La increíble Colina de las Cruces de Lituania (Crónicas Bálticas, capítulo 2)

Capítulo 1: Independencia

Uno nunca sabe qué consecuencias a largo plazo van a tener sus actos. El aleteo de la mariposa tokiota que provoca alteraciones meteorológicas graves en Nueva York. El bombero que salva a un niño que con los años se convierte en médico y le salva la vida a su salvador. En 1831 alguien caminó desde algún pueblo de los alrededores y clavó una cruz de madera hecha con dos ramas y unas cuerdas en la ladera de una pequeña colina en mitad de los verdes campos de Lituania. Esa persona, cuya identidad jamás nos será revelada, no podía saber el alcance de ese gesto sencillo de recuerdo a los caídos en la reciente guerra contra Rusia, una de tantas. No podía saber que en pocos años el pequeño promontorio sería un lugar de peregrinación, y menos aún podía imaginarse que dos siglos después, en una Lituania independiente, no habría una cruz, ni cien, ni mil, sino centenares de miles de todos los tamaños imaginables, traídas por gentes de todo el mundo

Señor, qué cruz

Desde el aeropuerto de Vilna hasta el aparcamiento de la Colina de las Cruces hay unas dos horas y media de carreteras convencionales atravesando pradera tras pradera y pueblos cada vez más pequeños. Llego allí en plena ola de calor, con unas temperaturas para las que el país, sin duda, no está preparado, como demuestra el hecho de que el coqueto aeropuerto de Vilna carezca de aire acondicionado. El lugar está abierto 24 horas al día (es una colina en medio del bosque) pero a las ocho de la tarde, pese a que quedan dos horas horas largas para que el sol se ponga, los tenderetes ya han cerrado. Tengo la suerte de agarrar al último vendedor cargando la furgoneta y de poder comprarle un par de crucecitas de un palmo y un imán de nevera. No hay mucha gente en el lugar pero en ningún momento está vacío, es un sábado de julio y hay quien ha venido desde la ciudad más próxima (Siaulai, 100.000 habitantes), pero la mayoría de la gente con la que hablo son, como yo, extranjeros recorriéndose el Báltico de norte a sur.

Esto sí que es un via crucis

De las tres Repúblicas Bálticas Lituania es la única que es mayoritariamente católica, con casi tres cuartas partes de la población que se identifican como tales. El catolicismo se introdujo en el país allá por el siglo XIII, cuando el rey Mindaugas fue bautizado, pero no se convirtió en mayoritario en el país hasta el siglo XV durante la Contrarreforma, tras la llegada de los Jesuitas y la conversión en masa de la nobleza local. Por esa época apareció en el folclore regional la tradición conocida como Kryždirbystė; el arte de la elaboración de cruces con materiales sencillos, cuyo origen remoto seguramente se remonte a alguna tradición pagana. Las cruces se colocan en cementerios e iglesias, pero también en lugares sagrados de tradiciones precristianas como fuentes o montes, y al borde de los caminos y de las casas. Hoy día el Kryždirbystė forma parte del canon cultural y religioso lituano, y tiene una relevancia tal que desde 2008 es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Mira a ambos lados antes de cruzar

Conociendo las convicciones religiosas y el folclore de los lituanos no es de extrañar que acabara apareciendo un memorial a los desaparecidos en los sucesivos alzamientos de polacos y lituanos contra el Imperio Ruso, que se había repartido el territorio de la República de las Dos Naciones con Prusia y Austria a lo largo del último tercio del siglo XVIII. Miles de jóvenes lituanos no regresaron de los campos de batalla y sus familiares les homenajeaban colocando cruces en su memoria. En algún momento después del levantamiento de 1831 alguien clavó una cruz en mitad del campo, en el lugar donde tiempo atrás se levantaba un fuerte; alguien le imitó después, y poco a poco se fue llenando de cruces en recuerdo de los que cayeron defendiendo Lituania. A finales del siglo XIX había unas 9.000 cruces en el lugar, pero a partir del inicio de la I Guerra Mundial y de la proclamación de la independencia en 1918, el sitio fue perdiendo su relevancia, en buena parte porque Lituania tuvo que padecer cuatro conflictos consecutivos: la ocupación alemana hasta 1918 y las tres guerras de independencia contra rusos, bermontianos y polacos hasta 1920.

No es lo mismo un cruce de caminos que un camino de cruces

Durante la II Guerra Mundial Lituania fue ocupada por los comunistas primero, los nazis después, y finalmente los soviéticos otra vez, ocupación que en este caso duró hasta 1990. Es sabida la poca querencia de los comunistas por las religiones, que sostienen que puede haber algo más grande que el Camarada Secretario General del Partido y que puede haber un culto a algo que no sea el Amado Líder. Quedó vetada, por tanto, la colocación de cruces en la colina, pero los lituanos acudían de noche a ponerlas, sibilinamente. Los rusos no se andaban con chiquitas y detenían a cualquiera al que pillaran con dos palos de madera cruzados en las inmediaciones, así que el lugar se convirtió en una forma de protesta silenciosa. Dos veces las autoridades soviéticas arrasaron el lugar, llevándose con ellos miles de cruces y convirtiendo la colina en un páramo llano, pero cada vez los lituanos se empeñaron en seguir plantando sus cruces como muestra de su repulsa a la ocupación y de su deseo de mantener su idioma, sus tradiciones y su religión frente a la maquinaria de guerra soviética. Como en la vecina Polonia, el catolicismo sirvió de vehículo para la resistencia a la opresión.

Dios te observa, el Gran Hermano también

Con Gorbachov llegó la Perestroika y con ella la normalización de según que expresiones públicas de fe, entre ellas colocar cruces en el campo. Durante la revolución cantada las peregrinaciones a las colina se multiplicaron, también como forma de protesta, pero esta vez ya no tan silenciosa. A principios de los noventa había cincuenta mil cruces en la colina, muchas más de las que nunca había llegado a haber, y tras la independencia la cifra empezó a crecer vertiginosamente, sobre todo tras la visita del papa Juan Pablo II en 1993. Libres de la tiranía comunista, los lituanos recuperaron masivamente el arte de fabricar cruces con cualquier material, y la cantidad de ellas en la colina se disparó hasta las más de 200.000 que se calcula que hay hoy en día.

Ir a Lituania y llamarse Mari Cruz

Visitar el lugar es sobrecogedor incluso aunque uno carezca de fe. La colina está tapizada por una alfombra de cruces de madera de tamaños que van desde los diez centímetros hasta los tres metros de altura. No es un lugar sagrado, pero la gente guarda silencio igualmente. Un par de chicos influencers se hacen fotos entre las cruces poniendo escorzos y morritos y cambiándose de jersey entre disparo y disparo, otros rezan de rodillas, la mayoría simplemente paseamos extasiados ante el testimonio vivo y la representación física de lo que es un pueblo que se niega a rendirse y a desaparecer.

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2 respuestas a “La increíble Colina de las Cruces de Lituania (Crónicas Bálticas, capítulo 2)

  1. Avatar de straw straw 6-octubre-2024 / 12:17 pm

    lo vi en octubre de 2022 y efectivamente es impresionante. Recuerdo que tenías que pedir permiso para poner una cruz de mas de 2 metros

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