Recorriendo Armenia a lomos de un Lada Niva (Crónicas Caucásicas, 8)

It’s not even a car. Ni siquiera es un coche de verdad. Eso nos había dicho un teniente del ejército de tierra armenio mientras nos tenían retenidos en un cuartel. «Tiene que caerte muy bien Putin para conducir esa basura», nos dijo de primeras el dueño del hotel donde pasamos dos noches. «Aquí sólo conduce eso la gente que está muy mal de la cabeza». Esto último es del encargado de noche en la Europcar del aeropuerto de Ereván. Durante cuatro días recorrimos Armenia con un Lada Niva, un cacharro infame con las prestaciones de un ciclomotor y el consumo de un Airbus A380. El peor-mejor coche que jamás hayamos alquilado. Y lo volveríamos a hacer una y mil veces. Esta es la historia.

Chatgepeté, define espacio post soviético en una imagen

Todo el viaje orbitaba en torno al tren. Cinco meses antes Chris me había escrito un mensaje muy simple: «¿Sabes que hay un tren nocturno soviético entre Tiflis y Ereván?». Después de más de media vida (literalmente) leyendo este blog, el tipo sabe qué fibra tocar. Así que una fría noche de enero nos montamos en el convoy nocturno que circula cada dos días entre las capitales georgiana y armenia. Todos los pasajeros en el vagón de primera clase éramos turistas.  Los ocho. Incluida una pareja de españoles. La encargada de nuestro coche era una armenia con aspecto de haber lucido orgullosa el carné del Partido antes de 1989 y el encanto personal de un saco de avispas. Por supuesto, como era de esperar en un tren internacional, el número de palabras en inglés o en cualquier lengua distinta del ruso que conocía se aproximaba a la media docena. Teníamos para nosotros un compartimento con dos camas absurdamente estrechas y una mesa inamovible, calefactado con una intensidad tan abrumadora que se hacía necesario dejar entrar el aire bajo cero en el cubículo. Cosas soviéticas. Después de devorar la comida del supermercado (en el tren no hay cafetería) y de pasar los dos controles fronterizos, uno a más de treinta kilómetros del otro, pudimos descansar el resto de la noche, o intentarlo, al menos. Había tiempo: los 300 kilómetros de vía férrea entre las capitales implican un viaje de casi once horas.

Pasajeros al tren
El desolado puesto fronterizo georgiano. Pasa un tren diario por allí, cada día en un sentido diferente. Apasionante trabajo el de los aduaneros

Antes de que se despertaran los demás ocupantes del vagón procedí a gozar de una ducha helada en el único baño disponible. No sólo me despertó sino que me preparó para los nueve grados bajo cero con los que nos recibiría la estación de Ereván, un edificio fantasma a esas horas, apenas sobrepasadas las seis de la mañana. Después de dar un paseo completamente inútil por los alrededores nos montamos en el metro, que nos permitió pagar con tarjeta los veinte céntimos del viaje. Por otros veinte céntimos compramos en un kiosko un bollo de chocolate recubierto de azúcar fundido capaz de matar a diez mil diabéticos sólo con dejarlo caer desde un avión, como Little Boy en Hiroshima. La primera impresión que nos dio el Metro de Ereván fue que no pasa el tiempo por él. Luces cetrinas, decoración basada en el realismo socialista, composiciones ochentosas y señaleras uniformadas con los colores de la compañía que además doblaban tarea como guardas de seguridad. «Foto projibited, no foto«, nos dijo la primera que nos cruzamos con el mismo acento que un marinero recién desembarcado del Acorazado Potemkin. Les hicimos el caso esperable, claro.

El metro de Ereván en hora punta…
…y en hora menos punta

¿El coche es manual o automático? La empleada de la Europcar levantó lentamente la mirada de la pantalla del ordenador y me observó con la boca entreabierta y achinando los ojos, dudando si tomarse en serio la pregunta. Después habló muy despacio, como se les habla a los niños con necesidades especiales o a los ancianos que recuerdan su nombre con dificultad. «Es un Lada Niva. Sólo se fabrica en manual. Muy manual». El briefing para enseñarnos a conducir el coche duró como veinte minutos. Nos resultó especialmente hilarante el mecanismo de apertura del maletero, que se abre como todos los maleteros del mundo, con un tirador, pero en vez de estar, como habría sido esperable, en el portón trasero, se encuentra junto al asiento de detrás del conductor (se puede ver en este vídeo). El Niva es un coche con unas prestaciones asombrosas: acelera de cero a cien en cuatro días laborables, y cuando llega a esa velocidad, su consumo se mide en litros por minuto. Debido a las sanciones contra Rusia y a la guerra de Ucrania, carece de los componentes electrónicos que le permitirían equipar, por ejemplo, frenos ABS. O Airbags. O literalmente cualquier avance tecnológico de los últimos treinta años. A cambio, entrega una durabilidad inconcebible y la capacidad de manejo off-road de un carro de combate. Nos enamoramos de él instantáneamente.

La imagen es de 2025 pero podría ser de 1985

El diseño del Niva lleva siendo el mismo desde 1978. No se vende en Europa no sólo por las sanciones contra Rusia sino porque los crash test a los que fue sometido a principios de este siglo dieron el mismo resultado que habría dado un coche fabricado enteramente con piezas de Lego. Así que, dada nuestra inconsciencia, estábamos en nuestra salsa. De lo que hicimos nuestra primera mañana armenia ya dio buena cuenta Christian en su texto de hace unos días: fuimos a ver el monasterio de Khor Virap, el más próximo al Ararat y a la frontera turca, que está a menos de un kilómetro en línea recta. Cuentan que allí estuvo encerrado San Gregorio el Iluminador, fundador y primer patriarca de la Iglesia Armenia, y que fue quien a principios del siglo IV convirtió al cristianismo al rey, y con el al país. Respecto a lo que nos sucedió la primera tarde de nuestra estancia en Armenia, si no lo has leído, por favor, hazlo ahora. Después de escapar de aquel cuartel nos dirigimos a Ereván a cenar. No encontramos el restaurante que nos había recomendado Gordo KGB, así que nos conformamos con un local de comida rápida junto a la estación de trenes, donde obligué a Christian a pagar la cena como multa por la temeridad de aquella mañana. La cena, dos platos por persona y bebidas, costó once euros. En total. La multa más barata de la historia.

Visitantes del monasterio de Khor Virap, y tras ellos la monstruosa mole del Monte Ararat
El Monasterio de Khor Virap (o Jor Virap) y el Monte Ararat de fondo, la postal más conocida de Armenia

Pasamos la primera noche en el pueblo de Sevan, junto al lago del mismo nombre, un resort vacacional para los erevanitas que, en enero y con temperaturas de siete u ocho grados en el lado malo del termómetro, tiende a estar menos concurrido. El dueño del hotel (le he citado en el primer párrafo) resultó ser un cachondo mental con mucho sentido del humor, que nos contó su vida y milagros. En los alrededores del Lago visitamos la Casa de los Escritores, un edificio retrofuturista de hormigón construido en los años sesenta, y que era la cafetería de la residencia de veraneo de los miembros más afortunados de la Unión de Escritores de Armenia. Hoy el lugar es un hotel, y sin duda nos habríamos quedado allí, si hubiera estado abierto, pero llegamos con unos tres meses de antelación. Tras visitar el monasterio adyacente, el primero de los tres de ese día, enfilamos hacia el sur, decididos a cruzar la carretera de montaña más alta y arriesgada de Armenia. El paso de Vardenyats.

La cafetería de la Casa de los Escritores, otro ejemplo de modernismo soviético
Espectaculares vistas del Lago Sevan, al norte de Armenia
Un par de turistas chinas haciéndose fotos en el monasterio de Sevanabank

A más de 2.500 metros de altitud, el paso de Vardenyats es la única carretera que cruza del norte al sur de Armenia sin pasar por Ereván. Dada su ubicación y que el mantenimiento de las infraestructuras no es la especialidad del país, cierra frecuentemente durante el invierno. Nosotros nos plantamos allí un 31 de enero porque, por supuesto, hemos venido a jugar. Por suerte para nosotros no sólo el día era increíblemente soleado, sino que hacía más de una semana de la última nevada. Así que el trayecto fue perfecto, una vez descontados los baches como precipicios del asfalto, que parecía recién bombardeado. En alguno de ellos cabía entero el todo terreno, y ni siquiera estoy siendo hiperbólico. La carretera está hecha polvo, pero a cambio ofrece las mejores vistas de Armenia y seguramente del Cáucaso. Chris se asustó un poco cuando empecé a aullar de júbilo, todavía poco acostumbrado a mis inapropiadas muestras de euforia.

La carretera estaba he-Lada
Pocas vistas mejores en Armenia, oigan
Aquí, sufriendo

Al otro lado de las montañas visitamos el monasterio de Noravank, que tiene totalmente nombre de entidad financiera, pero es una de esas joyas arquitectónicas medievales que Armenia esconde por todo su territorio. Docenas de iglesias, monasterios y catedrales de los siglos IV al XV salpican el mapa de Armenia, un país donde el cristianismo ortodoxo es religión de Estado y en donde la constitución reconoce textualmente «la misión exclusiva de la Iglesia armenia como guía en la vida espiritual, el desarrollo de la cultura, y la preservación de la identidad nacional del pueblo armenio». La Iglesia armenia es la iglesia nacional más antigua del mundo; data del año 301, diez años antes de que el Imperio Romano dejara de perseguir a los cristianos en su territorio. Es un pilar fundamental de la identidad nacional armenia, tanto como, por ejemplo, su alfabeto, que también fue creado por la iglesia en el siglo V para poder traducir la biblia al armenio; hasta entonces el idioma carecía de escritura y todos los documentos estaban en griego.

Las iglesias del Monasterio de Noravank y un señor con sobrepeso y una mochila ridícula comprada en un supermercado de Lanzarote haciéndoles fotos
Foto de Cris triscando por el monte como si fuera inmortal. Ah, juventud, divino tesoro

Las dos iglesias de Noravank proceden de los siglos XIII y XIV. Son un centro de peregrinación para los cristianos armenios, o sea, la práctica totalidad de los armenios. Según el censo, el porcentaje de la población adherida a la iglesia nacional es del 98%; del resto, la mitad son católicos, y del 1% restante la mayoría son ortodoxos de otras iglesias. Hay 800 musulmanes en todo el país. No es sorprendente, teniendo en cuenta la historia, digamos complicada, de Armenia con dos de sus tres vecinos musulmanes. Volveríamos una y otra vez a ese punto, no sólo por haber sido detenidos en la frontera con Azerbaiyán, sino por la omnipresencia de ambos asuntos, el genocidio cometido por los turcos y la guerra con los azeríes, en el espacio público del país.

Un puñado de Jachkar junto al monasterio de Noravank. Los Jachkar, literalmente «cruces de piedra», son una manifestación artística armenia, cruces en bajorrelieve grabadas sobre losas. Aunque parecen lápidas, no tienen nada que ver con lo funerario. Existen desde el siglo IX y son uno de los patrimonios inmateriales del país, además de una de sus muestras identitarias más relevantes

En seguida nos dimos cuenta de que el consumo del Lada Niva no era ni medio normal. Después de sólo 250 kilómetros de carreteras mayormente planas el depósito estaba más seco que un vaso de talco. Comunicarse con los gasolineros de la Armenia rural puede no parecer sencillo, pero «Petrol-Full-Cash» resultaron ser las únicas tres palabras que necesitábamos. Alquilar el coche fue realmente barato, apenas 100 euros por los cuatro días, pero nos dejamos 150 € en gasolina. En total en los cuatro días de periplo recorrimos unos 900 kilómetros y consumimos la estratosférica cifra de 115 litros de combustible; casi 13 litros a los cien. Teniendo en cuenta que el peso del coche es de poco más de una tonelada, que su velocidad máxima es de 110 km/h y que la mayor parte del recorrido lo hicimos a poco más de la mitad de esa cifra, se puede uno hacer una idea de la eficiencia de la ingeniería rusa. Nuestro Lada era nuevo, fabricado en 2024, pero el motor parecía ser el mismo de 1978.

No es del todo descartable que le hiciéramos más fotos al coche que a nosotros mismos
Una cruz a la entrada del pueblo de Tigranashen, llamado Karki por Azerbaiyán; de iure es un enclave azerí en territorio armenio (la frontera está a poco más de cinco kilómetros de allí), en el mundo real Armenia lo controla desde principios de los noventa. Es una aldea miserable, mal iluminada y peor mantenida, donde Armenia ha ido instalando a algunos de los refugiados llegados desde el Alto Karabaj. La carretera principal del norte al sur de Armenia pasa por el pueblo

7 de diciembre de 1988. En la ciudad de Leninakan el suelo empieza a temblar con violencia. Las fachadas se derrumban sobre los transeúntes y las calles se abren de dentro afuera. En sólo veinte segundos el 80% de los edificios de la ciudad quedan dañados o destruidos. Los muertos se cuentan por decenas de miles, y son cientos de miles los que se quedan sin hogar. Es el peor terremoto de la historia de Armenia, agravado por las carencias de las construcciones soviéticas. Leninakan se llama hoy Gyumri y es la segunda ciudad de Armenia, a la que nos dirigimos desde nuestro retiro lacustre en Sevan. 36 años después del terremoto, las cicatrices no han desaparecido. La población hoy es la mitad que entonces, en parte porque no menos de diez mil personas murieron bajo los escombros, pero sobre todo porque la destrucción de la ciudad supuso también la de su economía. Decenas de miles de personas han emigrado a Ereván, a Georgia y a Rusia, dejando atrás una ciudad que incluso décadas después se percibe decadente.

Monumento a la Madre Armenia de Gyumri, con Chris ahí puesto para comparar
Interior de la Catedral del Salvador de Gyumri. Durante el terremoto de 1988 quedó completamente destruida. La reconstrucción no acabó hasta 2014, y la catedral no fue reconsagrada hasta 2024
La fuente de Hierro, uno de los iconos más conocidos de Gyumri. Funcionó hasta, lo habéis adivinado, el terremoto de 1988. A su alrededor había numerosos edificios que fueron destruidos durante la catástrofe. Hoy está aislada en un descampado al final de la ciudad, rodeada de ruinas y chabolas

De camino a Gyumri habíamos parado en el pueblo de Dilijan, que las guías definen como «la Suiza de Armenia» en un ejercicio de optimismo digno de mejores causas. Después de pasear un rato por el centro (dos calles) y tirar al correo una postal que jamás llegó a su destino, decidimos poner a prueba la suspensión del Lada Niva. Así que nos echamos al monte por caminos forestales increíblemente mal mantenidos para visitar un par de monasterios en ruinas. Allí nos encontramos un par de pelotones de soldados en pleno entrenamiento. No era el mejor de los presagios teniendo en cuenta nuestra experiencia reciente pero conseguimos no ser detenidos. Los monasterios, llamados respectivamente Matosavank y Jukhtakvank han llegado hasta nuestros días en un estado asombrosamente bueno teniendo en cuenta la escasez de restauraciones. La última se realizó en 1977, y se nota. Armenia tiene un patrimonio absolutamente increíble pero en un estado mejorable. Pero no es de extrañar, dada la historia reciente del país.

Jukhtavank, el monasterio del bosque
Las armas de los soldados armenios junto a Matosavank. No escarmentamos

El cuatrienio que va de 1991 a 1995 se conoce en Armenia como «Los años fríos y oscuros«, una denominación que deja poco espacio para el optimismo. El terremoto de 1988 no sólo destruyó ciudades y mató a decenas de miles de personas, sino que obligó a cerrar la única central nuclear del país, que aportaba un tercio de la energía de Armenia. Poco después la guerra de Nagorno-Karabaj, hasta entonces de baja intensidad, subió varios niveles hasta convertirse en un conflicto armado a gran escala. Contra todo pronóstico Armenia ganó aquella guerra, pero no pudieron evitar que Azerbaiyán y Turquía bloquearan los oleoductos que daban servicio al país, incluido el que atravesaba Georgia desde Rusia, que fue volado siete veces por saboteadores azeríes en medio de las guerras georgianas. Como consecuencia, el país únicamente podía producir  electricidad con la presa hidroeléctrica del Lago Sevan, que apenas daba para proporcionar una o dos horas de energía al día. El país se sumió en una oscuridad previa a la civilización. Los diferentes barrios de Ereván y del resto del país tenían turnos para disfrutar de sesenta minutos de luz eléctrica en los días buenos. Los armenios bromeaban: «Somos el único país que ha pasado de la era espacial a la edad de piedra». La poquísima gasolina que entraba en el país se vendía a precio de oro: un único litro costaba el sueldo de una semana. A veces la capital pasaba días enteros sin luz. La crisis energética, que provocó el éxodo de medio millón de personas, sólo terminó cuando Ereván consiguió poner en marcha otra vez la central nuclear de Metsamor, que sigue abierta hoy en día. La población del país, sin embargo, no se ha recuperado, y sigue siendo seiscientas mil personas menor que la que había en 1990.

Una gasolinera en la carretera de Gyumri. Parece un cuadro de Hopper

La capital Armenia nos recibió como suele hacerlo en invierno. Fría e insoportablemente contaminada. La garganta picante y los ojos llorosos son el rasgo identitario invernal de Ereván, producto de decenas de miles de calefacciones de carbón y diésel encendidas a la vez. Así que hicimos lo esperable. Huir. La primera mañana en la ciudad incluyó visitas al Monasterio de Geghard, el enésimo Patrimonio-de-la-Humanidad-en-una-montaña del viaje, tan espectacular como los anteriores; y también a la Sinfonía de las Piedras, una formación rocosa de columnas hexagonales de basalto formada por lava cristalizada. El sitio más instagrameable de Armenia. A un par de kilómetros de allí está el Templo de Garni, el único ejemplo de arquitectura helenística en la antigua Unión Soviética, y de paso el edificio grecorromano más oriental del mundo. Es tan antiguo que ni siquiera se sabe qué demonios era, un templo o un mausoleo. Sí se sabe que uno de tantos terremotos armenios lo destruyó en el siglo XVII y que fue reconstruido en la década de los setenta del XX con las mismas piedras, que habían permanecido en el lugar todo el tiempo. En el siglo XXI es un santuario para el neopaganismo armenio, una religión que congrega a cinco mil personas en todo el país. El Stonhenge del Cáucaso.

Los sacerdotes armenios invocan la luz de Nuestro Señor, también de forma exitosa
El órgano de Basalto, el otro nombre con el que se conoce a la Sinfonía de las Piedras, por razones seguramente obvias
Me especialicé en sacar a Chris pequeño contra cosas grandes, aparentemente

Nuestra última tarde armenia la pasamos en el Memorial del Genocidio, un museo dedicado al exterminio y limpieza étnica de los armenios en Turquía durante la primera guerra mundial y los años inmediatamente posteriores. Los armenios no sólo perdieron un millón y medio de personas a manos de los turcos, deseosos de crear un estado étnicamente homogéneo, sino buena parte de sus territorios históricos, entregados por Rusia a Turquía. Ankara no sólo no reconoce el genocidio, que califica como «desplazamiento de refugiados» sino que impide legalmente que se hable de ello en el país bajo pena de cárcel. El genocidio, el terremoto, la oscuridad, los pogromos y la limpieza étnica en un territorio históricamente armenio como el Alto Karabaj. Cien años de desgracias. A Armenia no le da tiempo a cerrar una herida antes de que se le abra la siguiente.

Chris charlando a través del traductor del móvil con un anciano armenio que le explicó el significado profundo del lugar, le habló de la lucha y el dolor de sus antepasados y al final le pidió unos drams. Se los había ganado.
El Memorial está situado en una colina a las afueras de Ereván, y permitía escapar de la horrenda contaminación de la ciudad, visible en la foto

A las dos de la mañana despegó nuestro vuelo de Wizzair camino de Roma. Yo continuaría viaje hasta Barcelona, y Chris hacia Bulgaria. En la única cafetería abierta de la terminal internacional de Fiumicino un puñado de pasajeros dormitaban en posturas inverosímiles. Nuestros caminos se separaron después de diez días, dos vuelos, dos mil kilómetros de carreteras, una tarde en un cuartel y una noche en tren, a lo largo de cuatro países. Uno de los mejores viajes de mi vida, si me preguntáis. Con amigos todo es mejor, y después de aquello, ya no se nos puede calificar de otra manera.

El Lada Niva y nosotros. Tremendo combo

Todas las Crónicas Caucásicas:

Parte 1 | Parte 2 | Parte 3 | Parte 4 | Parte 5 | Parte 6 | Parte 7

Esta historia, como todas, también aparece en El Mapa de Fronteras.

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8 respuestas a “Recorriendo Armenia a lomos de un Lada Niva (Crónicas Caucásicas, 8)

  1. Avatar de Matias ND Matias ND 4-junio-2025 / 5:14 am

    Primero tengo que decir que los muchachos de KillBait están empezando a ser algo pesados.

    Segundo, me apena que no hayan podido verificar si en la Casa de los Escritores sigue habiendo esos espantosos sol con bigotes en las paredes, que contrario a lo que dijo el angloparlante escritor del artículo sobre su estadía en el hotel, al que tuvo la idea de estamparlos no merece ir a un Gulag, merece una Tokarev.

    La verdad es que disfrute mucho esta serie de 8 partes sobre tu viaje. Me sorprende eso sí, lo poco que hablaste sobre el ruinoso enclave azerí. Que ni siquiera es azerí, de facto. Y, en serio, después de lo que pasó, no se les ocurrió nada mejor que pasar por otro lugar potencialmente confictivo?

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    • Avatar de Diego González Diego González 4-junio-2025 / 12:53 pm

      Hablé poco de Tigranashen porque a) efectivamente hay poco que ver y b) quería irme de allí cuanto antes después de la experiencia fronteriza del primer día 🤣

      Por cierto que esta no es la última crónica caucásica, aunque queda casi un mes para la próxima.

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