Huelva, la orilla de las tres carabelas

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

Cuando uno ve amarradas en el muelle de Palos de la Frontera a la Pinta, la Niña y la Santa María es inevitable hacerse preguntas. Especialmente una: qué clase de desesperación y enajenación mental tenían que sufrir los marinos del siglo XV para meterse en esas chalupas infectas y miserables a cruzar todo un Océano Atlántico. Cómo es posible que no murieran todos todo el rato, no ya de escorbuto o de fiebres, sino simplemente ahogados por la primera ola más grande que el propio buque. Es materialmente imposible exagerar la influencia en la historia universal de esos tres navíos, que con dificultad calificarían para hacer el trayecto de Ibiza a Formentera. Me hace las fotos Javi, nativo de Huelva y que ya estuvo conmigo en Túnez, mientras yo señalo muy fuerte hacia el otro lado del charco desde la proa de una carabela. «Nuestros hermanos españoles de América», así llama él a los herederos de aquellos tipos duros, aguerridos, desvergonzados y sin nada que perder que durante siglos se embarcaron en la aventura no ya de una vida, sino de una civilización.

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Plateado Jaén

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

El taxi me llevó hasta el Parador en poco más de quince minutos, en los que el chófer aprovechó para ponerme al día de los esoterismos de la ciudad. No sólo la fortaleza reconvertida en hotel de cinco estrellas tiene dos fantasmas para aterrorizar por las noches a los huéspedes, sino que la catedral de Jaén fue construida en un lugar «especialmente energético», donde antes había una mezquita y todavía antes un templo pagano. «La Iglesia sabe dónde construir sus edificios», aseveró muy serio. En eso tengo que darle la razón. Desde lo alto del Cerro de Santa Catalina la catedral destaca de manera masiva en la ciudad. De hecho, es lo único que destaca de la ciudad. Más aún, es lo único que justifica una visita a la ciudad. Eso, y querer, como yo, completar el álbum de cromos de todas las provincias. Jaén hizo la número 47 de 52 (Ceuta y Melilla cuentan como provincias aparte en mi lista, aunque no lo sean). En el autobús desde Granada lo único que se ve son olivos. Millones de ellos. Según la oficina de turismo, en la provincia hay 66 millones de olivos; tres cuartas partes de su superficie se dedican a la producción de aceite. Desde las alturas, también se ven olivos hasta donde alcanza la vista. Puedo recitar de memoria el poema del alicantino Miguel Hernández que la provincia adoptó como himno: «Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme en el alma, quién, quién levantó los olivos»

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Almería dorada

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

Desde la Alcazaba Almería no es dorada sino del mismo amarillo ceniciento del desierto que la rodea. Sólo mirarla da sed, pero en buena parte es culpa mía, por, una vez más, visitar monumentos en pleno agosto a la una de la tarde. Almería fue la cuarta de seis capitales que visité en un viaje de ocho días el verano del año pasado, destinado a incorporar cinco provincias andaluzas nuevas a mi historial viajero. Decir que pasé calor es como decir que Primo Levi tuvo una mala época en los años 40. Los gatos sesteaban a la sombra de las moreras, mecidos por el ruido del agua corriendo caño abajo, y los turistas nos asábamos como pollos en una brasería. Ahora quién es el animal más inteligente, ¿eh?. Por la tarde visité la catedral, que, como en Córdoba, también tiene nombre compuesto. Catedral-Fortaleza, seguramente la única de España; también es el color de la arenisca, ni siquiera mitigado por las palmeras junto a la portada. Huyendo del calor aterricé en los refugios de la Guerra Civil, cuatro kilómetros de túneles bajo la ciudad que sirvieron como búnker para los civiles durante el conflicto. Cuando callaron las bombas la infraestructura cerró, y permaneció medio siglo oscura y olvidada bajo los adoquines hasta que ya en el siglo XXI unos obreros se la encontraron excavando los cimientos de un edificio. Hoy son una atracción de primer orden en la ciudad, y se necesitan semanas o meses de antelación para encontrar un hueco en los pocos grupos que bajan diariamente durante el verano. Antes de abandonar la ciudad, me agencio un Indalo para la nevera. El Indalo es el símbolo de Almería; un dibujo torpe en una cueva que pasó cincuenta siglos oculto hasta que un arqueólogo lo descubrió a finales del siglo XIX. A partir de mediados del siglo XX se convirtió en el símbolo de la cultura almeriense más intelectual, y después de toda la provincia. La figura, un hombre sosteniendo un arco, o protegiéndose con él, es prácticamente ubicua. Coches, tiendas, casas, bolsas; es el orgullo de Almería.

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Málaga, cantaora

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

En realidad mi primer libro no se publicó hace dos meses sino hace un cuarto de siglo. Lo que pasa es que únicamente se imprimió un ejemplar. Fue el regalo por nuestro segundo aniversario a mi novia de entonces. El libro era una compilación de las poesías que había escrito durante los dos o tres años anteriores, unos versos mayormente torpes pero apasionados, inspirados en buena parte por la destinataria del ejemplar. Llegué a Málaga con un diskette que contenía todos mis poemas, y los imprimí y encuaderné en una copistería junto a la estación de autobuses. Luego fui a su casa a cenar. Fue una noche feliz. Imaginaos. Un chaval de 20 años recién cumplidos regalándole un libro con sus poesías a la novia de la que está enamorado hasta el tuétano, y ella dedicando una hora larga a leerlo porque no puede esperar a terminar la cena. No te digo que me lo superes, sólo que me lo iguales.

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Romana y mora, Córdoba callada

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

Honestamente, lo de «romana y mora» se puede decir de casi todo el país. Entre unos y otros controlaron buena parte de la Península Ibérica durante más de un milenio, y es difícil pegarle una patada a una piedra y que no te salga un acueducto. Pero claro, eso lo pienso desde la Torre de la Calahorra, construida por los musulmanes y que se alza en un extremo del Puente Romano sobre el Guadalquivir, mientras observo desde la distancia la Mezquita. Quiero pensar que Machado concibió su verso precisamente pensando en este punto. Dicho lo cual: el Puente Romano de Córdoba en realidad no es tal cosa. Es medieval. En España a cualquier puente anterior al siglo XVII se le llama romano por defecto. Y la mezquita tampoco es una mezquita sino una catedral. Hemos sido engañados. Pero qué más da. Dos días antes estaba en la Alhambra, así que mantenía un ritmo de un Patrimonio de la Humanidad cada 48 horas.

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Granada, agua oculta que llora

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

La cola para entrar a los Palacios Nazaríes de la Alhambra tenía medio kilómetro de largo, mayormente al sol. Eran las cuatro de la tarde de un sábado de agosto así que había el equivalente a un tercio de la población de la ciudad cociéndose en la fila. Debería decir que no estoy orgulloso de cómo nos la saltamos, pero lo cierto es que sí lo estoy. Qué le vamos a hacer. Estaba en aquella hilera tapando por fin el hueco más vergonzoso en mi historial como viajero, harto de que me preguntaran una y otra vez cómo podía haber ido a Kosovo o a Macedonia, que están en el culo del mundo a mano izquierda, y no haber visitado Granada. Intolerable, aparentemente. Ignorar la cola no fue el único desprecio al decoro y las normas de convivencia de aquel viaje. Al día siguiente fotografiamos el interior de la Capilla Real de la catedral granaína pese a la abundancia de carteles y de guardias de seguridad gesticulando furiosos para reforzar la prohibición. Al salir paseamos por la Alcaicería, el zoco de Granada, que tiene un nombre tan bonito que se te llena la boca con él, mientras esquivábamos a las gitanas que nos ofrecían ramitas de romero. Granada, como Venecia, es una ciudad para perderse.

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Cádiz, salada claridad

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

Dicen que no nos acordamos de días sino de momentos. Desde luego, aquel fue uno de los mejores momentos de mi vida. Era el primer verano que pasábamos los tres juntos desde que su madre y yo nos separamos medio año antes, y habíamos ido a la costa gaditana a pasar las vacaciones con sus primos y sus tíos. Días de sol y playa, de raquetas y balones, de comer y cenar a deshoras y de languidecer por las tardes esperando que el calor aplastante cediera un poco. Aquella noche cenamos pizza en un bar cualquiera y después nos fuimos a la verbena del pueblo, con sus coches de choque atronando versiones tecno de El Fary y Camela y su tren de la bruja donde dos paisanos azotan con una escoba las cabezas de la chavalada. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos allí pero sí recuerdo cómo de agotados y eufóricos salieron mis hijos, que por entonces tenían apenas 12 y 9 años. Al salir les compré un helado de chocolate a cada uno, y parte de ellos acabó invariablemente extendido sobre el amarillo chillón de las camisetas truchas del Cádiz FC que les había comprado aquella mañana. Mientras regresábamos al coche entre la multitud ruidosa pensé en la perfección insólita de ese momento en particular, pasada la medianoche, nosotros tres caminando de regreso al apartamento, los niños sudados, cansados, polvorientos y embadurnándose de chocolate como si no lo hubieran probado nunca antes.

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Recorriendo Armenia a lomos de un Lada Niva (Crónicas Caucásicas, 8)

It’s not even a car. Ni siquiera es un coche de verdad. Eso nos había dicho un teniente del ejército de tierra armenio mientras nos tenían retenidos en un cuartel. «Tiene que caerte muy bien Putin para conducir esa basura», nos dijo de primeras el dueño del hotel donde pasamos dos noches. «Aquí sólo conduce eso la gente que está muy mal de la cabeza». Esto último es del encargado de noche en la Europcar del aeropuerto de Ereván. Durante cuatro días recorrimos Armenia con un Lada Niva, un cacharro infame con las prestaciones de un ciclomotor y el consumo de un Airbus A380. El peor-mejor coche que jamás hayamos alquilado. Y lo volveríamos a hacer una y mil veces. Esta es la historia.

Chatgepeté, define espacio post soviético en una imagen

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El día que nos detuvo el ejército armenio, nos interrogaron durante horas sus servicios secretos y nos salvó el Real Madrid (Crónicas Caucásicas, 7)

«Tenéis suerte de que no os pegaran un tiro». Así resumió el coronel armenio la situación. Llevábamos seis horas en su despacho del cuartel, interrogados incesantemente por dos agentes de la policía secreta y unos cuantos oficiales de diversos rangos, desde el teniente que nos hacía de traductor hasta el general que llegó a última hora para aportar su granito de arena al surrealismo del trance. Para entonces estábamos física y mentalmente agotados por la incertidumbre acerca de nuestro futuro inmediato y por el larguísimo interrogatorio, que incluyó la revisión inmisericorde de los chats de WhatsApp y las galerías de fotos de nuestros móviles. Para entender cómo habíamos llegado hasta allí tendremos que recordar la regla número uno del viajero: no te acerques a las zonas fronterizas de dos países que están técnicamente en guerra. Y si lo haces, procura no hacer fotos con teleobjetivo.

El terraplén inane que nos costó un disgusto. Al otro lado está Azerbaiyán

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El Monte Ararat y la tragedia simbólica de Armenia (Crónicas Caucásicas, 6)

El texto de hoy corre a cargo de Christian Macías, veteranísimo lector de este blog pese a su insultante juventud, que con el transcurso de los años (y ya casi de las décadas) se ha convertido en compañero de viaje y amigo.  

El primer cambio que notamos cuando viajamos de Georgia hacia a Armenia es que este país es considerablemente más montañoso. Salvo por la primera jornada, las cumbres y valles nevados del centro y oeste del país fueron siempre el paisaje durante nuestra aventura de cuatro días. Llegamos a las 6:30 de la mañana a Ereván luego de un viaje de 10 horas en tren desde Tiflis. La capital armenia nos recibió con unos agradables nueve grados bajo cero y, tan pronto como salimos de la estación, intentamos procurarnos -sin éxito- un lugar donde ponernos a resguardo y desayunar, engañados por las luces extravagantes de gasolineras y máquinas expendedoras de café que, con sus letreros escritos en armenio y ruso, rompían la monotonía postsoviética de esta zona de la ciudad. Luego de encontrar la entrada hacia el metro (donde está prohibido tomar fotos, regla que obviamente violamos, en promedio, cada 30 segundos), nos dirigimos hacia el centro en búsqueda -ya desesperada- de alimentos y un lugar definitivo para hacer tiempo hasta que abriera la agencia de alquiler que nos daría nuestro nuevo transporte: un mítico y hermoso Lada Niva. Una vez montados en semejante insignia soviética rodante -fabricada en 2024 pero con los mismos estándares de seguridad que en 1982-, salimos de Ereván rumbo hacia el sur para conocer de cerca el mayor y más famoso símbolo natural del país: el monte Ararat.

Una estación de servicio nos deslumbra a las 6 de la mañana junto a la estación de ferrocarril Ereván. Más tarde descubriríamos que es así en todo el país
Presumiendo con Diego de nuestro Lada Niva sin conocer todavía las cantidades absurdas de combustible que consume cuando circula a su velocidad máxima: 100 kilómetros por hora

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