Viaje a Malta, la isla de arena (segunda parte)

Un ferry une cada media hora el puerto de La Valeta con el de Birgu, a la que en italiano y desde el Sitio de Malta se conoce como Vittoriosa. Las callejuelas de Birgu, Bormla (Cospicua en italiano) y Senglea forman lo que conjuntamente se denomina las Tres Ciudades, que concentraban la mayor parte de la actividad económica de la isla antes de la fundación de La Valeta. No es un lugar «imprescindible» según las guías de viaje maltesas, pero sí extremadamente recomendable, especialmente en un día laborable y soleado de invierno, cuando las calles residenciales aparecen vacías salvo por sus habitantes y dueños, que son pocos. En el extremo de Vittoriosa está el Fuerte de San Ángel (Forti Sant’Anglu), reconstruido tras el asedio, y hoy sede de museos y exposiciones. En la otra punta del pueblo, está el Museo de Malta en guerra. En la península contigua (Senglea) está el Fuerte de San Miguel (Forti San Mikiel), el único de los tres que sobrevivió a los turcos. A las afueras de Bormla, es decir, a medio kilómetro del puerto, están las murallas de la Cottonera, las fortificaciones levantadas en el siglo XVII para proteger la ciudad y el puerto. El paseo por las Tres Ciudades es un recorrido por la historia de Malta y sus guerras, desde la llegada de los Hospitalarios hasta los bombardeos nazis durante la II Guerra Mundial, cuando según los malteses, la isla se convirtió en «el lugar más bombardeado de la Tierra».

Malta tiene un malcapasos… que le ayuda al colazón
Un monuimento, digamos, curioso, a la entrada de Bormla (Cospicua)
Una calle cualquiera de Senglea

Malta, y más especialmente La Valeta, es un paraíso para los amantes de lo subterráneo y de la exploración urbana. Por todo el país hay refugios antiaéreos, muchos de ellos convertidos en museos, y edificios británicos abandonados. En el centro de la capital están las Lascaris War Rooms, construidas durante la Segunda Guerra Mundial y que alojaron a los mandos británicos durante el asedio al que el Eje sometió al archipiélago entre 1940 y 1943. Más de tres mil bombardeos que redujeron a cenizas buena parte del área metropolitana de La Valeta y casi todas las infraestructuras de la isla. Y aún así, Malta resistió, e impidió que Italia o Alemania pudieran partir en dos el Mediterráneo. La historia heróica de los tres años de asedio, y del papel del país (entonces colonia británica) en la invasión de Italia, es parte central de la idiosincrasia del país. En cualquier lugar que existiera en 1940 hay un refugio antiaéreo visitable, y cualquier librería tiene al menos dos docenas de títulos sobre Malta durante la Segunda Guerra Mundial.

«La bomba del milagro», un potente explosivo que aviones alemanes lanzaron sobre la Rotonda de Mosta en 1942 durante una misa, pero que no explotó. Hoy se conserva en la sacristía de la basílica. La visita turística incluye un descenso al refugio antiaéreo de la localidad.

La Ruta 1 está prácticamente vacía una vez abandonamos el caos de La Valeta. Alcanzamos, por fin, nuestra velocidad máxima, que es también el límite superior en cualquier carretera del país: ochenta kilómetros por hora. El ferry a la isla de Gozo es gratuito, uno llega, se pone en la cola y cuando llega el buque, se sube tan tranquilo. No tiene ningún truco, salvo, bueno, que hay que volver y el viaje de regreso sí que hay que pagarlo. El ferry funciona veinticuatro horas diarias todos los días del año, al menos una vez por hora, y dos durante el día. Es uno de los servicios más eficaces de Europa, aparentemente. Unas cuarenta mil personas viven en la isla de Gozo (Għawdex en maltés), pero eran muchas, muchísimas menos cuando se construyeron los templos de Ggantija, aproximadamente treinta siglos antes del nacimiento de Cristo. Son las estructuras en pie más antiguas del planeta, más antiguas que las pirámides de Egipto o que Stonhenge. Son Patrimonio de la Humanidad desde 1980, como también lo es el Hipogeo de Ħal Saflieni, este en la isla de Malta, el único templo prehistórico bajo tierra, que no pudimos visitar porque, bueno, las entradas se agotan, generalmente, con tres o cuatro semanas de antelación. No existen muchos lugares tan antiguos construidos por el hombre: las partes más viejas del templo datan de cuarenta siglos antes de Cristo. Para cuando en Egipto se pusieron a colocar piedros uno encima del otro, en Malta llevaban milenio y medio con lo suyo.

Llegando a Mgarr en el ferry de Gozo. Hay tantos británicos en Malta que los principales periódicos del Reino Unido se venden en la tienda de a bordo a partir de las siete de la mañana
Nubes extremadamente amenazadoras sobre la Ciudadela de Victoria, en la isla de Gozo

Hablando de cosas subterráneas. Rabat es el nombre de la capital de Marruecos, pero también significa «ciudadela». Por eso a Victoria, la capital de Gozo, los locales la llaman así, Rabat. Hay otra Rabat en Malta, pegada a Mdina, la antigua capital. En ella se encuentran las Catacumbas de San Pablo, un conjunto de enterramientos que se remontan a la época romana, y que le deben su nombre a la visita del apóstol a la isla, reflejada en la Biblia, más concretamente en los Hechos de los Apóstoles. Según el texto bíblico, que en Malta se considera  fielmente histórico, Pablo de Tarso estuvo tres meses en la isla, donde encalló el barco que le llevaba a Roma para ser juzgado. Malta es un país profundamente cristiano, y de hecho tiene la legislación más restrictiva de Europa en lo referido al aborto (que fue legalizado en 2023 y sólo bajo circunstancias muy estrictas) o el divorcio (que no existió en el país hasta 2011). Las catacumbas, sin embargo, no son sólo cristianas. Judíos y paganos también enterraron allí a sus muertos, y hoy esos enterramientos se pueden visitar.

N. bautizó esta fotografía como «Las aventuras del Corto Maltés«. Sutil. Muy sutil
El Metro de Malta es francamente mejorable

Mdina fue la capital del archipiélago hasta la construcción de La Valeta en el siglo XVI. Es una pequeña ciudad medieval como sacada de un cuento, en el mismo color terroso del resto de la isla. Llegamos allí directamente desde Gozo, después de que Google Maps nos enviara innecesariamente por una docena de carreteras secundarias para ahorrar cuarenta gramos de CO2. En seguida nos dimos cuenta del porqué de su sobrenombre: Ciudad del Silencio. A esas horas (las cinco de la tarde, más o menos) la ciudad estaba casi completamente vacía; se ganó el apodo cuando, tras la fundación de La Valeta, la nobleza se trasladó al laberinto de callejas árabe y construyó allí sus palacios. La luz del crepúsculo sólo iluminaba los pisos altos de los edificios y las iglesias y teníamos todas las calles para nosotros. En un extremo de la ciudadela un mirador ilustra la razón por la que Mdina fue capital de la isla: la vista alcanza decenas de kilómetros más allá de la muralla, situada en un promontorio perfecto. En Mdina, que por aquella época se llamaba Melite (como la propia isla) es donde según la biblia residió San Pablo unas semanas, haciendo milagros y curando a la gente. Pero por entonces la ciudad ya era increíblemente antigua: la habían fundado los fenicios dos milenios antes. Desde el mirador nos sentimos como Napoleón en las pirámides.

Malta apareció por primera vez en este blog de ustedes hace una cantidad obscena de años, en una anotación que titulé «de qué viven los trece países más pequeños de la Tierra«, que quizá debería actualizar, aunque la realidad no ha cambiado demasiado en la mayoría de los territorios que aparecen allí. Malta sigue viviendo fundamentalmente del turismo y de las actividades manufactureras, que suponen un porcentaje elevadísimo de sus exportaciones. Y de entre todas las cosas que se fabrican en la isla, decidimos ir a ver la que más nos gustaba: los clics de Playmobil. Todas las figuritas de plástico que produce la empresa alemana se fabrican en Malta desde hace casi medio siglo. Casi tres mil millones de clics han salido de un polígono industrial bastante anodino en el sur de la isla. Allí se encuentra también el Playmobil FunPark, un espacio recreativo para niños con su barco pirata a tamaño casi natural y una tonelada de figuritas para que los críos jueguen. Y la tienda, claro. Que es a lo que íbamos nosotros, a buscar «regalos típicos de Malta» para la chavalada. Pero resulta que los precios de Amazon en España son un 25% más baratos que en la tienda oficial del lugar. Así que salimos de allí con un par de caballeros malteses, que ahora decoran nuestras respectivas estanterías.

La entrada al parque, con sus figuritas a tamaño humano para instagramear
El Gran Maestre Don Jean de La Valette. O bueno, cualquier otro, pero yo digo que es La Valette

El mercado dominical de Marsaxlokk es uno de los mejores lugares de Malta bajo cualquier criterio. En cada rincón del paseo marítimo los pescadores locales venden al peso sus capturas, que luego los restaurantes de alrededor preparan al gusto del comprador. Decidimos que sea nuestra última visita, ya camino del aeropuerto de Luqa. El primer día habíamos empezado con otro gran clásico de la cocina local: conejo a la maltesa. Ningún lector se sorprenderá de que me pasé las siguientes 72 horas haciendo bromas que avergonzarían a un escolar. Nuestras últimas horas en Malta las pasamos frente a las aguas quietas del puerto, paseando entre el intenso olor a pescado a la plancha y las voces de los vendedores ambulantes. Hay muchos sitios a dónde uno volvería, pero pocos que dejen con ganas de volver antes de haberse marchado. Malta fue uno de ellos.

N. mirando al mar recordando mis chistes y preguntándose si tal vez se equivocó al escoger compañero de viaje

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