Viajar fuera de temporada tiene sus inconvenientes. El tiempo, principalmente. Eso y que dos tercios de la infraestructura turística estén cerrados. Pero también tiene sus ventajas obvias. El precio, claro. Subirse a un avión por la mitad de lo que cuesta un taxi. Pagar por una noche de hotel lo mismo que por un par de menús Big Mac. Pero sobre todo la sensación de estar viendo el lugar en su esencia real, no el escaparate que se muestra a los turistas entre mayo y septiembre. Los turistas lo somos todo el año, pero viajar en enero a un destino clásico de sol y playa otorga una sensación de privilegio, producto de, bueno, algo tan sencillo como tener lugares increíbles casi para uno solo. Así que un miércoles de enero nos subimos al Ryanair más próximo y nos plantamos por primera vez en Malta, el penúltimo de los países de la Unión Europea que me faltaban por tachar de la lista. Pocos países me han sorprendido tanto para bien.
