«Haz turismo invadiendo un país», cantaban los Celtas Cortos allá por 1990. Menos de un par de décadas antes, un millonario norteamericano había decidido que puestos a hacer turismo, qué mejor que ir a un país al que nadie hubiera ido nunca antes. ¿Y cómo se puede hacer algo así, en un mundo que ya ha sido explorado y cartografiado por completo? Pues inventándose un país, claro. Y eso fue lo que hizo: buscar una isla desierta y fundar su propia nación, basada en los principios libertarios de libertad económica, política y personal, una utopía sin impuestos ni subsidios, donde todos los intercambios son voluntarios. Y duró exactamente siete meses.

Los arrecifes de Minerva se llaman así por un barco australiano que encalló en el lugar a mediados del siglo XX. Fue el primero de una breve serie de naufragios y embarrancamientos, provocados por la escasa tirando a nula visibilidad del bajío y la imprecisión de las cartas náuticas de la época. Apenas una lengua de arena con forma circular que sobresale de la superficie del Pacífico durante la marea baja, y permanece bajo el agua el resto del tiempo. Por suerte para los marinos de esa época, y de cualquier otra, su ubicación en mitad de la nada y alejado de las rutas comerciales evitaba que nadie se los encontrara involuntariamente salvo que hubiera sido expulsado de su camino por una de las frecuentísimas tormentas en el Pacífico Sur.

Principios de los setenta. Contracultura, paz, amor, drogas, LSD, la guerra de Vietnam, todo eso. El mundo vive el final de una época (el boom económico de la posguerra) pero nadie sabe qué vendrá después. Medio centenar de países habían logrado su independencia en los diez años inmediatamente anteriores. Parece un buen momento para ponerse a inventar naciones. En Israel aparece Akhzivland, en Copenhague nace Christiania, en las costas de gran Bretaña un hombre proclama su reino en los restos oxidados de una plataforma defensiva de la segunda guerra mundial. El magnate inmobiliario Michael Oliver, que se ha hecho rico con la compraventa de propiedades en pleno boom de Las Vegas, lo tiene claro: quiere inventarse un país, como la Oreja de Van Gogh, pero con casinos y furcias. La historia de Michael Oliver es la de la pesadilla europea devenida en sueño americano. Nacido durante la breve independencia de la Lituania de entreguerras, sobrevivió a las matanzas nazis y soviéticas, a dos campos de concentración y a una de las infames marchas de la muerte hacia Dachau. En 1947, y después de dos años en un campo de refugiados, llegó a Estados Unidos con apenas veinte años, y se estableció en Carson City, Nevada, donde creó su pequeño emporio inmobiliario y de compraventa de metales preciosos.

Criado entre totalitarismos, el malestar generalizado en la política de finales de los sesenta y el advenimiento del estado del bienestar le parecían la antesala de otro de ellos. Así que escribió un libro titulado Una nueva constitución para un nuevo estado, donde delineaba su visión de un país ideal: sin impuestos, sin burocracia, basado en el consentimiento y el beneficio mutuo, y con un estado dedicado en exclusiva a proteger a sus ciudadanos de la violencia y el fraude como única función. En plena era de la descolonización, pensó que no sería difícil encontrar gobiernos dispuestos a venderle un trozo de territorio, o islotes sin reclamar, y procedió a investigar al respecto. Viajó a Bahamas, las Guayanas, la Polinesia Francesa, Nueva Caledonia y Vanuatu (entonces llamado Nuevas Hébridas) en busca de un lugar para su utopía, y al final lo encontró en un lugar increíblemente remoto: Minerva Reefs, dos atolones semisumergidos a trescientos kilómetros de la tierra emergida más próxima, en Fiyi, y que en aquel momento nadie había reclamado.

La idea era sencilla, al menos sobre el papel. Se draga arena de uno de los dos arrecifes y con esa arena se rellena la laguna del otro. Sobre ese terreno ganado al mar, se construyen edificios, casinos, burdeles, fumaderos de opio, el clásico lugar para toda la familia. Olvier quería que su nación viviera del comercio y del turismo, como si fuera, yo qué sé, España, o Malta. A finales de 1971 y con un grupo de incondicionales llegó a los arrecifes y plantó allí su bandera, azul y entorchada. Poco después llegaron también barcos cargados de arena desde Australia, dispuestos a reclamarle terreno al mar. En enero de 1972 se leyó en la recién creada isla artificial una pomposa declaración de independencia, y se escogió como primer presidente de la República a un empleado de Michael Olvier, Dean B. Morris. El recién nacido país envió una delegación a Nukualofa, la capital de Tonga, para presentar sus credenciales como embajador al rey Taufaʻahau Tupou IV. El monarca, sin embargo, se negó a recibirle. Un rey cristiano no podía juntarse con semejante vivalavirgen, y menos aún tolerar que llevara a cabo actividades pecaminosas tan cerca (300 kilómetros) de sus costas.


La ocupación de los bajíos por parte del magnate norteamericano causó, de hecho, cierta preocupación entre las naciones del Pacífico Sur. Si cualquier pelagatos con unos pocos millones de dólares y abundante tiempo libre pudiera inventarse su propio reino insular simplemente tirando unas cuantas toneladas de arena en el Océano, entonces la soberanía de todos y cada uno de ellos, y sus derechos de pesca, minerales, hidrocarburos, etcétera estarían en riesgo. Así que apenas dos meses después de la independencia de Minerva representantes de Australia, Nueva Zelanda, Fiyi, Tonga, Samoa, Nauru y las Islas Cook se reunieron para tratar el tema y llegaron a la conclusión que traían de casa: no se puede permitir. El rey de Tonga afirmó entonces que reclamaría los arrecifes para su país, y el resto de países estuvieron de acuerdo. El 15 de junio de 1972 la Tongan Gazzette publicó el decreto según el cual el país se anexionaba los dos arrecifes y la zona de doce millas de alrededor. Ese mismo día partió de Nukualofa un barco con el propio rey, una banda de música, unos pocos soldados, periodistas y un puñado de presos para encargarse de hacer las comidas. Dos días más tarde la expedición llegó a los atolones, donde se encontraron al presidente de Minerva y a un puñado de seguidores. Procedieron a desalojarles sin demasiada ceremonia, retiraron respetuosamente la bandera de la república e izaron en su lugar la de Tonga. La banda de música tocó el himno nacional, se leyó un discurso patriótico y cada mochuelo a su olivo. Y así, con cierto anticlímax, acabó la historia de la primera micronación libertaria del Pacífico. Porque lo principal para mantener la independencia de un país es la voluntad de defenderla.

Fuentes, más fotos y más info: Slate, Noxoma, Cruising World, Michael Fields, Wikipedia, Queen of the Isles.
Si te gustó esta historia sobre micronaciones, seguramente también te gusten estas otras:
Hutt River, el principado del Outback. La historia de cómo un hombre increíblemente terco doblegó al servicio de recaudación de impuestos australiano. La micronación desapareció en 2020, un año después que su creador.
El hombre que conquistó Bir Tawil para su hija. Una de las dos tierras de nadie fuera de la Antártida, un tipo con demasiado tiempo libre y una bandera que acaba en la frontera entre Egipto y Sudán.
Puedes encontrar esta historia, y todas las demás, en El Mapa de Fronteras
Esta historia no aparece en ese maravilloso libro denominado HISTORIONES DE LA GEOGRAFÍA pero en realidad da igual: yo no te pido que lo leas. Sólo te pido que lo compres. COMPRA MI LIBRO. ES UN GRAN LIBRO. ES UN LIBRO QUE TE HARÁ FELIZ. CAMBIARÁ TU VIDA. CÓMPRALO.
Descubre más desde Fronteras
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.