La capital eslovaca es el patito feo de Centroeuropa. Viena está a una hora de coche, Budapest a dos, y Praga a tres. Todos los circuitos europeos abarcan dos de esas tres ciudades, y a veces las tres, relegando a Bratislava una excursión de un día en el mejor de los casos, o en el más habitual, un desvío para comer en el trayecto entre alguno de los vértices del triángulo mágico centroeuropeo. Los eslovacos, de hecho, tienen fama de ariscos con el turista por esa razón. Así que decidí que la ciudad, y el país, bien merecían una visita, que aunque breve, tuviera al menos algo más de enjundia que un área de servicio entre dos fronteras.

Bratislava es una ciudad bendecida por la geografía. A orillas del Danubio y a medio camino entre oriente y occidente, la colina sobre la que se encuentra el castillo de la ciudad permitía dominar por completo el tráfico sobre la vía fluvial más importante de Europa. Así que no es de extrañar que ese promontorio lleve ocupado literalmente milenios. La fundación de Bratislava como tal, sin embargo, se considera que es bastante posterior, hace unos mil años, década arriba o abajo, cuando los eslavos de la Gran Moravia levantaron la primera de las muchas versiones del castillo que domina el paisaje de la ciudad. No mucho después la hoy capital eslovaca se convirtió en una de las ciudades más importantes del Reino de Hungría, del que formaría parte durante prácticamente un milenio. Pero como solía pasar en la región, Bratislava, que entonces en castellano se conocía como Presburgo (en alemán, Pressburg y en húngaro Poszony, nombre que aún se utiliza en esa lengua) era un crisol donde convivían mejor o peor un puñado de nacionalidades. La mayor parte de la población era alemana, pero junto a ellos habitaban las calles de la ciudad húngaros, checos, eslovacos y una notable población judía de diferentes orígenes.

Cuando los turcos conquistaron Buda en 1541, la capital húngara se tuvo que mover al norte para escapar de las hordas del sultán, y el lugar elegido no fue otro que Poszony, o sea Presburgo, o sea Bratislava, que se convirtió en la capital de facto de Hungría durante los siguientes dos siglos y medio. Once Reyes de Hungría fueron coronados en la Catedral de San Martín, convirtiendo a Poszony en una de las ciudades más importantes de la historia húngara. Esto, y la cercanía geográfica y política a Viena, dejó su poso evidente en la arquitectura y urbanismo centroeuropeos del casco histórico de la ciudad, ni de lejos tan monumentales o grandiosos como los de Praga o Budapest, pero igualmente reconocibles dentro del estilo predominante en Austria-Hungría. El paseo por el centro de Bratislava nos lleva por una ciudad elegante y señorial, pero muy poco dada a la ostentación, una miniatura vienesa más económica y con un par de órdenes de magnitud de menos turismo. Eso sí, diez minutos de caminata le dejan a uno fuera de las murallas y al pie de la estructura más reconocible de la ciudad, más alta que la catedral de San Martín y más icónica que el Castillo: el ovni sobre el puente.


Su nombre completo es Most Slovenského národného povstania, o Puente de la Insurrección Nacional Eslovaca, en recuerdo del alzamiento contra los nazis que se produjo en la capital a finales de 1944. Cuando se inauguró, en 1972, fue el segundo puente sobre el Danubio en la ciudad, por lo que todo el mundo empezó a llamarlo «Puente Nuevo». Dos décadas después, tras la independencia eslovaca, el ayuntamiento decidió cambiarle el nombre a la infraestructura y llamarlo oficialmente Puente Nuevo, que es como lo conocía todo el mundo. El problema es que para entonces ya había otros tres puentes más nuevos que el oficialmente denominado como Puente Nuevo. Finalmente regresó a su nombre original en 2012, y por supuesto nadie usa ese nombre; ahora todo el mundo lo conoce como «UFO Most», o Puente del Ovni.



Este viaje fue mi tercera vez en la capital eslovaca. La primera fue durante un viaje con la universidad, a principios de 2002, en las brevísimas semanas en las que la peseta y el euro convivieron antes de la desaparición de la moneda española. Viajamos en autobús de Praga a Budapest cuando ni Chequia, ni Eslovaquia ni Hungría formaban parte de la Unión Europea (lo harían un par de años más tarde), así que a las seis horas de viaje por carretera, hubo que sumarle otras dos o tres en las fronteras eslovacas con sus vecinos. Estuvimos en Bratislava exactamente dos horas, en las que me dio tiempo a subirme a la torre de la Puerta de Miguel y a cruzar el Danubio para hacerme una foto desde la orilla opuesta a la ciudad. De aquella visita conservo exactamente tres fotos. De la siguiente, en 2009, no hay ni una sola prueba gráfica, porque consistió en aparcar en el sótano de un centro comercial para comer en un McDonald’s. Bratislava no merece semejante desdoro.


Bratislava no se llamó así hasta 1919, tras la derrota austrohúngara en la Primera Guerra Mundial y la fundación de Checoslovaquia. Deseosos de distanciarse de la influencia cultural alemana y húngara, los nuevos dirigentes del país le retiraron el nombre de Pressburg, demasiado alemán, pero en vez de llamar a la capital como los propios eslovacos llevaban haciéndolo siglos (Prešporok), se sacaron de la manga el nombre de Bratislava, inventado medio siglo antes por un filólogo al confundirse con una referencia medieval. Así que las autoridades se cepillaron un milenio y pico de historia y le colocaron a la ciudad un nombre inventado. Pero cuajó, y hoy puedo hacer chistes tan terribles como el del título, o indicar que el detergente eslovaco Bratislava más blanco. Haberlo pensado mejor.


Una cosa de la arquitectura centroeuropea que sorprende a los europeos del sur (bueno, al menos a mi) es el uso indiscriminado de los patios de los edificios como vías públicas. Las calles y avenidas están unidas entre sí por patios y callejones a los que se accede a través de pórticos en los muros de los edificios, y que ahorran mucho tiempo caminando si uno se los conoce mínimamente. En los apenas dos días y medio que pasé en la capital no me dio tiempo a aprenderme demasiados atajos, pero alguno encontré en mi ruta entre el apartamento y el centro de la ciudad. Moverse por Bratislava es, además, extremadamente fácil. El transporte público es no sólo eficiente sino virtualmente gratuito (el abono de 24 horas cuesta 5 euros), y de todos modos, nada queda a más de media hora a pie. Salvo la parte que más ilusión me hacía visitar de la capital, y la única que no pude ver: la frontera



Bratislava es la única capital del mundo cuyo territorio limita con dos países (Austria y Hungría). Hace unos cuantos años (precisamente en el viaje de 2009) obligué a mi entonces esposa a tomar un desvío de varios kilómetros para visitar el trifinio entre las tres naciones, en una excursión que acabó con nosotros entrando ilegalmente en Hungría. Recomiendo la atenta lectura de aquella aventura para entender las particularidades fronterizas de la capital eslovaca. El caso es que durante la Guerra Fría el centro de Bratislava estaba a apenas cuatro kilómetros del Telón de Acero, y el ejército soviético construyó una serie de fortificaciones y de búnkers que hoy están abandonados en su inmensa mayoría, y que son inaccesibles salvo que uno tenga muchas ganas de caminar y, sobre todo, tiempo, del que yo carecía, así que tuve que dejarlo para otra ocasión. Afortunadamente, Wizzair tiene (por ahora) vuelos directos desde Barcelona todo el año, así que, ¿quién para?


Además del Ovni había un edificio que quería visitar sí o sí: la Iglesia Azul. Es un templo pequeño, construido a principios del siglo XX en estilo Art-Noveau (que, como recordará el lector más fiel, es uno de mis favoritos), y situado no muy lejos del casco antiguo de la ciudad. Pero tiene el peor horario de visitas de la historia: de lunes a miércoles sólo abre de seis y media a siete y media de la mañana (y precisamente de lunes a miércoles fueron los días que pasé yo en Bratislava). Así que me puse el despertador bien temprano y poco después de las seis estaba ya en la puerta del templo, esperando a que abriera. Pasé un rato explorando las cercanías, con la única compañía de runners especialmente madrugadores, antes de que llegara el sacerdote y abriera el edificio. En seguida llegaron los primeros fieles, que también fueron los últimos. Durante la siguiente hora las cinco personas presentes que hablaban eslovaco repitieron una interminable letanía mientras yo tomaba fotos del lugar, primero, y me sentaba para dormitar en un banco, después. Arrullado por los cánticos monótonos de la feligresía, por poco me quedo dormido.


Mi última tarde en la ciudad la dediqué a dar un paseo en barco por el Danubio, que allí tiene más de trescientos metros de ancho y que es tan navegable que hay servicios de fast ferry entre Bratislava y Viena. Nací en Madrid y vivo en Barcelona, dos ciudades con ríos que apenas llegan a aprendiz de arroyo, así que bestias de agua dulce como el Danubio me resultan siempre fascinantes. El paseo, de apenas hora y media, muestra el crecimiento y la transformación de la capital. Desde la Catedral de San Martín hacia el este, los edificios se van rejuveneciendo, hasta llegar a Eurovea, un desarollo reciente con torres de acero y cristal que contrasta no sólo con los commieblocks del otro lado del río, sino con la mayor parte del resto de la capital. En la orilla del Danubio, cientos de jóvenes descansaban descalzos en terraplenes cubiertos de césped natural con una cerveza en la mano. Bratislava es una ciudad joven, dinámica y con mil años de historia, a la que sólo la maldición de estar entre tres de las más grandes capitales imperiales del mundo ha privado de ser más conocida.


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