El Atolón de Johnston y la guerra contra las hormigas locas que escupen ácido

«Hormigas locas amarillas» no es la clase de denominación taxonómica que deja demasiadas dudas respecto a la ferocidad de una especie. Desde luego es mucho más descriptiva que Anoplolepis gracilipes. La hormiga amarilla es el caballo de Atila del reino animal, una especie invasora que provoca el caos y el colapso ecológico allí donde llega. Y suele llegar a muchos sitios, generalmente en los mismos barcos en los que lo hacen los humanos. Así que cuando aparece en un lugar que se ha pasado aislado siglos o milenios, pongamos una isla en lo más remoto del Océano Pacífico, suele provocar resultados catastróficos. Y eso fue lo que sucedió en el Atolón Johnston en el año 2010. Lo que siguió fue una guerra sin cuartel para erradicarlas de la isla. Una batalla desigual que sólo podía acabar de una manera: el genocidio fórmico.

Parece un portaaviones inamovible porque es exactamente eso (Reddit)

Primero de todo, ubiquémonos. El atolón Johnston no es un atolón sino un conjunto de cuatro islas, dos de ellas artificiales, y una, la que le da nombre al conjunto, formada en un 80% por terreno ganado al mar. El mar en cuestión es, ya se ha dicho más arriba, el Océano Pacífico, más o menos mil docientos kilómetros al suroeste de Niihau, la isla más cercana de Hawái, que es también la tierra habitada y la tierra emergida más próxima. Johnston fue anexionado por los Estados Unidos bajo la Guano Islands Act, la legislación de mediados del siglo XIX que le otorgaba el derecho al país a anexionarse cualquier isla donde hubiera caca de pájaro y que no estuviera bajo control de ningún otro país. Así pasaron a control norteamericano numerosas islas del Caribe y del Pacífico que hoy forman parte de muchos otros países, entre otros Tuvalu, Kiribati, Samoa, Tokelau, Colombia, México, Venezuela o la República Dominicana. Unos cuantos de aquellos territorios, sin embargo, siguen bajo soberanía de Estados Unidos, la mayoría integrados dentro de lo que se llama Islas Menores Ultramarinas, un puñado de atolones, arrecifes e islotes deshabitados esparcidos por la inmensidad del Pacífico.

Ubicación y plano del Atolón de Johnston y el resto de islas próximas (PaciOOS)
Imagen satelital del archipiélago (Wikipedia). La bandera no oficial del atolón fue un diseño votado por los más de mil residentes en la isla en el año 2001, cuando todavía operaban diversas instalaciones del ejército en el lugar. Se pueden consutar imágenes satelitales de altísima resolución en este enlace

Una vez agotado el guano, desde 1926 en adelante la isla fue considerada como un santuario para aves marinas y protegida como tal. Eso no impidió la construcción de una terminal para hidroaviones ni, cuando Estados Unidos entró en la segunda guerra mundial, la conversión de Johnston en un aeródromo militar por el que pasaron miles de bombarderos camino de Japón a lo largo de los cuatro años de conflicto. Entre ellos, el Enola Gay. Tras la victoria sobre Japón la base aérea siguió en activo varios años mientras miles de soldados y pilotos regresaban a la vida civil en el continente. Entre 1942 y 1964 Johnston creció desde las 19 hasta las 240 hectáreas, y su hermana pequeña, Sand Island, también más que duplicó su tamaño, pasando de 4 a 9 hectáreas de superficie. Además se crearon dos islas, conocidas como Akau e Hikina (norte y este, en hawaiano, respectivamente). Y os preguntaréis para qué. Pues para tirarles bombas. Nucleares, por más señas. Hasta 1974 el espcio aéreo del atolón fue escenario de algunas de las explosiones más grandes de la historia de la humanidad, incluyendo dos de casi cuatro megatones y otra de a megatón y medio. Con todo, no fue lo peor que le pasó al archipiélago.

Crecimiento de la isla de Johnston entre 1942 y 1964 (Wikipedia)

Además de para detonar pepinos como soles de medianoche, Johnston fue usado posteriormente para probar armas químicas y biológicas, porque total, una vez te pones a desatar el apocalipsis, todo va rodado. Usando macacos, se probaron las otras dos patas de las armas de destrucción masiva, llegando a la conclusión de que sí, son muy mortíferas. Una vez terminado el festival del mono muerto Johnston se convirtió en el depósito de armas químicas  más grande de Estados Unidos, almacenando gas Sarín y agente VX procedentes de Okinawa y cientos de toneladas de Agente Naranja sobrantes de la guerra de Vietnam, además de otros subproductos de la civilización como amianto o gas mostaza. Un sitio de lo más recomendable, sobre todo por que los contenedores tenían filtraciones que acabaron contaminando el suelo y las aguas del archipiélago. Se construyó una enorme factoría para destruir la munición química, y después de hacer desaparecer unas mil quinientas toneladas de cosas que nadie en su sano juicio querría tener cerca, se desmanteló la planta, y también el resto de las infraestructuras. Quedó el archipiélago vacío y tranquilo, a merced de los elementos y para gozo y disfrute de las aves marinas, como siempre había sido. Y entonces llegaron las hormigas locas.

Miles de barriles de 200 litros de Agente Naranja en una explanada de la Isla Johnston, en 1976 (Wikimedia Commons)
La antena de 190 metros de alto del LORAN-C, un sistema de ayuda a la navegación por onda corta para barcos y aviones que funcionó hasta mitad de los 90

A simple vista, las hormigas amarillas (lo de crazy -locas- les viene por su comportamiento errático) no son nada espectacular, pero tienen varias características que las hacen especialmente indeseables en cualquier ecosistema. La primera es que, aunque son pequeñas y no muerden, su método de ataque y defensa es igualmente desagradable: escupir ácido fórmico. La segunda es que son bichos muy colaborativos. No hay competencia entre distintos nidos, y de hecho suelen cuidar de otros bichos que son su fuente principal de proteína y alimento en general. Como resultado, sus colonias son inmensas, con decenas o cientos de millones de individuos y miles de reinas, y pueden ocupar extensiones gigantescas de territorio, devorando por puros números cualquier cosa que se encuentren en su camino, sobre todo si la cosa en cuestión no puede defenderse, Como los huevos de pájaro. O los propios pájaros. Lo cual, en una isla que es el único punto emergido en 750.000 kilómetros cuadrados  de océano, es un problema, porque lógicamente es donde todas las aves se dedican a criar a sus pajaritos.

Un albatros, o lo que sea, sobre un cartel muy definitorio del legado de los sucesivos usos de la isla (Audubon Magazine, 2015)

La alarma saltó en 2010, cuando se encontró el primer nido. Generalmente cuando encuentras un nido es que hay muchos más, y efectivamente era el caso. Setenta acres de isla (veinticuatro hectáreas, en unidades de medida civilizadas) habían sido ya infestados por millones de hormigas, y no tenían pinta de ir a detenerse. Con un diez por ciento de la superficie insular tapizada por hormigas escupe-ácido, era necesario pasar a la acción, y eso fue lo que se hizo. El Fish & Wildlife Service convocó a sus mejores operativos y decidieron formar el *música épica*: Equipo de Combate contra la Hormiga Loca (Crazy Ant Strike Team, o CAST), grupos de voluntarios dedicados al eterminio de las hormigas devorahuevos por todos los medios posibles. En una isla que había sido objeto de explosiones termonucleares y que todavía estaba contaminada por plutonio, agente naranja o amianto, no dejaba de ser irónico que el futuro de la fauna endémica quedara en manos de grupos de veinteañeros trabajando gratuitamente.

Miles de aves vuelan sobre un quad con voluntarios en la Isla Johnston (USFWS)

Los equipos CAST se sucedieron de media cada seis meses, grupos de entre una y dos docenas de personas cuyo trabajo consistía en, bueno, exterminar hormigas. También en monitorizar la reproducción de las aves para garantizar que el trabajo que estaban realizando fuera correcto, y en mantener la isla habitable, que no es algo sencillo cuando cualquier suministro está a tres días de navegación de distancia. He aquí un extracto del anuncio con el que se pedían voluntarios para la tarea:

Johnston es una isla extremadamente remota, únicamente accesible por barco. No habrá reabastecimiento durante los seis meses de estancia. […]  Las condiciones de vida son básicas: cada voluntario contará con una tienda personal de 3 x 4 x 2 metros, con una zona común en el búnker destinado a cocina, almacén y espacio de trabajo. El clima puede ser complicado, con fuertes vientos, tormentas tropicales y sol intenso. Tanto la higiene personal como la colada se realizan con agua de mar. […]El acceso a Internet no está garantizado. […] Cualquier atención médica tardará al menos de uno a tres días en llegar. […] Se requiere sentido del humor.

Equipos caninos especializados en detección de hormigas llegan a la Isla Johnston en diciembre de 2020 (USFWS, Tor Johnson, Flickr)

La vida en la isla para los equipos de internvención anti-hormigas locas era dura pero no aburrida. Aislados del resto del mundo y sin posibilidad de estar al tanto de la actualidad, de las redes sociales o de las vidas de sus amigos, sólo les quedaba centrarse en lo inmediato. Matar bichos. Para 2013, y gracias a una innovadora manera de suministrarles insecticida a las hormigas (comida para gatos) la reducción de la población de los insectos alcanzaba el 99%. Pero las hormigas, como todas las plagas, tienen la particularidad de que un 99% de éxito es, a largo plazo, lo mismo que un 0%. Sólo vale la erradicación total y absoluta, y eso tardó varios años más y requirió de cierta innovación tecnológica. En 2017 se introdujeron los cristales azucarados de hidrogel cargados ccon insecticida, que las propias hormigas llevaban a sus nidos y que tenían un efecto bastante devastador. Los equipos de voluntarios se sucedieron cada medio año hasta 2021, cuando después de una década de trabajo incesante se pudo declarar de manera oficial la erradicación de las hormigas invasoras.

Los cinco miembros del equipo CAST XX, el último de los veinte que participaron en la erradicación de las hormigas, posan antes de marcharse definitivamente de la isla (USFWS)

Johnston quedó de nuevo deshabitado por primera vez en décadas, y parecía que iba a seguir así mucho tiempo. Y entonces llegó Elon Musk. En colaboración con la rama espacial de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos se planteó usar el atolón como base para pruebas de los cohetes Space X destinados al transporte de mercancías. La idea es fabulosa: ahora que los cohetes pueden aterrizar, llevar hasta cien toneladas de carga a cualquier punto de la esfera terrestre en menos de dos horas. Las consecuencias para Johnston no habrían sido tan buenas. Después de haber sobrevivido a guerras, aviones, bombas nucleares, armas biológicas, derrames químicos, agentes nerviosos y hormigas locas, una base de cohetes es una prueba que los biólogos del US Fish and Wildlife Service no estaban dispuestos a pasar, así que finalmente se desestimó la idea. Y por fin, siglo y medio más tarde, se dejó a los pajaricos de Johnston criar a su descendencia en paz.

Tres voluntarios se pasean en bicicleta por la pista de aterrizaje de la Isla Johnston, comida por la vegetación después de década y media sin mantenimiento (CASTaways in Paradise)

Fuentes, más fotos e info: North Carolina Public Radio, Slate, Audubon Magazine, Wikipedia, USGS. Hay diversos testimonios de las docenas de voluntarios que pasaron por allí. Mis favoritos son los blogs CASTaways in paradise, de Michael Skandalis, y Tales from the Atoll, de Zach Schuler, miembros ambos de la expedición número 13, que estuvo en la isla entre 2016 y 2017. Vaya desde aquí mi homenaje y reconocimiento a los absolutos tarados que decidieron dedicar medio año de su vida a contar hormigas en una isla aislada e incomunicada en el culo del mundo.

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Esta historia, como todas las demás, está en El Mapa de Fronteras. Además, he decidido incluirla también en El Canon de Fronteras.

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2 respuestas a “El Atolón de Johnston y la guerra contra las hormigas locas que escupen ácido

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