Primera parte: El suelo es Bratislava
Cuando compré el billete de avión a Bratislava dejé para más adelante decidir qué hacer después de visitar la capital eslovaca, porque, por más que la ciudad sea muy agradable y merezca mejor suerte, no da para una semana de turismo. En seguida descubrí la existencia de un vuelo interno a Kosice, la segunda ciudad del país, que en poco más de una hora y por la módica cantidad de 19,95 € me transportaría a la que, dicen, es también la ciudad más bonita de Eslovaquia. Así que después de un par de noches en la capital, agarré mis bártulos y me trasladé al lejano oriente del país.

Si decíamos que Bratislava bien vale una visita, Košice merece al menos dos. Pocas ciudades me han sorprendido tanto y tan bien. Su centro histórico es una calle larguísima flanqueada a ambos lados por sendas hileras de edificios neorrenacentistas y modernistas en estilo Secesión, que le dan un aire a los felices años veinte (del siglo pasado, que ya estamos en el punto en el que hay que especificar). Al final del largo paseo, el teatro y la catedral, frente a frente, dos monumentales edificios dignos de cualquier gran capital centroeuropea, pero en una ciudad de provincias de apenas un cuarto de millón de habitantes. Llegué allí un jueves por la tarde y todas las terrazas estaban llenas de gente, en su inmensa mayoría eslovacos, porque la ciudad está muy fuera de los circuitos turísticos habituales.


Si hay algo que disfruto como turista es de pasear sin rumbo, y Košice está en mi lista de cinco mejores ciudades europeas para hacerlo. El centro no tiene una sola calle fea ni ningun edificio que no parezca sacado de un cuento de los hermanos Grimm. No es casualidad que la ciudad concentre la mayoría de los edificios protegidos de Eslovaquia, ni que su centro histórico sea candidato a formar parte del Patrimonio de la Humanidad. El concepto urbanístico que define Košice es el de ciudad lenticular: la calle principal se hace cada vez más ancha (como una lente) hasta que en su parte más amplia se encuentra la catedral (y, desde principios del siglo XX, también el teatro de la ópera). Buena parte de los restaurantes y tiendas de la ciudad se concentran en los márgenes de esa lente, de los que se puede uno salir a traves de los pórticos y soportales que atraviesan edificios como si fuera lo más normal del mundo.


Pagué 90 euros por dos noches en un apartamento bastante cuqui a un cuarto de hora del centro de la ciudad. Justo al lado estaba el único edificio de la ciudad que casi podríamos decir que sí figura en la lista de la UNESCO, una iglesia de madera en los jardines del Museo de Eslovaquia Oriental, trasladada allí a principios del siglo XX desde su emplazamiento original en Kožuchovce, a cien kilómetros de Košice. Hay más de medio centenar de iglesias de madera esparcidas por los Cárpatos eslovacos, construidas entre los siglos XV y XVIII, y que han llegado hasta nuestros días apreciablemente bien conservadas. La UNESCO sólo lista nueve de ellas como parte del Patrimonio de la Humanidad, pero el resto también tienen un valor artístico incalculable. La de Košice, que data de los años 1740, puede visitarse cualquier día, pero también verse desde el exterior del museo. De hecho, un saltito pequeño permite colarse sin demasiado problema en el recinto fuera de los horarios de apertura.



Fuera del majestuoso centro histórico Košice no tiene demasiado que ver, así que pasé en ese kilómetro cuadrado la mayor parte del tiempo que estuve en la ciudad, o al menos el que me dejaba libre el teletrabajo (no pedí días de vacaciones para este viaje, así que de 8 a 15 aproximadamente trabajaba con normalidad, eso sí, desde la otra punta de Europa). La primera tarde disfruté del espectáculo musical de las fuentes junto a la catedral, junto con varios centenares de personas que observaban el baile del agua al son de canciones típicas eslovacas, y de otros éxitos europeos entre los que no podía faltar algún temazo de Avicii. La mañana del día siguiente la dediqué a visitar la catedral, que permitía excepcionalmente el acceso al torreón de forma gratuita, pero muy a mi pesar me había lesionado el tobillo justo antes del viaje y no me atreví a ascender los sesenta metros de angosta escalera de caracol. Por la tarde continué con mi paseo zigzagueante por las calles del centro hasta que se hizo de noche y me dirigí al bar deportivo más próximo para ver el partido entre España y Bélgica del Mundial. Dos belgas y yo éramos toda la representación extranjera en el local, y regresé a mi apartamento feliz y cansado después de un par de horas de emociones fuertes.



Pero para emociones fuertes, las que viviría unas horas más tarde del pitido final del encuentro. Veréis, Košice es un sitio estupendo para pasar un fin de semana relajado, pero cuando viajo me gusta moverme. La ciudad tiene muchas fronteras cerca. Hungría está al sur y Polonia al norte, pero cuando preparé el viaje la frontera que de verdad me llamó la atención, y la que se llevó el 90% del tiempo de planificación del viaje, fue la que hay al este. Así que en plena madrugada crucé una ciudad desierta y silenciosa de camino a la estación de autobuses, donde comenzaría la tercera, última y más tensa parte de este viaje. Pero esa es otra historia que será narrada, eso sí, próximamente.
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