Recorriendo Lanzarote en la camper más vieja de la isla: un 4 Latas

La primera vez que arranqué la furgoneta se me caló. La segunda también. De hecho las diez primeras veces que intenté arrancar se me caló todas y cada una de ellas. Pero luego conseguí que funcionara. Entonces tuve que aprender a conducir. ¿Por qué tendría que aprender a conducir si tengo veinte años de carné y he manejado docenas de coches en otros tantos países? Bueno, he conducido muchos vehículos, pero ninguno tan antiguo. Había encontrado un vuelo insolentemente barato a Lanzarote, pero mi presupuesto no permitía pagar hotel y coche de alquiler, así que pensé en dejar pasar la ocasión… hasta que encontré esto. Una furgoneta Renault 4 de 1983 convertido en una camper. 800 centímetros cúbicos, 34 caballos y cuatro marchas. Me enamoré instantáneamente y me dispuse a recorrer la isla con un coche casi tan viejo como yo. ¿Qué podría salir mal?

Mi vehículo y mi hotel, todo en uno

Encontré el prodigioso vehículo en el aparcamiento del aeropuerto de Arrecife. Su dueño me había enviado una serie de vídeos didácticos para explicarme el funcionamiento del cuatro latas, que incluían conceptos tan vintage como starter o ahogar el motor. En la era anterior al encendido electrónico, arrancar el coche por las mañanas tenía su truco y yo iba a aprenderlo por las bravas. Justo cuando estaba tratando de arrancar recibí un Whatsapp del dueño indicándome un pequeñísimo detalle sin importancia. «El freno de mano no funciona». Nada, minucias. Olvidémonos, pues, de aparcar en pendiente. Después de practicar durante media hora por el aparcamiento me sentí en condiciones de salir al ancho mundo a recorrerlo con mi cacharrito cuarentón. Las primeras sensaciones fueron buenas, pese a la infinidad de ruidos desconocidos y las sacudidas brutales cuando la marcha no era suficiente para mantener la aceleración, que básicamente era en cada cuesta. Para el lector no versado en cosas canarias, Lanzarote, como todas sus hermanas en el archipiélago, es una isla volcánica y si hay algo que no le faltan son pendientes.

Detalle de la palanca de cambios. Nótese la épica funda del volante y el delicado buen gusto del cobertor del asiento del copiloto

Dediqué el resto de la mañana a recorrer Arrecife y visitar los dos o tres lugares que merecen la pena en la capital insular. Me disponía a abandonar la ciudad cuando protagonicé el primero de los múltiples shows que acabaría celebrando por toda la isla. Saliendo del aparcamiento subterráneo la furgoneta se caló justo al final de la rampa de salida. Arrancar en cuesta con un coche de principios de los ochenta es una de las pruebas más duras existentes para cualquier conductor, pero hacerlo sin freno de mano lo convierte en la décimo tercera prueba de Hércules, o de Astérix, según de qué generación seas. Después de como quince intentos infructuosos de sacar de allí el cuatro latas el olor a gasolina podría haber colocado al casting completo de una película de Almodóvar, y además se había reunido una pequeña muchedumbre de conductores atrapados tanto en el aparcamiento como fuera de él debido a mi simultánea falta de pericia y de frenos. Finalmente conseguí apoyar el culo de la furgoneta en la pared del aparcamiento y, con la ayuda de media docena de personas empujando, acelerar lo suficiente para que el cacharrito no se calara antes de salir de allí. Prueba superada.

Las olas rompen sobre el puente de la Fortaleza de San Gabriel, con la Iglesia de San Ginés de Fondo, en Arrecife

Por la tarde me fui a la casa museo de César Manrique, probablemente el artista más conocido de la isla, y que dio forma a la mayoría de las atracciones turísticas de Lanzarote. Manrique fue uno de los tipos más creativos que ha parido el archipiélago y su casa no lo es menos. Toda la obra del lanzaroteño está pensada como una comunión entre el arte y la naturaleza. Su casa también. Me entretuve admirándola hasta la hora de cierre antes de regresar a mi cacharrito, que me esperaba en el aparcamiento con sendas piedras delante de los neumáticos delanteros. Marché entonces hacia el lugar en el que tenía la intención de pasar la noche, junto a una playa llena de surferos en un pueblo al norte de la isla. En la carretera, el 4 Latas apenas superaba los 90 kilómetros hora, pero el ruido maravilloso y vintage de un motor diseñado años antes de mi propio nacimiento me resultaba tan reconfortante que no me importaba en absoluto.

Vistas desde la casa de César Manrique, que actualmente acoge su Fundación
Uno de los pasillos abiertos entre la lava solidificada
Una de las salas de estar subterráneas excavada en la piedra volcánica

Ya era de noche cuando aparqué la furgoneta entre otro par de campers mucho más recientes y amplias pero carentes del encanto de un fósil extraído del capítulo 2 de Verano Azul. La cabina de carga de una cuatro latas mide apenas 175 centímetros de largo, así que para poder dormir es necesario tumbar los asientos de conductor y copiloto y extender una tabla de madera que evite que mis pies floten en el aire entre los asientos. Después de extender el colchón y ponerle las sábanas me fui a cenar al pueblo más próximo, Arrieta. En un bar especialmente de pueblo donde tres hombres llevaban acodados en el mismo rincón de la barra desde 1994 me pedí unas arepas, que son venezolanas, no canarias, pero no vamos a ponernos exquisitos con los acentos a estas alturas. Mientras esperaba la cena, una de las camareras, de no más de veinticinco años, le explicaba a un cliente lo mucho que le gustaba jugar a ping pong a su hijo el mayor. No me quise perder el chisme así que seguí atentamente la conversación hasta que averigüé la identidad del padre, que sólo era padre del primer hijo, no del segundo. Satisfecha mi curiosidad malsana sobre la vida privada de absolutos desconocidos, me dirigí de nuevo al aparcamiento de caravanas. Cuando cerré el portón trasero del Renault en seguida entré en calor. Mecido por el rumor de las olas rompiendo contra las rocas de la orilla me quedé dormido en un suspiro. Mi primer día en un vehículo que hace llorar a los técnicos de la ITV había sido un éxito. El segundo se encargaría de equilibrar las cosas.

Preparando mi dormitorio para pasar la noche en un descampado
Así da gusto amanecer, para que vamos a mentir

El cuatro latas incorporaba una ducha a pilas y un váter portátil. La ducha a pilas funciona introduciendo la manguera en una garrafa de agua, y el inodoro, a ver, es un asiento en el que pones una bolsa que luego depositas, junto con el producto, en la basura más próxima. Mi capacidad de vivir en un mundo previo a la civilización no es tan elevada así que decidí utilizar los baños de bares y gasolineras para ese menester. La ducha, sin embargo, no me parecía tan mala idea. Pese a ser principios de enero, la temperatura matutina en Lanzarote ronda los quince grados, así que tampoco me iba a morir duchándome al aire libre. Pero antes de ducharme decidí arrancar el coche. Y ese fue el inicio de mi desgracia. Después de treinta intentos no conseguí mantenerlo en marcha más de cinco segundos seguidos. Probé de todas las maneras posibles, hablé con el dueño y después de una hora me di por vencido: llamé a la grúa.

El gruísta se mostró indignadísimo por la ausencia de freno de mano, que hacía más peligroso el transporte. Y me lo dice a mi, que le ponía piedras en las ruedas al coche para que no se lo llevara el viento mientras dormía

El dueño del prodigioso vehículo tiene, claro, un taller de confianza, sito en Arrecife. Allí me depositó la grúa a eso de las doce del mediodía. En el taller consiguieron arrancar el coche pero, dijeron, cierto ruido denotaba un problema con un cilindro y además una pieza de la caja de cambios se había soltado, lo cual requería la intervención del dueño del lugar, aparentemente el único autorizado a manipular reliquias de la época de las hombreras y el pelo cardado. Me informaron de que el tiempo estimado de espera sería de «un ratito», un nivel de precisión que no se veía desde que Oppenheimer dirigió el Proyecto Manhattan. Preguntada mi amiga canaria más próxima por la traducción a unidades del Sistema Internacional, me informó de que «un ratito» corresponde a cualquier periodo de tiempo entre tres horas y cinco días laborables. Así que me di un largo paseo por la capital insular antes de regresar después de la comida a preguntar. Nadie se había interesado por el coche a las tres, ni tampoco a las cinco, ni siquiera a las siete. Finalmente a las ocho y media de la tarde alguien trajo una pieza del desguace más cercano y me entregaron mi vehículo en perfectas condiciones.

Primer vistazo al motor del coche. Hasta el segundo pasaron ocho horas, una de las definiciones de «ratito» más generosas que jamás haya conocido la humanidad

Efectivamente, el cambio de marchas iba mucho más suave que el día anterior. Pero ya era la hora de cenar y había perdido todo el día con el coche en el taller. De haber sabido que «un ratito» equivale a una jornada laboral completa habría comprado una excursión en cualquier hotel, pero no era momento de lamentaciones sino de buscar un lugar para dormir. Encontré un aparcamiento junto a la orilla que me pareció propicio para un descanso merecido y reparador, al menos hasta que aparecieron los auténticos dueños del lugar, los habitantes nocturnos de la periferia lanzaroteña. Además de turistas con caravanas de cuando el Papa se llamaba Juan y no Francisco, hay tres clases de merodeadores en esta clase de lugares: vendedores de droga, compradores de droga y la mezcla y suma de ambos: competidores en carreras de coches. Durante la siguiente hora, lo que tardé en hacer la cama y prepararme para el sueño, no menos de media docena de transacciones monetarias y estupefacientes se desarrollaron a menos de treinta metros de mi cacharrito viejuno. Las carreras de coches aparentemente tuneados, preferentemente Opel Calibra y Vectra, junto con algún BMW de la vieja Serie 3, se terminaron a eso de la una de la mañana, y entonces por fin pude dormir.

Esto es glamour y lo demás, tonterías

A las siete de la mañana un hombre no precisamente pequeño emergió del portón trasero de un Renault 4L en un aparcamiento de discoteca a las afueras de Arrecife. Vestido únicamente con un bañador y unas chanclas se dirigió a las rocas junto a la orilla del mar. Allí procedió a verterse  encima varios litros de agua de una garrafa, enjabonarse cabeza y cuerpo, y después verterse otro buen chorro de agua directamente del recipiente de ocho litros adquirido en el Hiperdino más próximo un par de días antes. Mi madre se pasó toda mi infancia tratando de que tardara menos de media hora en darme un baño, o al menos de que no gastara una bañera completa de agua, convirtiendo el lugar en una sauna, cada vez que tenía que lavarme. Habría estado orgullosa de ver cómo me duchaba en cuatro minutos con menos de seis litros de agua fría. La ducha me dejó eufórico. Tenía un día entero por delante, un vehículo old but gold y el pelo limpio. No podía pedir nada más. Únicamente que el coche arrancara. Cosa que por supuesto no hizo.

El cuadro de mandos del R4 indicando que nope nope nope mientras agonizaba

El cuatro latas disponía de dos cargadores, uno en el mechero del coche, que sólo funcionaba con el vehículo en marcha, y otro instalado específicamente por el dueño al camperizar el cacharrito, para usarlo por las noches. Dejé allí cargando el móvil y la batería portátil y con eso conseguí dos cosas: tener el móvil al 100% y descargar la batería del coche. Por suerte puedo llamar al club de ayuda en carretera hasta seis veces al año, así que usé mi segundo comodín a día 14 de enero. A las nueve en punto llegó la grúa, que arrancó sin problemas mi coche. Pero el mecánico se percató de algo: el motor perdía gasolina visiblemente. Circular sin freno de mano es una cosa, pero exponerse a arder innecesariamente es otra, así que de nuevo llamé al dueño, que estaba de vacaciones en la otra punta de Europa. Mientras buscaba una solución me pasé el rato haciendo ochos en el aparcamiento para cargar la batería. Una hora y pico después llegó otro mecánico amigo del dueño y cambió el manguito defectuoso. Y por fin pude salir a la carretera otra vez.

Mi cacharrito en las faldas del Parque Nacional de Timanfaya

Mi primer destino fue el Parque Nacional de Timanfaya, también conocido como Marte. El paisaje alienígena que dejó una erupción volcánica masiva en el siglo XVIII es hoy pasto de los autobuses cargados de turistas que se abalanzan sobre carreteras tan estrechas que dan la impresión de que el autocar va a chocarse contra la lava endurecida de un momento a otro. Pero no lo hace. Al final del recorrido de media hora uno se puede tomar un pollo asado al calor del propio volcán, no sin antes disfrutar de la turistada más famosa de la isla, los señores echando agua a boquetes en el suelo que la escupen segundos después en forma de vapor gracias a la energía geotérmica almacenada bajo sus pies. Pero antes yo tuve que pelearme un rato largo con mi furgoneta. Su ausencia de freno de mano y su costumbre de calarse al arrancar en cuesta hicieron bastante incómodo el ascenso hasta el aparcamiento de visitantes del parque, especialmente el último tramo, tan empinado que tuve que subir en primera y rezando porque el coche no se viniera abajo.

Selfi en las vistas marcianas de Timanfaya
Carne al volcán, especialidad de la isla. Sí, también diseñado por César Manrique
Mientras subía la cuesta me preguntaba qué hacer si a la furgoneta le Timan-falla el motor
Un chorro de vapor de agua hace exclamar oh y ah a los turistas congregados al efecto mientras el empleado del parque, absolutamente hastiado de que su trabajo consista en tirar cubos de agua por un agujero en el suelo, se pregunta qué está haciendo con su vida

Después de la visita al parque y la compra del pertinente imán para la colección (diseñado, claro, por César Manrique) enfilé de nuevo hacia el norte para la visita que tenía prevista el día anterior si el motor del coche hubiera decidido funcionar con normalidad. La Cueva de los Verdes. Yo venía ya con el chiste sobre el partido ecologista preparado, pero en la primera estancia nos explicaron que el tubo volcánico se caracteriza por su policromía. Negros, blancos, amarillos y rojos, nos dijeron. Espera, ¿y los verdes? Ah, esos eran la familia que guardaba las cabras en la cueva. La familia Verde. El increíble Hulk. Después de recorrer la cueva agachados y de descubrir su secreto, que prometimos no revelar, salimos a la luz cegadora del sol del atardecer. Al otro lado del mismo tubo volcánico de la cueva de los señores verdes están los Jameos del Agua, otra de las creaciones de Manrique, pero no tenía tiempo de llegar, así que enfilé hacia el extremo norte de la isla: el Mirador del Río.

Sombras en la Cueva de los Verdes
Caminando por la cueva no-tan-verde

Circular con un coche coetáneo a la primera legislatura de Ronald Reagan te hace entender muchas cosas. Una de ellas es la pertinencia de las señales de tráfico, específicamente de los límites de velocidad. Los coches recientes pueden tomar las curvas en una carretera convencional o en una rotonda tranquilamente cincuenta kilómetros por hora más rápido que la velocidad máxima permitida, pero cuando el vehículo calza unas ruedas de la anchura de un paquete de Winston, tiene el centro de gravedad a medio metro del suelo, y los frenos son sólo ligeramente más complejos que las zapatas de una bicicleta de paseo, 40 kilómetros por hora es una velocidad más que recomendable para cruzar una glorieta sin dar vueltas como una campana llamando a misa, y 90 por hora es el límite en el que da tiempo a frenar si aparece un obstáculo asomando en el horizonte. En seguida me acostumbré a los ritmos pausados y sosegados del R4, que además cuadraban enormemente con los de la propia isla.

Introduzco esta foto de la tienda de recuerdos del Parque Nacional a efectos meramente antropológicos

El Mirador del río también es obra de César Manrique y también estaba cerrado cuando llegué, pero junto a él hay una carretera increíblemente estrecha y a pesar de ello de doble sentido de circulación que permite avistar la octava de las islas canarias: La Graciosa. En mi plan original estaba visitarla, pero la diferente mecánica cuántica lanzaroteña a la hora de medir el tiempo en ratitos me privó de la posibilidad, así que me acerqué al menos a verla, aunque fuera entre la bruma neblinosa del atardecer. La Graciosa es un lugar que puntúa alto en la escala de lo insólito; una isla de apenas setecientos habitantes, con sólo dos asentamientos humanos, uno de ellos con sólo tres personas censadas. Las calles están sin asfaltar y la única manera de moverse por la isla es en taxis 4×4 o alquilando una bicicleta. Es el lugar del archipiélago más próximo geográficamente a la Península Ibérica, pero también uno de los más alejados espiritualmente. Otra vez será.

La carretera brumosa saliendo de la Cueva de los Verdes
Caleta de Sebo, donde vive casi toda la población de La Graciosa, vista desde Lanzarote. Al brazo de mar que separa ambas islas los locales le llaman «El Río».

Hora de volver a Arrecife. A la mañana siguiente tenía que tomar el vuelo de regreso a Barcelona. Aunque estaba tentado de dormir de nuevo en el lugar donde descansé el primer día, consideré que con un historial del 100% de fallos la probabilidad de que el coche no arrancara al amanecer era demasiado alta, así que regresé al mismo aparcamiento discotequero poblado por futuros usuarios de Proyecto Hombre. Por última vez hice la cama, mientras a un lado de mi coche un joven recibía las atenciones de una trabajadora del amor en el asiento trasero y en el otro dos chicas en un Opel Corsa le compraban hachís a un mozo delgado como un junco. La conversación casual entre el camello y sus clientas incluyó referencias a la hija del primero, que aparentemente vive con su madre pero justo esa noche se tenía que quedar con él porque la madre se iba de fiesta con las amigas. La edad de él: 22. La de la niña, 4. Después de sólo media hora larga de carreras pude por fin dormirme en el mejor y peor vehículo que jamás haya alquilado, y soñar con regresar a Lanzarote con un coche de verdad.

Hombre conducir coche vetusto. Hombre ser feliz

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11 respuestas a “Recorriendo Lanzarote en la camper más vieja de la isla: un 4 Latas

  1. Avatar de Desconocido Jorge de Ory Murga 10-febrero-2025 / 3:33 pm

    Me has hecho reír.

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  2. Avatar de Enrico Maria Ciasca Enrico Maria Ciasca 15-febrero-2025 / 9:32 pm

    Un largo romance con muchas exageraciones y mentiras

    los mecanicos se rió del hecho de llamar grua solo por no saber arrancar y ahogar el coche.

    el huésped antecedente rompió el freno de mano y fu arreglado pronto.

    el coche anda perfecto,es suficiente leer las reseñas que dejó todas las personas que lo utilizó.

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  3. Avatar de Eric Milne Eric Milne 16-febrero-2025 / 7:49 pm

    Soy un total novato al volante, todavía nervioso al pensar en conducir el carro de mi papá, modelo 2012, y con el que todavía no me atrevo a enfrentarme a las lomas. Así que tu historia me puso los pelos de punta.

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  4. Avatar de Matías Matías 25-febrero-2025 / 3:48 pm

    Que linda historia. Me hiciste reír.

    Me resulta extraño que no te hayan avisado con anticipación el tema del freno de mano. Y respecto a las veces que lo llevaste al taller, ¿Tuviste que pagar o se hizo cargo el dueño?

    Saludos.

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    • Avatar de Diego González Diego González 8-abril-2025 / 12:15 am

      Se hizo cargo de todo el dueño, cuya airada respuesta a esta historia tienes dos comentarios arriba del tuyo 😀

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