El señor de los palillos: las dos torres (Crónicas tokiotas, 2)

La imagen más japonesa que existe no es Hello Kitty a lomos de Pikachu perseguidos por Son Goku y Mario (aunque os dejo la idea porque es épica), sino un tren bala pasando por delante del monte Fuji. En el trayecto desde Hiroshima a Tokio viajamos en el Green Car (primera clase), lo que nos daba ciertos derechos como poder pedir comida a la cafetería sin levantarnos del asiento. Uno de esos privilegios era que viniera un empleado de la JR a indicarte cuándo podías ver el monte Fuji por la ventana, lo que da una idea de la importancia simbólica de la montaña en el imaginario japonés. La excursión desde Tokio es obligada, aunque suponga enfrentarse al absolutamente endemoniado sistema de tarifas de la red de trenes japonesa, gestionado por docenas de compañías distintas que operan en las mismas estaciones y a veces en las mismas vías. Después de perdernos varias veces, de pelearnos con taquilleras de dos estaciones y tres compañías distintas y de casi tres horas de viaje conseguimos subirnos a un humilde, incómodo y absolutamente abarrotado tren regional donde permanecimos de pie durante más de una hora mientras recorría renqueante las diecisiete paradas entre la estación de Otsuki y las faldas del monte Fuji. Y, francamente, mereció la pena cada minuto y cada contratiempo del viaje.

Primera visión del monte Fuji desde el tren. Reconozco que pocas visiones me han dejado tan carente de palabras

En el monte Fuji se puede hacer senderismo si uno dispone de tiempo y de un estado de forma aceptable, y yo carecía de ambos así que nos conformamos con subirnos en el teleférico hasta el punto donde se pueden sacar las fotos que luego uno enmarcará, pondrá de perfil en Tinder o de avatar en Tuíter, porque no se viene uno a doce mil kilómetros de casa hasta la montaña más reconocible del planeta Tierra para luego guardárselo. La identificación del monte Fuji, el más alto de Japón, con el país, es absoluta desde tiempo inmemorial, hasta tal punto que se hubo quien planteó tirar sobre la montaña, perfectamente visible desde Tokio en un día claro, la bomba que finalmente cayó en Hiroshima, para que la devastación moral fuera absoluta. La cultura japonesa es una de las más ricas, complejas y admiradas del mundo, tanto en su vertiente tradicional como en la cultura pop contemporánea. El Monte Fuji es un lugar sagrado porque estaba allí cuando los primitivos japoneses enterraban a sus muertos en túmulos megalíticos hace dos milenios, cuando los samuráis se enfrentaban durante las guerras civiles feudales, cuando los bombarderos atacaron Pearl Harbour, y cuando Hiroshi Fujimoto dibujó por primera vez a Doraemon. Es el símbolo de la eternidad y pervivencia de Japón, y como tal se le venera desde hace generaciones. Y queda de lujo en Instagram.

Sí, compramos una manzana Fuji (una especialmente grande, ademas) para hacerle la foto delante del Monte Fuji. The Fujiest
Javi no sabe esperar a que yo me calle para apretar el obturador de la cámara, por lo visto

Nos faltaba una foto para saciar nuestro afán de conocimiento y postureo y era la Pagoda Chureito, que tiene un nombre que parece que se lo haya puesto un sevillano de Triana. «Illo, ponme un shureíto y una de bravas». La pagoda en sí es un monumento funerario, erigido en 1962, en memoria de las más de mil víctimas de la II Guerra Mundial en la localidad. Existe una carretera para llegar hasta ella, pero los turistas básicamente subimos los 500 escalones, salvando un desnivel de más de cien metros, para lograr la foto perfecta: sudorosos, agotados y asqueados de la vida. Bueno, yo acabé así: a Javi, que desplaza exactamente la mitad de masa que yo, le dio tiempo a subir, bajar a ver cómo estaba yo aproximadamente en el escalón 280, volver a subir, entablar conversación con dos coreanas y elogiarles el cosplay de Super Mario a dos tipos de Alabama con un chándal rojo pasión, para asustarse cuando le respondieron con malos modos que no era un cosplay sino su ropa normal. 66-33, decíamos.

Pagoda con Monte Fuji al fondo. No conseguí hacerme esta foto yo solo sin que aparecieran al menos seis personas más en el encuadre. A cambio, ninguna de esas seis personas consiguió hacerse la foto ellos solos tampoco
Fuji y manga, puntuando altísimo en la escala de japonesidad

De regreso a Tokio decidimos parar en el pueblo de Otsuki y no regresar en el primer tren disponible, para ahorrarnos una hora larga de viaje de pie en un vagón lleno hasta la bandera. De camino al konbini más próximo nos percatamos de que absolutamente todos los coches a la vista pertenecían a una misma categoría, que en Occidente no existe. Un tercio de los cuatro millones de vehículos que se venden anualmente en Japón son lo que yo llamo cuquicoches, y la legislación japonesa define como kei-jidōsha, o sea, «vehiculo ligero». Popularmente se les conoce como «Kei», o «Kei cars«, y son esos coches monísimos, chiquititos, suaves, que se dirían de algodón, que no tienen chasis. Con contadas excepciones, sólo existen en el archipiélago japonés, donde la legislación fiscal les es muy favorable. Eso sí, son poco más que ciclomotores con cuatro ruedas, con un motor de 650 c.c. y 63 caballos como máximo. Su popularidad no se debe solo a su bajo precio (nuevos, cuestan entre 6.000 y 12.000 euros) sino a que en algunas ciudades su compra no requiere la posesión de una plaza de parking, cosa que sí sucede con cualquier otro vehículo. El paisaje urbano japonés (o al menos Tokiota e Hiroshimilitano, gentilicio que acabo de inventarme) está dominado por estos coches pequeñitos y adorables. Porque la cultura japonesa tiene mucho de adorable, también. El concepto de Kawaii (se suele traducir como ternura) es consustancial a la cultura japonesa; son esos personajes que te comerías de puro cuquis, como el más famoso de todos ellos: Hello Kitty. Los Kei Car son la traslación al vehículo de gasolina de ese concepto.

Un Honda N-Box, el kei car más vendido en Japón
Honda N-Box y Suzuki Wagon R frente a frente, sosteniéndose la mirada
Hasta los camiones de la basura son achuchables

Además de coches monísimos otra de las estampas callejeras más típicas de Tokio son las máquinas expendedoras. Las hay por todas partes, no hay un solo rincón de la ciudad donde te encuentres a más de cincuenta metros de la más próxima. En cualquier callejón oscuro y vacío hay un par. En solares, estaciones, esquinas, parques o en mitad de la carretera, son parte integral del paisaje urbano. La leyenda cuenta que se puede encontrar de todo, desde agua mineral y pilas a bragas usadas y revistas porno, aunque yo no vi ninguna que no entregara cosas relativamente normales, si entendemos como normal el ramen, galletas con forma de hamburguesa o cocacolas de sabores ignotos. Hay más de cinco millones de máquinas expendedoras en todo el país, una por cada veinticinco habitantes, y es un dato que revela mucho de la cultura japonesa. En cualquier otro país una máquina solitaria con una cantidad apreciable de dinero dentro sería vandalizada y saqueada, pero en Japón a nadie se le pasa por la cabeza, no importa cuántas decenas de miles de yenes haya en su interior. El país es uno de las naciones avanzadas que más se apoya en el efectivo a la hora de funcionar (quizá la que más exceptuando Alemania), y en muchas estaciones de metro ni siquiera admiten tarjeta. Así que lo normal es llevar encima un buen puñado de monedas. Y al final del día el japonés tiende a la conveniencia, a lo que le pille de camino a casa, y una máquina es infinitamente más barata de operar que un konbini. De hecho muchos konbinis ponen sus propias máquinas en la puerta.

Una máquina expendedora en un callejón mugriento de Asakusa. No hay jugueteos con el color, las paredes eran así de grises y la máquina así de colorida
Tres máquinas en un espacio de 20 metros. Una estampa normal en Tokio
Cinco máquinas en fila india bajo la Torre Skytree

De los más de cincuenta barrios, pueblos y ciudades que forman la prefectura de Tokio nosotros visitamos cuatro, los más conocidos: Shibuya, Shinjuku, Asakusa y Ginza, además de Minato y Sumida, los barrios donde se encuentran las dos torres a las que nos subimos para ver la ciudad desde lo alto. Subirnos a sitios es una costumbre arraigada en nuestros viajes y obviamente en una ciudad como Tokio no íbamos a saltárnosla. La torre más conocida de Japón es la Tokyo Tower, una Torre Eiffel blanca y naranja inaugurada en los años 50 para servir las retransmisiones de radio y televisión a toda al área metropolitana de Tokio. Con las décadas le fueron construyendo rascacielos alrededor y su capacidad de transmitir se redujo, así que en 2008 empezó la construcción de su sustituto, el Skytree. 634 metros de torre, con dos miradores a 350 y 450 metros de altura. Un dato curioso que yo aprendí leyendo la Wikipedia mientras escribía este párrafo, es que 6-3-4, en japonés, se lee «Musashi«, que es el antiguo nombre de la region en la que está Tokio. Si es que no me digáis que no son cuquis.

Tokyo Tawa. Se llama así en japonés, que toma prestados del inglés un montón de vocablos
Tokio desde el mirador inferior de la Skytree
La infinitud de Tokio a la sombra de su torre más alta
Un dato que no necesitáis conocer en absoluto pero que os cuento para vuestro deleite, es que tengo la costumbre de no sólo subirme al lugar más alto de cada ciudad sino de, si la infraestructura lo permite, depositar allí el desayuno del día anterior. De todos los retretes en altura en los que me he prodigado, el del mirador superior de la torre Skytree ha sido el más cómodo. Los retretes japoneses tienen justa fama de dispensar una experiencia agradable, y este a 450 metros del suelo no era la excepción

Tokio son muchas ciudades y el barrio de Shinjuku es un viaje en si mismo; lo visitamos dos noches consecutivas, maravillados por la atmósfera del lugar. O mejor dicho, las atmósferas del lugar. Por un lado el distrito de Kabukicho, que vendría a ser el barrio rojo de Tokio, lleno de karaokes, salas de conciertos, y bares donde camareras solícitas les dedican atenciones especiales a los clientes, con o sin contacto físico. Intentamos entrar a un garito del que una muchedumbre de japoneses salía sudando la gota gorda (dedujimos que era una sala de conciertos y que los presentes se habían pasado un buen rato haciendo un pogo o similar), pero no admitían extranjeros. Así que nos fuimos a un casino, donde descubrimos que el juego está prohibido en Japón: en los casinos se puede jugar, a cambio de fichas, pero las fichas no pueden volver a ser cambiadas por dinero, las guardan allí para la próxima vez. También descubrimos, porque no leemos las guías antes de ir a los sitios, que los karaokes japoneses no son como los occidentales; son salas privadas donde uno va con sus amigos, con la novia o con otros salaryman a beber hasta caer redondo. Nuestra noche disoluta de occidentales en Japón la verdad es que no tuvo demasiada gloria.

Carteles luminosos de locales con una reputación mejorable en una de las calles de Kabukicho
Chicas (y algún chico) promocionando sus locales. Al principio pensamos que eran prostitutas, pero la prostitución jamás es tan pública en Japón, una sociedad con una moral más estricta que la de la mayoría de occidente
La puerta de Kabukicho, uno de los iconos más conocidos del barrio; a su lado, claro, un Seven Eleven. No me cansé de hacerle fotos a las luces, como si no hubiera visto un LED en mi vida

Al otro lado de la avenida principal está la Golden Gai o Puerta de Oro, un rincón prodigioso en el que a lo largo de sólo seis callejones, conectados entre sí por estrechos pasajes donde con suerte cabe una persona, se apelotonan doscientos bares minúsculos y llenos de humo, pura bohemia recién traída del siglo XIX donde uno se siente como un personaje de Murakami (o eso dice Javi, que le ha leído). Alli cenamos un día, en un local apreciablemente más pequeño que el salón de mi casa, y no es que mi casa sea especialmente grande, junto con una docena de parroquianos. Decidimos pedir únicamente platos que no hubiéramos probado: sushi de ballena, anguilas, ternera waygu, esa clase de cosas. De bebida nos ofrecían dos opciones: cerveza o whisky. No se andan con chiquitas, los japoneses, aunque la japonesa media mida metro cincuenta y seis.

Un minúsculo bar esquinero en la Golden Gai
Cenando en el abigarrado bar de Shinjuku

De todas las cosas buenas de Japón la que más superó nuestras expectativas fue la comida. Disfrutamos como enanos en restaurantes para turistas y en oscuros bares de ramen donde salarymen medio borrachos sorbían ruidosamente los fideos. Sorber se considera de buen gusto en el pais, por cierto. También descalzarse en algunos restaurantes, como el lugar donde comimos junto al cruce de Shibuya. Situado en un tercer piso, todos los comensales eran asiáticos menos nosotros (probablemente coreanos. Ellos, digo). A lo largo de un par de horas nos dedicamos a pedir plato de carne tras plato de carne, que cocinábamos allí mismo en la parrilla del centro de la mesa. Veníamos de hacer una barbacoa coreana dos días antes y comparado con la orgía pantagruélica que nos pegamos en aquel lugar, lo de Seúl parecía un sándwich de gasolinera tunecina. Después de comernos aproximadamente una vaca, pagamos el equivalente a 32 euros por persona, probablemente menos de la mitad de lo que nos hubiera costado algo así en cualquier restaurante medio bonito de España, no digamos ya uno situado a cincuenta metros del punto más concurrido y turístico de la ciudad.

Javi, hipnotizado por la danza del fuego sobre la lengua de ternera

Mi última mañana japonesa la pasé haciendo fotos en el barrio de nuestro apartamento y posteriormente paseando por el barrio de Ginza, el más exclusivo de la ciudad. Era domingo, así que las calles principales estaban cerradas al tráfico y tomadas por muchedumbres de tokiotas encantados. Las marcas más lujosas del mundo tienen allí sus tiendas insignia, en edificios prestigiosos diseñados por arquitectos de renombre. Mi favorito, la Maison Hermès, de Renzo Piano. Tokio lo tiene absolutamente todo, y es normal que así sea porque es enorme y está inmensamente poblado. En la estación de tren Javi y yo pasamos un rato enumerando las palabras japonesas que son de uso común en casi cualquier idioma: harakiri, kamikaze, sudoku, tatami, kimono, tsunami, biombo, catana, zen, samurái, ninja, y un largo etcétera. Cualquier chico de mi generación, o de la de mis hijos, ha crecido viendo series japonesas, de Mazinger Z a Doraemon, pasando por Chicho Terremoto, Bola de Dragón, Campeones o Pokémon. Que por cierto, significa «Pocket Monsters», y yo lo averigüé cuando me compré una taza gigante de Pikachu en el aeropuerto de Narita, en la que suelo tomarme el primer café de cada día, a menudo antes de subirme al Toyota que me compré hace quince años. He escrito cinco mil palabras sobre cuatro días en Tokio, y la sensación que tengo es no sólo de haberme quedado corto, sino de apenas haber empezado. Javi lo describió perfectamente cuando nos subíamos en el avión que nos llevaría de vuelta a Seúl: «Hay tres cosas seguras en esta vida: la muerte, los impuestos y que vamos a volver a Japón».

Las calles de Ginza, tomadas por el pueblo de Tokio

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Hiroshima, la bomba y la memoria. Viaje a la ciudad nuclear
Viaje a la frontera coreana. Pero poco
Veintisiete horas en un avión. Se hacen largas, la verdad


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10 respuestas a “El señor de los palillos: las dos torres (Crónicas tokiotas, 2)

  1. Avatar de JOSE ANTONIO JARDON SARMIENTO JOSE ANTONIO JARDON SARMIENTO 8-julio-2024 / 6:16 pm

    Gracias por tus artículos. Los leo desde hace años.
    Esta etapa de viajes, además, muy instructiva sobre los destinos donde transitan.
    El año que viene iré a Japón unos 10-15 días con mi señora.
    Estamos jubilados, vivimos entre Argentina y España. Nos conviene ir desde Europa, menos viaje y -sobretodo- menos jetlag.
    Un abrazo a los dos, y que sigan disfrutando de la vida.

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  2. Avatar de pedgonvi pedgonvi 8-julio-2024 / 11:18 pm

    Siempre un gusto leerte, Diego. Fui a Japón en 2011 y volvimos a casa diciendo lo de «seguro que volvemos». (Pillamos vuelos para 2020, pandemia. Para 2022 via Moscú, Aeroflot no puede volar. Seguiremos intentando 😉

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  3. Avatar de Matias ND Matias ND 9-julio-2024 / 4:30 am

    Sin duda Japón es uno de esos lugares que me encantaría conocer en algún punto de mi vida.

    Y lo digo yo, que puede contar con los dedos de la mano los animé que vio.

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  4. Avatar de Tomás Tomás 9-julio-2024 / 5:55 pm

    Acabo de darme cuenta.

    Ya sé por qué no viajo: porque me sobra con lecturas como éstas.

    Tú, y otros pocos más como tú, sois los culpables. Ojalá vuestra condena sea seguir escribiendo, muchos años.

    Y aunque ya lo han dicho en otra respuesta, gracias por tus artículos.

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  5. Avatar de Marius Marius 9-julio-2024 / 11:01 pm

    Excelentes crónicas niponas, ya veo que no te quedas corto con la frase que iniciaste: «Tokio es todo lo que te imaginaste, pero multiplicado por 10».

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  6. Avatar de Zamba Zamba 29-julio-2024 / 4:13 am

    Gracias por esta redacción envidiable. Ya mismo va la recomendación de este texto para mi nieta, apasionada del manga y de Japón, no creo que pueda encontrar una mejor descripción de esta ciudad

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