La caída de la URSS y la consiguiente descolonización de todos los territorios que habían permanecido bajo el dominio de Moscú durante siete décadas no se hizo de manera precisamente pacífica. Decenas de conflictos y guerras aparecieron por doquier, en buena parte alimentados por el trazado arbitrario de muchas fronteras durante los años de ocupación soviética, pensado no para facilitar la convivencia o la administración, sino para hacer más sencillo el dominio del territorio y la población por parte de las autoridades. Uno de los lugares donde más fácil de percibir esto es en el Valle de Ferganá, donde se encuentran, se retuercen y se entrelazan las fronteras de tres antiguas repúblicas soviéticas: Uzbekistán, Tayikistán y Kirguistán.

La complicación fronteriza del Valle de Ferganá no emana únicamente de los enclaves, pero son especialmente significativos. Nada menos que siete en total: tres tayikos, dos de ellos en Kirguistán y otro en Uzbekistán y cuatro uzbekos, todos ellos en territorio kirguís. A eso se le suma una frontera excepcionalmente compleja, que parece trazada a mala leche como si quisiera hacer las convivencia lo más difícil posible. Y de hecho, esa es la explicación tradicional del desaguisado fronterizo en Ferganá: Stalin quería asegurarse de que a ninguna república soviética se le ocurriera la idea peregrina de salirse del abrazo amoroso del Padrecito de los Pueblos así que decidió trazar fronteras sin sentido para que cualquier intento de abandonar a la Madre Rusia fuera necesariamente sangriento. La historia tiene una parte de verdad, pero es esencialmente falsa. Lo cierto es que la complejidad de las fronteras se debe sobre todo a la condición de centro demográfico, económico y agrícola del valle. Con quince millones de habitantes en apenas 28.000 kilómetros cuadrados, es la única región con cierta potencia demográfica en toda Asia Central, y ya desde antes de la llegada de los rusos era el corazón económico de la región. Enclavada entre montañas y regada por dos grandes ríos que permitían una tierra fértil, Ferganá era una región multiétnica donde convivían, no sin ciertas complicaciones, pueblos túrquicos nómadas con poblaciones urbanas de origen persa. Ese caracter dual ha llegado, con abundantísimos matices, hasta hoy día, y es origen de muchas disputas.

Asia Central fue conquistada por el Imperio Ruso entre los siglos XVIII y XIX durante la época que Rudyard Kipling bautizó como El Gran Juego, la disputa entre Rusia y el Reino Unido por el dominio de Asia. Bien mediante anexiones, bien a través de protectorados, el Imperio Ruso acabó controlando la práctica totalidad de la región, excepto Afganistán, que permaneció como estado tapón entre los dos imperios. Quedó así establecido el Turkestán ruso, que iba desde las estepas kazajas hasta las fronteras con Persia y Afganistán, y era una de las provincias más grandes del imperio. El valle de Ferganá quedó dividido entre el Óblast homónimo, el de Samarcanda y el de Syr Darya, aunque los límites administrativos en aquella época eran extremadamente porosos. Ya por entonces la región de Ferganá era la única con una densidad de población medianamente elevada, producto de su ubicación geográfica, regada por grandes ríos (el Amu Darya y el Sir Darya) y de haber sido durante siglos parte central de la Ruta de la Seda. Numerosas ciudades se habían establecido como centros de comercio y de manufactura, aprovechando la posibilidad de dar salida a los productos que otorgaba su ubicación.

En los meses que pasaron entre las revoluciones rusa y soviética Asia Central vivió una breve época de autonomía frente a Rusia. Buena parte del Turkestán ruso se independizó como Autonomía de Kokand, mientras que el Emirato de Bujará y el Kanato de Jiva dejaron temporalmente de ser protectorados rusos. Tras la rendición soviética en la primera guerra mundial, el comunismo moscovita quedó por fin con las manos libres para tomar control de la región, algo a lo que se dedicó durante los siguientes años con notable éxito. A principios de los años 20 todo el territorio estaba en manos soviéticas y dividido de manera muy imprecisa entre cuatro repúblicas donde las diferentes etnias y pueblos se mezclaban sin demasiado problema. A partir de 1922 empezó la razmezhevanie, la delimitación de las distintas regiones del imperio soviético. La idea original de Moscú era garantizarle a cada minoría su territorio, cierto autogobierno y el uso de su idioma: escuelas, prensa, teatros, etcétera. Sus propias élites, en suma. Así que se procedió a dividir la Unión Soviética en repúblicas, óblasts, raiones, y demás términos administrativos. El problema en Asia Central, y específicamente en el Valle de Ferganá, era la mezcla a lo largo del territorio de diferentes etnias y la existencia de numerosas comunidades mixtas. Los encargados de la delimitación, rusos, tenían también muchas dificultades a la hora de distinguir unos lenguajes de otros y en muchos casos asignaron pueblos y ciudades a la entidad que no era, mientras que en otros simplemente tuvieron que escoger entre varias opciones igual de correctas o incorrectas al tratarse de regiones mixtas o incluso mestizas.

Las dos primeras repúblicas en ser creadas fueron Uzbekistán y Turkmenistán, en 1924 y 1925 respectivamente. Tayikistán fue separado de Uzbekistán en 1929, y finalmente Kiriguistán y Kazajistán fueron creados a partir de territorio controlado por Rusia en 1936. Al delimitar las fronteras se intentó crear entidades viables, con población, economía, agricultura, ciudades, etcétera, así que se cometieron algunas decisiones cuestionables, como entregarle Osh a Kirguistán, una ciudad masivamente poblada por uzbekos que se convirtió así en la segunda más grande del país. Pero los enclaves no se crearon en aquella delimitación de los años veinte y treinta, sino a lo largo de las décadas posteriores. Como todo en la URSS, los límites entre las distintas repúblicas estaban al servicio de la gloria del Partido Comunista y del Amado Líder que estuviera en ese momento a cargo. Y en el caso del Valle de Ferganá, donde la producción de algodón era la mayor actividad económica, se trataba de producir. La política soviética le otorgaba la propiedad colectiva de la tierra a aquellos que la cultivaban, así que cuando se encontraron casos de tierras una república cultivadas por habitantes de la vecina, el territorio cambiaba de dueño. Se hizo en numerosas ocasiones, modificando el tratado de las fronteras en muchos puntos En una de ellas, en 1955, se creó el enclave más grande y poblado de todo el valle. El Distrito de Sokh.

Sokh son en realidad dos enclaves que suman algo más de 300 kilómetros cuadrados. Pertenece a Uzbekistán, pero está rodeado por todas partes de territorio kirguís, y la práctica totalidad de su población es de origen tayiko. De hecho, los enclaves se encuentran más próximos a la frontera con Tayikistán que a la parte principal de Uzbekistán. La leyenda cuenta que el enclave se creó porque el Secretario General del Partido Comunista Kirguís lo perdió jugando al póker contra su homólogo uzbeko, pero por más que la arbitrariedad estuviera bastante a la orden del día en la URSS, lo cierto es que eso no sucedió nunca. Sokh forma parte de Uzbekistán porque los canales de regadío y las carreteras que llegaban allí en la época en la que se trazó la frontera partían todas de aqueol país; de hecho Tayikistán era parte de Uzbekistán en ese momento; cuando se separó Sokh debería haber sido suyo, pero los difíciles equilibrios económicos, logísticos y de poder hicieron que se quedara como parte de Uzbekistán; en los años 50 se convirtió en un enclave cuando el territorio que le unía al resto del país quedó en manos de Kirguistán debido a alguna de las abundantísimas rectificaciones de límites.

De la misma manera que Sokh se formó el enclave de Voruj, situado veinticinco kilómetros al este dentro de Kirguistán, pero que pertenece a Tayikistán. Allí ni siquiera estaba claro dónde empieza y acaba el territorio del enclave porque los diferentes intercambios de terriitorios llevados a cabo durante décadas por los organismos locales, regionales o nacionales se contradecían unos con otros. No es raro. En 1975 Kirguistán intercambió un kilómetro cuadrado de territorio a cambio de unos cuantos metros cúbicos de agua. En otras ocasiones los comunistas kirguises conseguían ratificaciones de la frontera con sus vecinos por parte de Moscú sin que las autoridades ni siquiera consultaran a los afectados. Se produjeron numerosos casos de venta de territorios, y en algunos casos cuando el pago no se llevaba a cabo el terreno revertía a su propietario original, pero los mapas no se actualizaban. También había préstamos, alquileres y todo tipo de acuerdos entre las repúblicas y las comunidades fronterizas que, cuando llegó el colapso de la URSS, provocaron un auténtico sindiós de conflictos y enfrentamientos armados, no sólo por tensiones interétnicas, sino por el control de los recursos, fundamentalmente el agua.

En mayo de 1989 una pelea entre grupos de jóvenes uzbecos y mesjetios (unos turcos a los que Stalin había deportado desde Georgia) escaló durante dos días dejando más de cincuenta heridos y un muerto; un tayiko que pasaba por allí. Después de que la policía pusiera orden las cosas parecían calmadas, pero un par de semanas más tarde otra pelea terminó con miles de uzbecos tomando al asalto los barrios donde vivían los Mesj, pegándoles fuego y matando a golpes a cualquiera que se encontraran. La cifra oficial fue de cien muertos, pero probablemente fuera mucho mayor. Un año después, en 1990, la ciudad kirguís de Osh, poblada mayoritariamente por uzbecos, fue el escenario de otro pogromo, este mucho más grave. Las diferencias económicas y políticas entre uzbecos y kirguises (los uzbecos mucho más ricos por encargarse del comercio y la industria, pero los kirguises con mucho más poder político porque era su república soviética), unidas al desempleo y la escasez de vivienda dieron como resultado unos disturbios que duraron semanas y que dejaron cientos de muertos, o quizá miles, de nuevo no se sabe. Esos fueron los primeros grandes enfrentamientos, pero hubo más, muchos más, después del colapso de la Unión Soviética.

En 1999 el pueblo kirguís de Barak se vio rodeado de tropas uzbecas. Aparentemente, y según el gobierno de Taskent, las tierras alrededor del pueblo pertenecían a Uzbekistán, así que procedieron a ocuparlas militarmente y a instalar puestos fronterizos en todas las salidas del pueblo. Pese a las protestas de Kirguistán, los 600 habitantes del pueblo quedaron completamente aislados, a merced de la entrada de ayuda humanitaria. La situación era tan desesperada, atrapados en un enclave de apenas un par de kilómetros cuadrados, que hasta llegaron a secuestrar a los camioneros de la Media Luna Roja que les llevaban suministros, exigiendo que el gobierno de su país los reubicara dentro de sus fronteras. Pese a los diferentes acuerdos alcanzados entre los dos países, la vida en el enclave siguió siendo un infierno agravado por la burocracia. La situación únicamente acabó cuando en 2024 Kirguistán y Uzbekistán firmaron un acuerdo de intercambio de territorios y la totalidad de la población del pueblo fue reubicada a un kilómetro y medio de allí. Un cuarto de siglo para mover a 600 personas a pocos cientos de metros es un ejemplo del caos fronterizo que dejó la colonización rusa. Pero los hay mucho peores.

Todo empezó en un casino. Una partida de póker, uno que acusa a otro de hacer trampas, el otro que le espeta que eso no se lo dice en la calle, lo típico. Ha pasado muchas veces, pero en ninguna otra ocasión una disputa por un juego de cartas acabó con más de mil muertos. Y eso fue lo que ocurrió en Osh en 2010, porque los contendientes eran un uzbeco y un kirguís. Cada uno llamó a sus amigos, que llamaron a más amigos y al cabo de dos días muchedumbres de kirguises y de uzbecos recorrían barrios y pueblos persiguiendo a sus propios vecinos de la otra etnia, y multitudes con antorchas le pegaban fuego a todo mientras la gente sacaba sus antiguos AK-47 del baúl de los recuerdos para ametrallar a quien se le pusiera por delante. El odio acumulado durante décadas de pequeñas disputas explotó durante una semana en la que el gobierno de Bishkek perdió por completo el control de la situación y se vio obligado a enviar al ejército a poner orden, a establecer un toque de queda y a colocar barricadas en las carreteras. Las cifras de víctimas son mareantes. No menos de 500 muertos en el lado Kirguís y aún más en el uzbeco, miles de heridos y, sobre todo, cientos de miles de desplazados. Uzbekistán abrió sus fronteras para que los refugiados que huían de la violencia interétnica pudieran escapar y acogió a más de cien mil en diferentes campos establecidos junto al límite internacional. El resultado de aquella violencia extrema fue un ascenso aún más radical del nacionalismo kirguís, y la eliminación de los uzbecos de la vida pública.



Los incidentes en el valle de Ferganá continuaron regularmente durante décadas. En 2020 una disputa entre agricultores por el derecho de uso de una fuente en una localidad fronteriza empezó con piedras y palos y acabó con soldados armados disparando a multitudes enfurecidas. No hubo muertos pero entre uzbecos y kirguises sumaron docenas de heridos. En 2021 fueron los Tayikos los que se pelearon con sus vecinos de Kirguistán por acceso a un manantial, y de nuevo lo que empezó como una pelea a puñetazos acabó con dos ejércitos enfrentándose y tropas de artillería bombardeando con morteros aldeas al otro lado de la frontera Tres días, cincuenta muertos y más de treinta mil evacuados después, los ministerios de exteriores de ambos países llegaron a un acuerdo para el alto el fuego. Medio año más tarde, en enero de 2022, un rifirrafe entre guardias fronterizos de nuevo escaló hasta un choque armado en toda regla, con sus tanques, sus bombardeos y sus ataques a infraestructuras, que esta vez se prolongó durante meses con combates esporádicos, pogromos, quema de pueblos y pastos, saqueos y vendettas de todo tipo, hasta que los dos países firmaron un acuerdo de paz en septiembre.

El principio de la estabilización del Valle llegó en 2019 cuando Tayikistán y Uzbekistán alcanzaron un acuerdo definitivo que no sólo delimitaba de forma precisa la frontera sino el acceso a los recursos. Uzbekistán y Kirguistán llegaron al mismo acuerdo en diciembre de 2022, y finalmente, tras décadas de negociaciones, tiras y aflojas, conflictos, escabechinas, pogromos, matanzas, invasiones y atentados, en febrero de este año Kirguistán y Tayikistán también consiguieron firmar el trazado exacto de la frontera entre ambos. Terminaba así el caos desatado por la colonización soviética y prolongado por la lucha por los recursos naturales de una región que depende de ellos para su supervivencia. No todo es de color de rosa, claro. Los incidentes siguen sucediéndose (del último sólo hace un par de meses), pero si el dicho anglosajón de «buenas verjas hacen buenos vecinos» es cierto, Asia Central en general y el valle de Ferganá en particular están al inicio de una época de cooperación internacional infinitamente más fructífera que la que han dejado atrás. Especialmente en un mundo en el que la invasión rusa de Ucrania ha llevado a occidente a mimar a todos los vecinos de la antigua metrópoli que provocó el desaguisado fronterizo que ahora toca a su fin.



Fuentes y más info: Wikipedia (2), Caravanistan, Caspian Policy Center (2), Voa, Jamestown Foundation, Uzbekistan Law Blog, Global Voices, The Geopolitics, Radio Free Europe (2, 3), Times of Central Asia, Carnegie, Asia Plus, NPR, OSCE, Encyclopaedia of Border Conflicts.
De enclaves y exclaves sabemos un rato por aquí, así que si quieres más, ahí tienes:
Viaje al pueblo de las mil fronteras. Baarle, la capital no oficial de este blog
Viaje a Madha y Nahwa, el huevo frito fronterizo del desierto, entre Omán y Emiratos
La isla de la Unión, un enclave que son dos islas que son una, entre Argentina y Uruguay
Pueedes encontrar esta historia, y todas las demás, en El Mapa de Fronteras
Esta historia también aparece en HISTORIONES DE LA GEOGRAFÍA junto con otro centenar más, narradas con el mismo tono serio y académico que caracteriza este lugar. Si eres lector de este blog, estás legalmente obligado a comprar el libro. No me lo invento, es la ley, y la ley se cumple. Estás tardando. COMPRA MI LIBRO. ES UNA ORDEN
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Viajé por Asia Central en 2010, y pasé unas horas en Osh para cambiar de transporte. Me dio tiempo de dar un paseo algo receloso, porque los disturbios habían sido recientes y se seguían viendo tiendas y casas quemadas. Me pareció muy triste y significativo que los puestos del mercado que no habían sido quemados tenían pintada la palabra кыргыз (kirguiz): a estos se les respeta, que son de los nuestros.
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Menudo timing el tuyo. Y sí, extremadamente sutil lo de «aquí vive uno de los buenos».
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