El día que nos detuvo el ejército armenio, nos interrogaron durante horas sus servicios secretos y nos salvó el Real Madrid (Crónicas Caucásicas, 7)

«Tenéis suerte de que no os pegaran un tiro». Así resumió el coronel armenio la situación. Llevábamos seis horas en su despacho del cuartel, interrogados incesantemente por dos agentes de la policía secreta y unos cuantos oficiales de diversos rangos, desde el teniente que nos hacía de traductor hasta el general que llegó a última hora para aportar su granito de arena al surrealismo del trance. Para entonces estábamos física y mentalmente agotados por la incertidumbre acerca de nuestro futuro inmediato y por el larguísimo interrogatorio, que incluyó la revisión inmisericorde de los chats de WhatsApp y las galerías de fotos de nuestros móviles. Para entender cómo habíamos llegado hasta allí tendremos que recordar la regla número uno del viajero: no te acerques a las zonas fronterizas de dos países que están técnicamente en guerra. Y si lo haces, procura no hacer fotos con teleobjetivo.

El terraplén inane que nos costó un disgusto. Al otro lado está Azerbaiyán

No llevábamos ni siquiera ocho horas en Armenia. Después de bajarnos del tren nocturno procedente de Tiflis habíamos pasado la mañana visitando el Monasterio de Khor Vrap y sus indescriptiblemente bellas vistas del Monte Ararat, antes de dirigirnos hacia el sur del país. Tuvimos entonces la idea de detenernos a comer en un pueblo llamado Yeraskh, el más próximo a la triple frontera con Turquía y con el enclave azerí de Najicheván. Desde allí también se puede ver Irán. Un sitio altamente recomendable, en general. Cito textualmente de las recomendaciones de viaje del Ministerio de Asuntos Exteriores de España: «Si bien es posible atravesar el pueblo de Yeraskh en la región de Ararat, se desaconseja hacer paradas». No contentos con ello, detuvimos nuestro Lada Niva en el punto más próximo a la frontera azerí, donde un terraplén bloquea la antigua carretera soviética. Y por si alguien necesitara más pruebas de nuestro empadronamiento en Ulán Bator, salimos del coche con las cámaras. «Es un milagro que estéis vivos», me dijo un amigo más tarde.

He de decir que yo tenía mis reticencias. En general me parece de primero de turismo no aproximarse a la frontera de dos países cuya última y sangrienta guerra apenas tiene un año de antigüedad, pero lo cierto es que en Osetia del Sur no nos había pasado nada y habíamos conseguido unas fotos dignas de un marco a su altura. La frontera entre Armenia y Azerbaiyán tiene casi mil kilómetros de longitud y está cerrada desde hace más de treinta años por el conflicto de Nagorno Karabaj, que sólo concluyó a finales de 2023 con el éxodo de un cuarto de millón de armenios, expulsados por los azeríes de sus casas. Toda la política armenia reciente gira en torno al asunto del Alto Karabaj y las relaciones con Azerbaiyán, que desde la última y exitosa ofensiva militar no ha dejado de amenazar con conquistar un trozo del sur de Armenia para unir el exclave de Najicheván con el resto del país. Una situación de lo más estable y poco propicia para excesos de celo de las autoridades militares, ¿verdad? Le expresé mis temores a Chris acerca de los innecesarios riesgos de asomarse a una zona probablemente minada con el teleobjetivo de la cámara extendido, pero los descartó. «Te encantará lo que se ve desde aquí arriba. Tranquilo, no va a pasar nada». Famosas últimas palabras.

El soldado apareció precisamente de la nada. Luego descubrimos que no era «la nada» sino una trinchera de la que asomaba el cañón de una ametralladora soviética. Por suerte apuntaba hacia el otro  lado. Pero el soldado no estaba contento. De hecho estaba apreciablemente indignado, a juzgar por la diatriba en una mezcla de ruso y armenio que nos escupió, de la cual entendimos exactamente cero palabras. Agarró a Chris con violencia de un brazo y le retuvo en la puerta de un viejo almacén. Al otro lado de la calle dos paisanos observaban con indolencia la escena. El soldado sacó un móvil carpetovetónico de su uniforme de camuflaje gris y llamó a alguien. Lógicamente no entendimos ni jota pero de su tono de voz y de la gesticulación exagerada dedujimos que no estaba diciendo de invitarnos a comer. Un segundo soldado gris se acercó al cabo de un rato y con un inglés digno del mejor de los parvularios de Ereván nos exigió que le enseñáramos las fotos que habíamos tomado. Yo había hecho la foto del terraplén desde la carretera (es perfectamente visible en Google Maps), pero Chris había apuntado su cámara más allá desde lo alto, captando los últimos metros de territorio armenio, plagados de barricadas, trincheras y defensas de hormigón para parar una (no tan) hipotética invasión azerí. Conmocionados por el descubrimiento, llamaron a su superior inmediato, que resultó ser un sargento cincuentón, bajito, calvo, enjuto, bigotudo y con toda la pinta de no sólo haber ejecutado con sus propias manos a decenas de soldados azeríes, sino de haber disfrutado enormemente en el proceso. Les miraba a los ojos mientras la vida se escapaba de sus cuerpos. Estoy seguro.

Mientras los militares se gritaban entre ellos cosas que nosotros no entendíamos, Chris y yo nos miramos con cara de circunstancias. Le hice un par de recomendaciones para estos casos: una, no hablar si no te preguntan, y dos, responder exclusivamente a aquello que te pregunten. La tercera recomendación era más bien una amenaza: «Si salimos vivos de esta ya puedes correr, cabrón». Al cabo de un rato de lo que aparentemente eran insultos en armenio el sargento con aspecto de genocida me exigió las llaves del coche y que le siguiera. Chris se quedó con los otros dos soldados y vivió una experiencia surrealista, pero de momento quedaos conmigo. El sargento me ordenó subirme al todo terreno y procedió a empotrarlo por un camino de tierra lleno de boquetes como cráteres jurásicos. Según mis cálculos, que resultaron ser correctos, estábamos dirigiéndonos directamente hacia la triple frontera. Después de poner a prueba la indestructible suspensión del Lada llegamos a un  puesto avanzado del ejército a un par de kilómetros del trifinio con los dos enemigos históricos de Armenia. Allí me dejaron solo en el coche mientras dentro del precario edificio hacían vete a saber qué. Tuve una idea pésima y procedí a ejecutarla. Les mandé un mensaje a mis amigos en España contándoles que me habían detenido los militares armenios en la frontera con Azerbaiyán, y acto seguido envié mi ubicación en tiempo real. Algo de lo que puede que me arrepintiera más tarde cuando los servicios secretos husmearan en mi teléfono.

En una oficina de Madrid capital el fundador de la compañía irrumpe con el móvil en alto en el despacho donde se encuentra una de las gestoras de cuentas en mitad de una reunión de Teams. «Diego se ha metido en un buen lío». Mientras la reunión prosigue, buscan en la web del Ministerio de Asuntos Exteriores el teléfono de la embajada española en Ereván, y para su espanto, descubren que no sólo España no tiene embajada en Armenia, sino que la legación encargada del país es la de Moscú. Simultáneamente los otros diez miembros del grupo de chat al que había enviado mis coordenadas en directo entran en pánico. El benjamín del grupo, un consultor en ciberseguridad, el que más. «Pero cómo puede ser tan subnormal de enviarnos durante UNA HORA su ubicación, ¿cree que no se van a dar cuenta?». Los comentarios sobre mis discutibles capacidades intelectuales se suceden. «Espero que se haya llevado algún ejemplar del libro para que vean que no es un espía turco, sólo un español retrasado». La preocupación sube de nivel: «¿Llamo al ministerio de Exteriores?» «Estoy dándole F5 todo el rato a la portada del periódico». «Al final el libro póstumo, verás». Seis horas tardé en dar señales de vida.

Mientras yo esperaba en el asiento del copiloto de un Lada Niva en mitad de los humedales a que alguien viniera a buscarme, Christian entró en una fantasía onírica de la que no sabía cómo iba a salir, o si iba a hacerlo. Dejaré que sea él quien explique la experiencia en primera persona:

«Los soldados me hicieron subir a un Opel Vectra azul oscuro completamente hecho polvo. En el marco de la matrícula se leía la dirección de un concesionario de Múnich. Mi chofer privado hablaba exactamente cero palabras que yo pudiera entender, pero hizo un gesto universal para indicarme que no era necesario ponerme el cinturón de seguridad y otro para ofrecerme un cigarrillo. Luego descubrimos que traduciendo de ruso a inglés y viceversa con el móvil podíamos conversar. Probablemente excitados por tener algo que hacer en una frontera en la que en realidad hace cinco años que no pasa nada relevante, celebraron la distracción conduciendo como completos enajenados. Mientras una música dance marroquí atronaba por los altavoces del coche, el conductor comenzó a grabarse y grabarnos mientras cantaba el estribillo y me animaba a repetirlo, dando vueltas a la misma rotonda una y otra vez. En algún Tiktok aparezco siendo abrazado por un militar armenio que canta a gritos algo que seguramente ni siquiera él entienda. Si alguna vez sale a la luz voy a tener muy difícil explicarlo».

Chris continuaba su particular momento Thelma y Louise con un cabo primero de las fuerzas armadas armenias mientras yo rebotaba en el interior del 4×4 soviético conducido por el sargento más chusquero al sur del Cáucaso. Había regresado con un papel lleno de símbolos extraños e indescifrables, conocidos generalmente como «idioma armenio». Me enseñó el pulgar hacia arriba afirmando «Everything is good» y me llevó de regreso hasta donde estaba el coche de segunda mano del soldado tiktoker. Antes de llegar, tuve tiempo de atisbar la bandera rusa en los barracones junto a la estación de tren de Yeraskh. Porque sí, Rusia mantiene miles de militares en Armenia como parte de un acuerdo bilateral de defensa. De hecho en aquella época todavía se encargaban de los controles aduaneros en el cruce a Irán. Ideaza, pues, lo de dar saltos en la frontera.

El Lada Niva conducido por el Sargento Matazeríes adelantando al Opel del soldado Tiktoker. Nos pusieron una multa de tráfico en ese tramo, que llegó a mi casa dos meses y medio más tarde

Tras el reencuentro los dos vehículos nos transportaron en caravana hasta un cuartel en el pueblo de Ararat, a quince kilómetros de allí, cuartel que, según comprobamos muchas horas más tarde, en Google Maps aparece como un centro médico. A todo esto nosotros no sabíamos ni dónde estábamos ni sobre todo en qué situación nos encontrábamos. Una vez aparcados los coches, nos condujeron sin excesiva amabilidad al despacho del comandante de la base y empezó el festival. Durante las siguientes seis horas nos interrogarían docena y media de personas. Fueron cientos de preguntas, pero al fondo de todas y cada una de ellas se leía la misma cuestión: «¿Estáis mal de la cabeza?».

En Armenia el conocimiento del inglés está tan extendido como el conocimiento del armenio en Inglaterra. Así que lo primero que hicieron fue buscar alguien que pudiera comunicarse con nosotros más allá de darnos órdenes monosilábicas. El traductor resultó ser un teniente con cierto sentido del humor y gusto por el sarcasmo, lo que hizo la experiencia simultáneamente más entretenida y más inquietante. El sarcasmo es genial, yo siempre tengo un poco a mano, pero cuando estás retenido en un cuartel de un país sin atención consular siendo interrogado por gente que considera probable que seas un espía da un poco de sustito. El traductor nos indicó que en breve vendrían dos miembros de la secret police para interrogarnos, y que no nos pasaría nada. A esas alturas lo cierto es que si apretábamos el culo más fuerte habríamos roto la silla.

Los secretas resultaron ser la versión caucásica del poli bueno y el poli malo. Retrospectivamente les bautizamos como Robin y Batman. Robin era joven, delgado y barbilampiño, y se encargaba de hacer las preguntas y contemporizar con nosotros. Batman por su parte era un tipo de sesenta años, abundante perímetro abdominal, piel curtida por horas al sol en una trinchera y voz de haberse fumado plantaciones enteras de tabaco desde que cumplió los once años. También nos referimos a él cariñosamente como «Gordo KGB». Su trabajo era interrumpir para exigir detalles o explicaciones. La primera pregunta, claro, fue una variante más educada de «Pero qué coño estáis haciendo con una cámara de fotos en la frontera con el vecino al que más odiamos, pedazo de retrasados». Lo más inteligente en estos casos en los que uno es víctima de su propia mongolidad es contar la verdad. Como decían en Chernóbil, la serie de HBO: «Cree que eres imbécil, y la imbecilidad no es peligrosa». Hubo, sin embargo, momentos en los que el ambiente se espesó tanto que podía uno servirse un bol y comerlo con cuchara, como el puré de lentejas. A esa pesadez contribuía grandemente el humazo de tabaco negro que se fumaban tanto Gordo KGB como otros de los presentes. Mientras revisaban mi cámara de fotos encontraron aproximadamente medio centenar de fotos de esa misma mañana tomadas en el monasterio de Khor Vrap, que tiene la particularidad de estar a menos de dos kilómetros de la frontera turca. Con el zoom tan a tope que el objetivo casi se caía de la cámara había fotografiado una y otra vez puestos avanzados, la verja fronteriza y todo lo que me llamó la atención. «¿Qué es esto? ¿Por qué querría un turista fotografiar la frontera?». Entonces tuve que hablarles, claro, de Fronteras. El blog.

«Enséñame tu blog». De todas las veces que alguien me ha pedido esto a lo largo de los casi dieciocho años de vida de este lugar, sin duda alguna esa fue la más surrealista de todas. Si mi vida fuera una sitcom, este sería el momento exacto en el que la imagen se congelaría con el ruido que hace levantar una aguja del tocadiscos, y mi voz en off diría «os preguntaréis cómo he llegado hasta aquí». En el móvil de Robin tecleé la URL mientras le explicaba la peculiar idiosincrasia de este lugar, y hasta le conté que había escrito un libro sobre el tema que se publicaría en un par de meses. Porque no existe una circunstancia en la que no sea adecuado hacer publicidad, obvio. Hizo capturas de pantalla de varias entradas, especialmente de aquellas en las que aparecía mi foto. Según miré posteriormente en las estadísticas del blog, esa fue la única visita desde Armenia en todo el trimestre (y sigue siendo la única en todo 2025).

¿Estáis casados? No era la primera vez que nos lo preguntaban en el viaje, ciertamente. ¿Sois padre e hijo? Tampoco era la primera vez que esta segunda pregunta caía en rápida sucesión. Explicarles cómo un veinteañero uruguayo y un español cuarentón acaban recorriéndose el Cáucaso en un Lada Niva a un puñado de militares armenios no entraba dentro de mi bingo para 2025, la verdad.

– ¿Por qué habéis alquilado un Lada Niva?
– Bueno, es un coche especial
– Ni siquiera es un coche de verdad (It’s not even a car) 

La tarde pasaba mientras repetíamos una y otra vez nuestra versión.

– ¿No se os ocurrió que estaría prohibido el paso?
– No había carteles prohibiéndolo
– Normalmente no hacen falta, la gente ya se lo imagina

Se notaba que se lo estaban pasando bien llamándonos subnormales a la cara. No se lo reprocho. Christian mencionó casualmente que nuestra intención después de exponernos a los disparos de armenios y azeríes por igual era comer algo y la hospitalidad local se tornó legendaria. Le ordenaron a la única mujer que vimos en todo el día que nos trajera algo de comer. Fruta y caramelos, además de unos cafés más negros que nuestro futuro. Querían que nos sintiéramos cómodos, así que nos ofrecieron un pitillo. Y entonces sucedió algo que no soy capaz de explicar adecuadamente con palabras, algo tan absolutamente fuera de este maldito planeta que nunca me cansaré de contarlo:

– Do you want a cigarrette?
– No thanks. I prefer Coke.

I. PREFER. COKE. Juro por lo más sagrado, por las tumbas de mis ancestros, por el futuro de mis hijos que Christian le respondió eso a un agente de la policía secreta armenia mientras nos tenían retenidos en una base militar como sospechosos de espionaje. PREFIERO. COCA. El silencio se abatió sobre la sala con la misma fuerza que Littke Boy sobre Hiroshima. Podía escuchar cómo la sangre circulaba por mis sienes mientras los ojos se me abrían solos y la mandíbula se me descolgaba hasta rozar mis rodillas. Todos los presentes en la sala giraron sus cabezas al unísono. Los soldados del patio dejaron de hacer jumping jacks. El tráfico en la carretera más próxima se detuvo. El aeropuerto de Ereván suspendió los despegues hasta nuevo aviso. El ejército turco dejó de patrullar en el monte Ararat. La Tierra dejó de girar. «Prefiero coca». En ese momento le habría estrangulado. Sin dudarlo, además. Habría bombardeado Montevideo. Habría construido una máquina del tiempo para viajar al 19 de abril de 1825 y hundir la barca en la que los Treinta y Tres Orientales cruzaron el río Uruguay y así impedir la fundación de la República Oriental, para evitar que doscientos años después alguien retenido en un cuartel le dijera a un militar que prefiere la coca a los cigarrillos.

– I mean, Coke like in Cocacola! 

La risa nerviosa de Chris quebró el aterrador silencio y abrió una ventana de oportunidad para que el coronel de la base volviera a guardar su pistola en la funda. De paso evitó el estrangulamiento. El teniente traductor dijo lo que todos los demás estaban pensando: «Por un momento nos has asustado de verdad». Yo ya estaba en ese punto en el que necesitaba un cambio de calzoncillos.

En el exterior anochecía rápidamente mientras el interrogatorio iba y venía. Robin redactaba informes en su móvil y, suponemos, se los enviaba a alguien en algún recodo del escalafón castrense del país. Entre otras cosas nos preguntaron por los chats que teníamos con números georgianos y armenios (lavanderías y hoteles, fundamentalmente), las cantidades ingentes de fotos de manifestaciones en Georgia y sobre qué habíamos planeado visitar con nuestro no-coche. Yo no tenía muy claro qué iba a pasar. Mi best case scenario era la deportación en el primer vuelo hacia la Unión Europea o en el tren nocturno a Tiflis. El peor era que nos cayera una denuncia formal y Chris tuviera que contactar con la embajada de su país, que, a diferencia del mío, tiene representación diplomática en Armenia. Bueno, en realidad el peor escenario era que nos dejaran en manos de los rusos, pero lo consideraba muy poco probable. Así que cuando el tipo que llevaba una sola estrella de cinco puntas bien grande en el jersey preguntó «Qué opináis de Rusia», se me subieron los testículos a la garganta.

Entre mis grupos de Whatsapp hay uno que se llama literalmente «Viva Ucrania», pero por si eso fuera poco, en los días anteriores había enviado fotos de las manifestaciones pro europeas en Tiflis a al menos dos o tres grupos más, generalmente acompañadas del mensaje «Fuck Russia«. Fingir que no tenía una opinión iba a ser delicado. Así que decidí decir la verdad. Una verdad muy maquillada. En 2022 tenía planeado un viaje a Ucrania que se estropeó por razones obvias. Así que considero la invasión de Ucrania como algo personal. Pero estoy a favor de la paz en el mundo. Y así salí del paso. Aparentemente satisfecho con mi respuesta, el general se quitó el jersey y mostró la camiseta que llevaba debajo, en la que se leía claramente U.S. ARMY. Y de esa guisa comenzó a discursear acerca de que Rusia en realidad no es una maquinaria bélica sedienta de sangre, sino un país de contrastes que ha dado personajes tan importantes como Tolstoi. Yo no podía despegar los ojos de la bandera de las barras y estrellas de la manga de la  camiseta. ¿Cuándo se iba a acabar el surrealismo? ¿Y si estaba dormido todavía en el tren nocturno y todo era un sueño producto del exceso de Jachapuri?

A Chris la pregunta que le hicieron fue aún peor. «Qué opinas de Azerbaiyán». Creo que a estas alturas ya ha quedado claro cuál de los dos es el temerario, así que el avezado lector no se sorprenderá cuando le cuente que Christian, uruguayo, veintisiete años, se lanzó tranquilamente a una diatriba contra las autoridades azeríes, a las que acusó de carecer de cualquier tipo de respeto por los derechos humanos, a diferencia, sigo citando textualmente a Chris, de los armenios, cuya hospitalidad es tan legendaria que incluso estando detenidos nos habían ofrecido café y fruta.

– ¿Y qué opináis del Islam?

Chris me miró a mí levantando una ceja para que yo respondiera semejante órdago.

– ¿En general o aquí en Armenia?
– En general. Aquí en Armenia no tenemos de eso

Sutileza caucásica, supongo. Pasaban cinco horas de interrogatorio cuando le pregunté al teniente traductor por nuestra situación. Aparentemente los informes de Robin estaban circulando por el ministerio de defensa y en algún momento debería llegar una decisión desde allí. La recomendación de Batman y Robin había sido, según nos dijo, considerarlo todo un malentendido, pero la decisión final no estaba en sus manos. Me imagino al ministro de defensa armenio estudiando sesudamente mis fotos en Corea del Sur y las conversaciones de Chris con una lavandería de Tiflis para decidir si éramos espías o sólo turistas despistados y me da la risa. En un momento dado el bueno de Robin me preguntó en un inglés macarrónico si me gustaba el fútbol. Asentí, y aquí llegó el momento donde realmente nos la jugamos. El instante decisivo, como los que describía Stefan Zweig. El Rubicón tras el que no había regreso posible.

– ¿Real Madrid o Barcelona?

Puedo renegar de mi país, de mi idioma y de mi cultura. Hasta de mis amigos, quizá. Pero soy un varón de mediana edad; renegar de mi equipo de fútbol es algo que no entra dentro de las posibilidades. Es dividir por cero. Así que respondí lo único que cabía en estas circunstancias:

– Real Madrid, of course

Y en ese momento lo supe. Estábamos salvados. Robin se puso en pie y, juro que no me lo estoy inventando ni estoy exagerando lo más mínimo, extendió la mano proclamando «Hala Madrid!».  Se la estreché, sonriente y con los esfínteres relajados por primera vez en horas. Nada en el universo me podría haber preparado para ese momento, la absoluta cumbre de 45 años de madridismo y quince de viajero empedernido. Poco después sonó el teléfono y la tensión por fin desapareció. «You’re free to go». Nunca cuatro palabras me habían sentado tan bien desde «El tumor es benigno». Todo el mundo se volvió increíblemente afable. Nos pidieron disculpas una y otra vez por las molestias, a lo que respondimos pidiendo disculpas nosotros por haberles obligado a retenernos con nuestras acciones no especialmente inteligentes.

– ¿Podemos hacer algo por vosotros?
– Quizás sí. ¿Cuál es el mejor plato de la cocina armenia, y cuál es el mejor restaurante de Ereván?

Y así, con un puñado de militares dándonos consejos en armenio acerca de qué comer y donde en la capital de su país mientras otro militar nos lo traducía, acabó nuestro primer día en Armenia, el más largo, el más surrealista, y, con la ventaja que da el tiempo transcurrido, el más divertido de contar.

Todas las Crónicas Caucásicas:

Parte 1 | Parte 2 | Parte 3 | Parte 4 | Parte 5 | Parte 6

Esta historia, como todas, también aparece en El Mapa de Fronteras.

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18 respuestas a “El día que nos detuvo el ejército armenio, nos interrogaron durante horas sus servicios secretos y nos salvó el Real Madrid (Crónicas Caucásicas, 7)

  1. Avatar de Pixbomb Pixbomb 19-mayo-2025 / 11:00 am

    Pero, ¿sobrevivieron?

    Bromas aparte, una de las entradas más inolvidables y épicas del blog (para bien y para mal).

    Me alegra que todo haya terminado bien.

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  2. Avatar de Fco_Mig Fco_Mig 19-mayo-2025 / 2:48 pm

    En fin, la aventura es la aventura. Pero la próxima andaros con cuidado si no queréis que en vuestros epitafios diga algo así como «murieron con las botas puestas en una frontera remota».

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  3. Avatar de Alberto Vergel Alberto Vergel 20-mayo-2025 / 9:50 am

    Creo que esta puede ser la mejor entrada que haya leído en el blog… Y con final feliz, por suerte 😅

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  4. Avatar de apalankator apalankator 20-mayo-2025 / 8:24 pm

    Acojonante experiencia, hacía años que no disfrutaba tanto de una entrada en un blog.

    Cuidaros mucho

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  5. Avatar de almamuo almamuo 20-mayo-2025 / 9:06 pm

    Primero me he enfadado porque habéis hecho tanto el idiota.

    Luego me he alegrado porque al final se quedase en nada y estáis bien.

    Gracias por contar una experiencia taaan entrerenida.

    Que sean mil viajes nás, con un poquito más de cuidado.

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  6. Avatar de Yugurtungue Yugurtungue 21-mayo-2025 / 1:12 pm

    Maravilloso. Te sigo desde hace años (creo que desde el principio de los tiempos de tu blog) y éste es tu mejor artículo. Que es mucho decir.

    Enhorabuena por el artículo, y por seguir vivo.

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  7. Avatar de Matias ND Matias ND 22-mayo-2025 / 6:22 am

    Ni siquiera sé por donde empezar a escribir mi comentario. Y considerando la hora que es acá en Uruguay. (Chris no habría sido el único lector víctima de tu bombardeo a la capital uruguaya), si está mal escrito, culpo a la falta de sueño.

    Vamos por lo primero: no mentías cuando me dijiste tiempo atrás que lo de la frontera entre Armenia y Azerbaiyán era mucho peor.

    Creo de esto se puede sacar una valiosa lección:

    1. No ir a una frontera de dos países que están (practicamente) en guerra.
    2. Si vas a dicha frontera, asegurarse de tener representación diplomática en el país desde el cual visitas la frontera en cuestión.
    3. Si tu país no tiene representación diplomática en el país en cuestión, asegurarse que la embajada encargada de dicho asunto, no se encuentre en un país que este en su momento más tenso con el tuyo desde antes de que cayera el Muro de Berlín.
    4. Si lo anterior no se cumple, y especialmente si el país en el que se encuentra tu embajada encargada de sacarte de un eventual aprieto es una dictadura, asegura no tener ningún material en el que hables mal de dicho país.

    Por Dios, diría que estuvieron muy cerca de obtener un premio Darwin; pero si de verdad hubiera sucedido algo, dudo que alguien haya sabido el verdadero motivo de su viaje, como para hacerlos acreedores de dicho galadrón.

    Sobre lo del fútbol; debo citar la frase de la película argentina «El secreto de sus ojos»: «El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión.. pero hay una cosa que no puede cambiar.. no puede cambiar de pasión.»

    Y en este caso, a ti te favoreció. Si esa situación me hubiera pasado a mi, por otra parte… considerando que soy simpatizante del Atleti, y que mi opinión del Real Madrid, solo digamos que es mejor que tu opinión sobre Rusia, bueno, habría tenido que dar una respuesta maquillada.

    Tuviste suerte que, o bien la opinión sobre los ruskis no importaba tanto, o que no hayan visto tus opiniones personales sobre Rusia.

    A todo esto, me llama la atención que no hayas señalado que estabas a unos 10km del trifinio entre Turquía, Irán y Azerbaiyán (que trío). Y que, sacando el casi cuadrifinio que está en África, estos deben ser de los dos trifinios más cercanos del mundo.

    Y como dato de color, viendo Google Maps, 1km al sur del trifinio armenio, ya en territorio azerí, se encuentra el punto más occidental de dicho país, el cual debe ser visible en Street View, desde la carretera turca, a medio kilómetro de dicho punto.

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    • Avatar de Diego González Diego González 22-mayo-2025 / 1:33 pm

      Jajajaja, correcto todo. Desde la carretera que desciende desde las montañas hacia Yeraskh se ven claramente los cuatro países, creo que hay muy pocos lugares donde se pueda (sólo se me ocurre, como dices, el cruce del sur de África, que también es la frontera más corta del mundo). Bien traída la cita de El secreto de tus ojos, que pienso añadir en cada relato que me toque hacer en el futuro

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      • Avatar de Matias ND Matias ND 22-mayo-2025 / 6:23 pm

        Las únicos otros dos lugares que se me llegan a ocurrir, son en territorios completamente en disputa, y según la frontera que se utilize.

        Quizá, se pueda llegar a ver Siria, Líbano, Israel y Palestina, tomando cierta delimitación.

        Y quizá, también tomando según que delimitación, y siempre y cuando alguna montaña no limite la vista, se pueda ver a Pakistán, Afganistán, Tayikistán y China al mismo tiempo.

        En ambos casos, ni siquiera estoy seguro de si es posible, porque es una distancia considerablemente mayor, además de que no se si siquiera son accesibles, o si siquiera estoy tomando bien las fronteras.

        A todo esto, tengo que comentar que me dejó sin palabras el armenio, con la camiseta de US Army (que hace un militar armenio con una camiseta que dice US Army), y que para colmo se pone a hablar bien de uno de los mayores enemigos de EEUU.

        O sea, considerando que Rusia siempre ha apoyado a Armenia ante los azeríes y los turcos, que hable bien de Rusia no es raro, lo raro es todo lo demás.

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        • Avatar de Alberto Vergel Alberto Vergel 23-mayo-2025 / 9:34 am

          Siria, Líbano, Israel, Palestina… Si, tú encima dale ideas…

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        • Avatar de Matias ND Matias ND 24-mayo-2025 / 5:54 pm

          Hay zona desmilitarizada. No podrá pasar.

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