Hotel Esperanza: Los refugios para náufragos de las islas subantárticas de Nueva Zelanda

Hubo una época en la que el mundo estaba cosido por las rutas marítimas, barcos que partiendo desde Europa o América llegaban a todos los puntos cardinales, atravesando océanos infinitos y jugándose la vida en cada singladura. Los protagonistas de aquel embrión de la globalización eran marinos, gente experimentada y temerosa de Dios, pero sobre todo del mar, un lugar inhóspito y traicionero que se tragaba las vidas de cientos de personas cada año, gente de la que nunca se volvía a saber nada, engullida por el mismo océano que les permitía ganarse la vida. Si había un lugar en el mundo que necesitaba de los marinos para sobrevivir y para estar conectado al resto del planeta, ese eran las antípodas. Nueva Zelanda era una colonia increíblemente aislada y remota, a meses de viaje de la metrópoli; para ellos, y para Australia, los barcos eran un cordón umbilical que les permitía seguir unidos al resto del mundo. Por eso, para incrementar un poco las posibilidades de supervivencia de los marinos que iban y venían del extremo más alejado del mundo, Nueva Zelanda construyó una red de refugios y cabañas en las islas desiertas de la región subantártica. Un lugar donde los náufragos pudieran sobrevivir hasta que llegara la ayuda. El Hotel Esperanza.

Refugios en la Isla Enderby, una de las islas del Archipiélago de las Auckland, en 1888 (Museo de Nueva Zelanda). Nótese el letrero escrito a mano en el tejado del refugio de la izquierda: «Sólo para náufragos»

El mar es un sitio inhóspito, pero en el hemisferio sur aún más. Más abajo del paralelo 40  empiezan los llamados Roaring Forties, una región inclemente de vientos fuertes y oleaje durísimo capaz de echar a pique cualquier nave que se atreva a internarse por allí. Carente de una masa terrestre capaz de bloquearlos, los vientos rugen (de ahí el nombre) constante y consistentemente todos los días del año. Lo cual permite, claro, avanzar mucho más rápido si uno viaja en un barco de vela. Así que esa región del mapa, junto con sus vecina los Furious Fifties, era lugar de paso casi inevitable para cualquier buque camino de Australia o Nueva Zelanda. Era la conocida como Ruta del Clíper. El problema hasta entrado el siglo XX era la poca fiabilidad de las cartas náuticas, que situaban islas a decenas de kilómetros de su ubicación real, y, claro, el clima: las nubes y la niebla que hacían difícil, cuando no imposible, la navegación con sextante.

La Ruta del Clíper (Wikipedia), por debajo de los tres grandes cabos: Buena Esperanza, Leewin y Cabo de Hornos

Dos naufragios sucedidos en 1864 fueron ampliamente difundidos en la época y contribuyeron al establecimiento de una red de refugios en las islas de Nueva Zelanda. El Grafton, un buque de exploración australiano, embarrancó en las Islas Auckland en enero de ese año. Sus cinco tripulantes sobrevivieron durante nada menos que 18 meses cazando focas y pescando, y durmiendo en refugios construidos con los restos del barco. Ese mismo año, cuatro meses después, un transporte llamado Invercauld embarrancó en la otra punta de la isla. 15 de los 23 tripulantes llegaron sanos y salvos a la orilla, pero sólo tres sobrevivieron a un durísimo invierno; pasó más de un año hasta que fueron rescatados. Lo irónico del asunto: las dos tripulaciones estaban naufragadas en la misma isla al mismo tiempo, pero nunca se percataron de la existencia de la otra. Los supervivientes del Invercauld fueron rescatados en mayo de 1865 por un carguero de camino a Perú, que se los encontró de casualidad. Dos meses más tarde tres de los cinco del Grafton recorrieron 450 kilómetros hasta Nueva Zelanda en una balsa miserable; allí encontraron ayuda y regresaron a por los otros dos. En ese viaje de rescate encontraron los restos del naufragio del Invercauld y varios de los cadáveres de los náufragos. Sólo entonces se dieron cuenta de que habían estado acompañados casi todo el rato.

Ubicación y mapa de las Auckland (Reserarchgate). El Grafton embarrancó en la Isla Adams, mientras que el Invercauld se hundió en la Isla Enderby (al norte del archipiélago)
Restos del Grafton casi medio siglo después de su naufragio, en 1909 (Chas Chilton)

La historia del Grafton fue narrada por dos de los supervivientes; uno de ellos llevó un diario durante los 18 meses de estancia en las islas; una vez terminada la tinta que pudo rescatar del barco, lo acabó con sangre de foca. Los dos libros fueron ampliamente difundidos e hicieron nacer la idea de establecer una red de refugios por las islas subantárticcas neozelandesas: las Auckland, que son las más grandes, pero también otros cuatro archipiélagos situados en latitudes parecidas: las Bounty, las Snares, las Campbell y las islas Antípodas. A partir de 1968 se fueron construyendo depósitos para náufragos donde los eventuales supervivientes pudieran encontrar materiales para construirse refugios, pero también comida, ropa, medios para hacer fuego, útiles de pesca o botiquines. Para asegurarse de que encontraran el lugar, se repartieron señales por las islas apuntando hacia el refugio. Además de todo esto, se liberaron animales que pudieran servir como fuente de alimento llegado el caso: vacas, ovejas y cabras, fundamentalmente.

Una caseta construida en la década de 1880 en las Islas Antípodas (Wikipedia)
Una señal indicando la ruta hacia el depósito más próximo, en la Isla Auckland (Te Ara). Se puede ver otro en este enlace

Las islas eran visitadas cada seis meses por barcos del gobierno de Nueva Zelanda, en busca de posibles náufragos, y también para mantener y reabastecer los refugios y almacenes. En al menos media docena de ocasiones el programa le salvó la vida a miembros de la tripulación de barcos encallados allí. Al menos noventa y siete marinos de seis naufragios distintos entre 1887 y 1908 sobrevivieron gracias a las provisiones dejadas en las islas por funcionarios neozelandeses. El caso más conocido fue el del Dundonald: embarrancados en la isla Disappointment (literalmente: decepción), consiguieron llegar a la principal de las Auckland en botes minúsculos con los que cruzaron el brazo de mar de cuatro kilómetros que les separaba del depósito más próximo. El relato de un grumete de 17 años (Náufragos en la Isla de la Decepción) confirmó la bondad del programa y lo extendió al menos un par de décadas más. A partir de los años veinte, sin embargo, con el advenimiento de la radio y el declive de la navegación a vela, el programa se hizo innecesario y fue abandonado definitivamente. La mayoría de los refugios y depósitos desaparecieron y hoy sólo se conservan unos pocos; testimonio de una época en la que todo estaba mucho más lejos y los marinos estaban mucho más solos.

Un par de latas de comida originales de finales del siglo XIX (Canterbury Museum)
Puerta de uno de los almacenes de vituallas, en 1919, tomada por una de las patrullas del gobierno de Nueva Zelanda enviadas para mantener los refugios al día (Canterbury Museum)
Uno de los refugios originales de 1887 en la Isla Enderby, al norte del Archipiélago de las Auckland (Gobierno de Nueva Zelanda)

Fuentes y más info: Gobierno de Nueva Zelanda (2,), Museo de Canterbury, Wikipedia, Xataka, Messy Nessy, IFL Science, New Zealand Geographic.

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3 respuestas a “Hotel Esperanza: Los refugios para náufragos de las islas subantárticas de Nueva Zelanda

  1. Avatar de Matias ND Matias ND 20-abril-2026 / 7:51 pm

    Una pequeña corrección.

    Creo que los refugios fueron contruídos en 1868, no 1968.

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  2. Avatar de Pepito Pérez Pepito Pérez 20-abril-2026 / 9:38 pm

    Interesantísimo. Y qué grande es la capacidad humana para resolver los problemas que surjan y conquistar cualquier lugar por muy hostil que sea. Impresionante.

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