Donald Trump y el triángulo de la discordia

Una vez mas se demuestra que lo mejor de este blog son sus lectoras. Francisco Bustamante, desde Quillota, capital de la palta, envía esta magnífica crónica sobre la bizarra disputa fronteriza que mantuvieron, y aún mantienen, Chile y Perú. Que ustedes la disfruten

Chile y el Perú se disputaron el dominio del Pacífico Sudamericano durante buena parte del siglo XIX. El primero era un país más pequeño y pobre, pero más estable que el segundo, país bastante rico gracias al legado del Virreinato. Ambos países se enfrentaron en la Guerra del Pacífico, o del salitre, llamada así porque el territorio disputado contenía el 90% de las reservas naturales de dicho producto. La guerra concluyó con la victoria chilena, pero sin un tratado de paz definitivo que estableciese los límites. Tras 50 años, y por intervención de EE.UU., en 1929 se firma el tratado de límites definitivo entre Perú y Chile.

Entre otras cosas, ese tratado dispuso que la frontera entre Chile y Perú “partirá de un punto de la costa que se llamará “Concordia”, diez kilómetros al norte del puente del río Lluta…”. Parecía muy simple. Lamentablemente los diplomáticos de ambos países olvidaron que el punto “Concordia, aquel que marcaba el inicio de la frontera, requería de un monolito o hito que marcase en el terreno el lugar exacto. ¿Acaso es posible hacer un monolito en plena costa del Océano Pacífico, en un arenal de la costa donde la corrosión y las marejadas no han permitido construcción humana alguna? Los topógrafos, bastante más prácticos, acordaron colocar el hito del punto “Concordia” lo más cerca posible del mar, pero a salvo de ser destruido por las aguas del Océano Pacífico. Escogieron un lugar a 180 metros del punto, en línea recta desde el mar, desde el paralelo del punto concordia. Sigue leyendo