Viena y la incineradora de basuras más bonita del mundo

En los años del cambio de siglo Viena era lo que podríamos llamar the place to be, el lugar en el que había que estar para ser alguien en cualquier campo. En la ciudad estuvieron viviendo Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, los compositores Johann Strauss y Gustav Mahler, los pintores Gustav Klimt y Oskar Kokoschka, y también tres figuras claves en la historia del siglo XX: Hitler, Stalin y Trotski. En medio del florecimiento cultural, filosófico y político que se dio en la capital del Imperio Austrohúngaro en los años anteriores a la primera guerra mundial, no es de extrañar que naciera también un estilo artístico y arquitectónico propio: la Secesión; la variante austríaca del modernismo que conquistó Europa durante la Belle Epoque. Sin embargo, el edificio más bonito de la ciudad no es un palacio, ni la ópera, ni la residencia de algún burgués. Ni siquiera el café donde Franz Sacher inventó la tarta que lleva su nombre. La construcción más singular de la antigua capital de un imperio es de lo más prosaico: una incineradora de basuras.

Prometo que eso es lo que digo que es y no un castillo de Disneylandia

Una tubería de un metro de diámetro discurre cientos de metros a lo largo de la Theresienstrasse. No tendría nada de especial si no fuera porque está a cinco metros sobre el suelo, en vez de bajo él. Las obras de ampliación del metro obligan a evacuar las aguas subterráneas en dirección al Danubio., y la geografía urbana hace que la cañería recorra buena parte de los lugares emblemáticos de Viena, entre ellos un templo que parece una catedral gótica pero es una Iglesia construida en el siglo XIX. Es, claro, la Iglesia Votiva, una virguería con agujas de cien metros de alto encargada por Maximiliano de Habsburgo como ofrenda a Dios por haber permitido que su hermano Francisco José sobreviviera a un intento de asesinato. Si el exterior es espectacular, el interior no se queda atrás, pero lo que más llama la atención es la presencia de un altar dedicado a la Virgen de Guadalupe, patrona de México. ¿A qué se puede deber algo así? Pues a una de las historias más locas de la segunda mitad del siglo XIX: la conversión de Maximiliano de Habsburgo en Emperador de México, su fracaso y su fusilamiento.

La tubería en su recorrido entre el centro de Viena y el Danubio. Su retirada está prevista para el año que viene
La Iglesia Votiva y uno de los semáforos cuquis romanticones de la capital austríaca

Puede que sintiera celos y envidia de su hermano o puede que por razones ignotas le pareciera buena idea ser el monarca de un país en la otra punta del mundo, pero cuando Napoleón III le propuso convertirse en el regente del Imperio Mexicano, Maximiliano de Habsburgo no se negó. Su hermano Francisco le hizo firmar unas capitulaciones tan leoninas que casi acaba rechazando la oferta, pero al final debió pensar que sólo se vive una vez y qué total, qué es lo que peor que podía pasar. ¿Y por qué demonios un francés le ofrecía a un austríaco un imperio en América? Long story short, México les debía dinero. El gobierno de Benito Juárez había decidido dejar de pagar la deuda externa y Francia decidió aprovechar la coyuntura para revivir el languideciente Imperio Francés. Con un resultado que podíamos calificar como mejorable, ha de decirse. Los conservadores mexicanos, enemigos íntimos del gobierno de Juárez, apoyaron la invasión francesa y la instauración de un monarca vienés, pero la falta de apoyo popular y la deserción militar Francia, más preocupada por el empeoramiento de su situación en Europa, llevaron al colapso de la improbabilísima monarquía austromexicana en apenas tres años. Y acto seguido, a la captura en Querétaro de Maximiliano, que fue fusilado unos días más tarde, en mayo de 1867. Sus tres años de reinado terminaron de la peor manera posible.

Altar dedicado a la Virgen de Guadalupe en la Iglesia Votiva de Viena
La cañería volante, frente a la Iglesia Votiva de Viena

La tubería voladora, ahora a ras de suelo como una serpiente gigantesca, nos guía hasta el siguiente lugar interesante de la capital. La Rathausplatz, más conocida en español como Plaza del Ayuntamiento. Durante los meses de invierno el consistorio instala frente al edificio una descomunal pista de hielo para solaz y disfrute de los vieneses, que aparentemente son todos patinadores olímpicos, a juzgar por la destreza con la que se manejaban sobre las cuchillas. Yo soy incapaz de ponerme unos patines sin fracturarme al menos un tobillo y medio, pero N., mucho más grácil que yo, tiene bastante estilo, así que ella se queda patinando mientras yo me proveo de una taza de mi bebida favorita en la Europa central y del norte: vino caliente. Por qué esto no está más extendido en España es algo que no acabo de entender. Por supuesto que los inviernos mediterráneos son mucho más suaves que los centroeuropeos, pero las noches castellanas o aragonesas bien merecen un cuenco o una taza de vino especiado y calentito acompañando lo que sea. En mi caso, y en Viena, una Bockwurst. El invierno es duro, pero nuestros estómagos más.

¿Te gustó la capital de Austria? – Pues estaba bastante Wien
Patinadores frente al ayuntamiento vienés. Que si vienes al ayuntamiento, digo

Entre la cantidad incalculable de edificios monumentales y palacios infinitos hay un par de edificios extremadamente fotogénicos y conocidos que, sin embargo, se quedan fuera de la mayor parte de fines de semana vieneses. Uno es el pabellón (los pabellones, de hecho) de la parada de metro de Karlplatz, dos pequeños edificios que el arquitecto Otto Wagner diseñó en el etilo más en boga en la época, el modernismo de forma curvas y motivos vegetales. Hoy son cafetería y museo, pero en su momento ayudaron a convertir a Viena en la capital europea del buen gusto. Muy cerca de allí está el Pabellón de la Secesión, el edificio construido como un manifiesto arquitectónico del movimiento del mismo nombre. Allí se encuentran  unos conocidísimos frescos de Gustav Klimt, que siempre fue café para muy cafeteros hasta que hace quince o veinte años entró de nuevo en el mainstream cultural de occidente. El pabellón es una galería de arte contemporáneo, pero como pasa en muchos otros museos, es más interesante el contenido que el continente.

El Pabellón de la Secesión de Viena, con su lema bajo el repollo dorado: «A cada época, su arte, al arte, su libertad»
Una turista observa arrobada los frescos de Klimt en el sótano del Pabellón de la Secesión de Viena

Trescientos cuarenta y tres. O siete al cubo, para los que somos un poco raritos con los números. Ese es el número de escalones que tiene la torre de la catedral de Viena. Todos y cada uno de ellos resuenan en los ligamentos cruzados de mis rodillas mientras ascendemos penosa pero decididamente al mirador situado en lo alto. De la catedral, situada en pleno centro de la ciudad, y de hecho definitoria de lo que es el centro de la ciudad, lo que más nos gustó fue, claro, el tejado. Que es lo menos gótico de la catedral gótica, porque fue instalado en 1945 después de que un incendio al final de la Segunda Guerra Mundial acabara con el anterior. Un cuarto de millón de tejas de colores sostenidas por, literalmente, un bosque de vigas de madera, forman la vista más conocida y codiciada de la capital. Desde el exiguo espacio en el mirador, atisbamos las afueras de la ciudad, que es exactamente a donde nos dirigimos acto seguido, en el viaje y en el texto.

La Catedral de San Esteban de Viena, en 2024
El mismo edificio, en 1945, poco después de terminar la guerra. Nótese la ausencia de tejado
La firma de un visitante, sospechamos que ruso, poco más de tres meses tras la caída de la ciudad en la segunda guerra mundial
J.S., sea quien sea, subió al campanario de la Catedral de San Esteban en 1906 y consideró oportuno que los futuros visitantes lo supieran

Dejémonos ya de catedrales, iglesias y maravillas modernistas. Vayamos al mejor edificio de toda Viena. La línea 4 del U-Bahn circula paralela al Donaukanal, el brazo artificial del Danubio que convierte dos distritos de la ciudad en una isla. Desde la Iglesia de San Carlos Borromeo (otro absoluto abuso arquitectónico, sobrenatural incluso en Viena) hay apenas ocho paradas hasta Spittelau, un cruce caminos en plena zona comercial e industrial al norte de la ciudad. Allí nos espera la incineradora de basuras que le da su nombre a la estación, una fantasía onírica a medio camino entre Gaudí y Kandinski, una explosión de color y geometría totalmente inesperada en una infraestructura pública. Destaca especialmente la chimenea de la planta y su icónico bulbo dorado. Dos preguntas se le plantean al espectador. Una: ¿por qué? Y la otra, más perentoria aún: ¿por qué todas las demás plantas incineradoras o centrales térmicas o lo que sea no son así de divertidas?

Si no te dicen lo que es, no lo adivinas

Friedensreich Hundertwasser nació en Viena a finales de los años veinte, y, como hijo de una madre judía, no lo pasó especialmente bien en su adolescencia. Sobrevivió haciéndose pasar por católico, la religión de su padre, y después de la guerra tuvo más suerte que cierto pintor con bigote rectangular y fue admitido en la Escuela de Bellas Artes de Viena. En su obra pictórica se declaró «enemigo de la línea recta» (lleva a la caída de la civilización, escribió en un manifiesto) y del racionalismo arquitectónico, algo que también trasladó a sus creaciones, llenas de formas curvas y dibujos infantiles. A lo largo de su vida insistió en la necesidad de diseñar casas (lo que él llamaba «la tercera piel) para las personas, que no fueran copias unas de las otras, fachadas individuales, a ser posible cubiertas de vegetación: la integración definitiva de la naturaleza y la arquitectura.

¿Escuela infantil o central eléctrica alimentada por restos orgánicos?
Hacer bonito lo esencialmente horrendo es en si mismo una forma de arte

La incineradora de Spittelau se había construido en los años sesenta, pero a finales de los ochenta le hacía falta ya un cambio de aceite, así que aprovecharon para pedirle al segundo pintor austríaco más famoso de la historia que le retocara la fachada. La idea que tuvo el genio vienés fue transformar el exterior de una instalación tan insulsa y desagradable en un patio de recreo, algo merecedor de atención e incluso cariño, a mil millones de años luz de la arquitectura gris y funcional que se espera de un horno para quemar basura y generar electricidad. Cuarenta mil personas, por cierto, reciben calefacción y luz gracias a la incineradora. Que no es que la fachada de Hundertwasser la haga más eficiente, pero al menos la hace mucho más llevadera.

Detalle del «trencadís» de la fachada, las cerámicas mínimas e irregulares que tanto le gustaban a Gaudí

El mismo autor firma otro par de edificios en la capital austríaca. El más conocido es la Hundertwasserhaus, un edificio de viviendas de protección oficial donde la obsesión por las lineas curvas abarca incluso los suelos, ondulados como si de una colina en miniatura se tratara. No sólo el tejado está cubierto de tierra y vegetación: numerosos árboles y arbustos nacen en las habitaciones y terrazas comunitarias, y el edificio cuenta con un cuarto de juegos para los niños. Personalmente encuentro poco práctico tener un naranjo en la terraza de un quinto piso, pero ¿quiénes somos nosotros para juzgar a los genios? Friederich, que ese era su verdadero nombre, vivió en Nueva Zelanda desde finales de los setenta hasta su muerte en el año 2000, y dejó muestras de su insual talento por medio mundo, incluido su país de adopción. Allí se encuentran los Baños Hundertwasser, el último proyecto que terminó en vida, y que son un resumen de su obra: cerámicas y baldosas irregulares, formas orgánicas y curvadas, cristales de colores y un arbol en mitad de la construcción. Eso sí que es plantar un pino en el baño, Federico.

La colorida fachada de la Hundertwasserhaus. Hundertwasser significa literalmente «cien aguas». El nombre artístico completo de Friedrich Stowasser era en realidad Friedensreich Regentag Dunkelbunt Hundertwasser, que se traduce literalmente como «Imperio de la Paz – Día lluvioso – Color Oscuro – Cien Aguas».
Los soportales de la Casa Hundertwasser, llenos de curvas, cristal y colorido

Si te gustó esta divagación arquitectónica, seguramente goces con estas otras:

Viaje al triángulo modernista de los Balcanes (Rumanía, Hungria y Serbia)
Spomeniks, la Yugoslavia cósmica de hormigón armado. Mis favoritos
Mary Colter, la arquitecta del desierto americano y sus torres sobre el Gran Cañón
Las paradas de autobús, el secreto mejor guardado de las carreteras soviéticas

Esta historia, como todas, está en El mapa de Fronteras


Y si quieres saber más sobre váteres en Nueva Zelanda (de verdad, hay una historia sobre eso), ya tienes a la venta HISTORIONES DE LA GEOGRAFÍA: 101 historias curiosas, raras, bizarras, divertidas, o absurdas sobre la geografía del mundo. ¿A qué demonios esperas para comprarlo? ¡Acude a tu librería! ¡Es el mejor libro que jamás haya existido! ¡Compra mi libro! ¡Dame tu dinero!

Jeroglífico: canción eurodance de 1994

Descubre más desde Fronteras

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

4 respuestas a “Viena y la incineradora de basuras más bonita del mundo

  1. Avatar de Yugurtu Yugurtu 4-agosto-2025 / 2:04 pm

    Yo sí encuentro práctico tener un naranjo en la terraza de mi piso, de hecho tengo uno, además de un limonero, un limero y un kumquat, entre otros. Son bonitos y dan fruta.

    Me gusta

Replica a aaa Cancelar la respuesta

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.