Los siete guardianes vieron como el barco se marchaba con el resto del personal que había trabajado en la isla con ellos durante los últimos meses. Se quedaban al cuidado de un peñasco minúsculo en mitad del Océano Índico, a miles de kilómetros de cualquier lugar habitado, con la idea de preparar las instalaciones, ahora vacías, para el largo invierno austral. Era marzo de 1930, y les dijeron que en un par de meses regresarían a por ellos. Pero no lo hicieron. Los siete guardianes quedaron abandonados a su suerte en mitad de la más absoluta de las nadas. Hoy en Fronteras: Los Olvidados de la Isla de San Pablo.
La Isla de San Pablo (en francés, Île de Saint Paul) es un vulgar piedro en mitad de ninguna parte en el Índico. La cima de un volcán inactivo desde hace siglos, su primer nombre fue São Paolo, que también era el nombre del barco portugués que lo descubrió en el siglo XVI. Durante los siguientes centenares de años el peñasco fue usado sobre todo como base para cazadores de focas y de ballenas, pero nadie se tomó la molestia de reivindicarlo, porque carecía de cualquier tipo de interés económico o científico: no tiene fuentes de agua, la fauna y la flora son muy escasas y salvo las focas y langostas no hay nada allí que se pueda vender. Sólo en 1843 Francia reclamó la soberanía sobre la isla, pero renunció a ella diez años después. Mientras tanto el lugar siguió siendo usado como escala o como base de operaciones temporal por decenas de barcos, cuatro de los cuales acabaron embarrancando o hundiéndose allí. El más conocido de ellos, el HMS Megaera, uno de los primeros barcos hechos de hierro de la Armada Británica, que por fallos de diseño y errores políticos acabó embarrancando en la isla en 1871. Allí se encontraron a dos pescadores franceses que llevaban un par de años en la isla y hasta habían construido una cabaña en la que dormir y descansar del generalmente horrendo clima.


No fue hasta 1924 cuando París se apropió definitivamente de Saint Paul y de la cercana Isla de Ámsterdam, que fueron anexadas a la colonia de Madagascar. En aquellos años el islote se ganó la fama de ser El Dorado de la pesca de langostas, así que los hermanos Henry y René-Emile Bossière, que ya tenían la exclusiva del negocio en las Kerguelen desde treinta años antes, obtuvieron también la licencia para explotar los recursos de Saint Paul. Se organizaron expediciones a la isla durante el invierno (verano en el sur del Índico); la primera de ellas, en 1928, fue un éxito. Así que la compañía normanda llamada La Langouste française (creo que no hace falta que traduzca el nombre) decidió repetir la campaña. En octubre de 1929 envió de nuevo unas pocas docenas de personas a la isla, que permanecerían allí hasta marzo. Al acabar la temporada, el Austral, el barco de la compañía, recogió a todos los trabajadores excepto a media docena. Los propietarios les pidieron que se quedaran a pasar parte del invierno allí, con la idea de dejar las instalaciones listas para la siguiente campaña, en noviembre o diciembre. Siete personas aceptaron, incluyendo una mujer embarazada, que decidió permanecer allí con su marido: dar a luz en la isla parecía menos arriesgado que hacerlo en un barco en alta mar. Y así empezó su odisea.


A los guardianes les dijeron que regresarían a por ellos en dos o tres meses. Abril llegó y se fue, mayo hizo lo propio y el otoño dio paso al invierno, un invierno durísimo con vientos helados que arrastraban las incesantes lluvias de lado a lado de la isla. Si bien y gracias al espantoso clima el agua no era un problema, la imposibilidad de plantar cualquier cosa hizo que los siete abandonados tuvieran que recurrir a las latas de comida envasada que habían sobrado de la expedición, compuestas fundamentalmente de carne de ternera en gelatina. Había alimento de sobra, pero nada de fruta o verdura. Lo que a la larga resultó letal. Además de la pesca, la única aportación de vitaminas provenía de los huevos de pingüino que podían encontrar. A finales de marzo nació la pequeña Paula, único ser humano venido al mundo en la isla, y que recibió su nombre en homenaje a ella. Pero tristemente apenas vivió unos meses. En junio la enterraron, en una caja de comida a modo de ataúd. Su padre no duró mucho más. Victor Le Brounou murió de escorbuto en agosto. Antes que él, otros dos hombres habían fallecido ya. El cuarto de los guardianes murió intentando llegar a la isla de Ámsterdam, ochenta kilómetros al norte. Salió al mar en una precaria balsa y jamás se supo de él. Sólo tres personas sobrevivieron al invierno, entre ellas Louise Le Brounou, madre de Pauline y viuda de Victor.


Finalmente, en diciembre de 1930, nueve meses después de haber sido abandonados, los tres supervivientes atisbaron por fin el Austral. Pero no venían a por ellos. Era el barco que traía los trabajadores para la campaña de verano. En la empresa nadie se había acordado de ellos en todo ese tiempo. Simplemente se habían olvidado de su existencia, una nota al pie en una hoja de gastos. Louise decidió quedarse en la isla para custodiar los restos mortales de su marido y su hija hasta que pudieran ser trasladados, y con ella permaneció en Saint Paul otro de los supervivientes. El tercero de ellos regresó a casa y según pisó suelo francés procedió a demandar a la compañía. Si la segunda expedición fue mala, la tercera acabaría siendo desastrosa. Más de cuarenta empleados murieron de escorbuto y beriberi; la campaña se acabó el día en el que el médico de la expedición ordenó la evacuación de todo el personal. La compañía se enfrentó a multas, sanciones y juicios, y acabó desapareciendo tras ser condenada por el insoportable olvido de siete personas en la isla. Los hermanos Boissière acabaron sus días arruinados y en la calle, y desde entonces nadie ha residido en la isla de Saint Paul, no voluntariamente, al menos.

Fuentes y más info: Wikipedia (2, 3), France Bleu, Reddit, Tycho’s Moose, Im/Press.
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Esta historia, como todas, está en El mapa de Fronteras

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Muy interesante que la calificación de la isla en Google sea 4.6 XD
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hasta hoy no tenía ni idea de este hecho y menos de la existencia de este lugar
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Ni yo tampoco , estas historias serían perfectas en mi época de estudiante
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No se como ocurrió lo del Escorbuto, ya en pleno siglo XX se sabía la carencia de Viramina C provoca este mal y está solo se ibtiene de los frutos y vegetales frescos o en concentrados de pastillas de estA vitamina. a nadie se le ocurrió dejarlas a estas personas .
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No había pastillas de vitamina C disponibles comercialmente en 1929, ya que la vitamina C fue aislada en forma pura entre 1928 y 1933, y fue comercializada por primera vez después de 1933 por laboratorios como Hoffmann-La Roche bajo el nombre Redoxon.
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