dirección de Gmail! Creo que lo tienen un poco más profesional ahora). Para los rusos de vacaciones en Sochi, ir allí es como para nosotros una excursión a Andorra.
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