Hay muchas maneras por las que un país puede llegar a existir. Generalmente a través de procesos de siglos, guerras, revoluciones, pactos y tratados internacionales. Pero hay otros países que aparecen simplemente por pura casualidad. Y es fue el caso de la República de Cospaia, un pueblecito italiano que durante más de cuatrocientos años existió sin que nadie le molestara, y que apareció por un error de interpretación en un tratado internacional. Uno de los estados más pequeños, más extraños y probablemente más absurdos de la historia humana, y por lo tanto, uno de los más divertidos.

Remontémonos al siglo XV. El Renacimiento. Los Borgia, los Medici, Florencia, Miguel Ángel, Leonardo, Rafael, Donatello y el maestro Astilla, todo eso. El Papa Eugenio IV se enfrentaba a una situación poco menos que dramática. Enfrentado a buena parte de la Iglesia agrupada en el Movimiento Conciliar y asediado por revoluciones internas, la liquidez de los Estados Pontificios empeoraba día a día. Necesitado de dinero, el papa procedió entonces a vender un trozo de territorio para obtener liquidez. Técnicamente no era una venta sino un empeño que permitía un rescate posterior, pero eso rara vez sudecía. Asi que a cambio de 25.000 florines de oro, que equivalen a un gritón y medio de Euros de 2026, el papado cedió a Florencia el control de la ciudad de Borgo Sansepolcro y sus alrededores. Alrededores en los que estaba precisamente un pueblito de doscientos habitantes llamado Cospaia.

Cuando los agrimensores florentinos y pontificios se juntaron para mirar mapas, decidieron fijar la frontera en un arroyo llamado «Rio». Por especificar, río en italiano es «fiume«, y arroyo en italiano es «ruscello» o, a veces, «rio». Cuando un curso de agua tiene poca o ninguna importancia ni siquiera se le da nombre, así que en los mapas aparecía simplemente como «Rio». El problema: había dos arroyos denominados «Rio», cada uno a quinientos metros del otro. Y aquí viene lo gracioso: Florencia escogió como límite el situado más al norte y el papado el que se encontraba al sur. Así que el territorio entre ellos pasó a ser Terra Nullius, tierra de nadie, no reivindicada por ningún estado. ¿Y a que no adivináis qué pueblecito apacible se encontraba exactamente entre los dos arroyos denominados igual? Exacto. Cospaia. Que de repente se encontró con que sus dos poderosísismos vecinos, Florencia y los Estados Pontificios, habían renunciado por escrito al control del pueblo y del territorio en el que se hallaba. En total, una franja de tierra de dos kilómetros y medio de largo y entre 500 y mil metros de ancho, poco más de tres kilómetros cuadrados que se convertirían en un experimento político que abarcaría buena parte de medio milenio de historia de Italia.

Los cospaianos de repente se vieron exentos de toda autoridad y libres para hacer con sus vidas y haciendas lo que quisieran. Sorprendentemente, en vez de enzarzarse en un duelo a muerte para lograr ser el tirano de una monarquía absolutista, los vecinos decidieron seguir con sus vidas como si nada, con la ventaja obvia de no tener que pagar impuestos ni enviar a los jovencitos a guerrear. Tampoco confiaban realmente en que la situación se fuera a extender mucho, pero el caso es que lo hizo. En 1441 se ratificó la cesión de Borgo Sansepolcro a Florencia con las condiciones mencionadas, así que el pueblo quedó en un feliz limbo territorial ajeno a las dos grandes potencias entre las que estaba encajonado. Al tratarse de una independencia sobrevenida de facto, Cospaia no estableció instituciones nuevas; simplemente comenzó a gobernarse naturalmente de manera autónoma a través de un improvisado consejo de ancianos, con el párroco del pueblo como consultor general con voto de calidad. Como era absolutamente esperable, la principal actividad económica de la localidad pasó a ser el contrabando, y a partir del siglo XVI, tras la llegada de ciertas semillas procedentes del Nuevo Mundo, el cultivo del tabaco.

En la Italia y en la Europa del Renacimiento esta clase de tierras de nadie, zonas fronterizas poco claras, estados tapón y franjas sin ley eran mucho más comunes de lo que cabe pensar; en un mundo donde la cartografía estaba todavía en pañales la exactitud era una quimera. Así que ni a Florencia ni al Papa les interesó en ningún momento corregir el error. Revisar un acuerdo tan complejo podía tener consecuencias indeseadas, y tampoco es que la situación supusiera un problema: sin bandolerismo y con un contrabando perfectamente tolerable por las economías de cada estado, no había incentivo ninguno para modificar el statu quo. Así que los cospaianos siguieron con su pequeño experimento pseudoanarquista de sociedad sin estado, sin soberano, sin impuestos, sin ejército y sin leyes escritas, donde las disputas se resolvían bien mediante acuerdos patrocinados por el cura local, o en ocasiones acudiendo de forma voluntaria a los tribunales de los pueblos cercanos. El lema de la autodenominada informalmente República (porque nunca fue proclamada formalmente) figuraba en el frontispicio de la Iglesia: Perpetua et Firma Libertas. Libertad firme y para siempre.

Pasaron los siglos y las generaciones y Cospaia se mantuvo como una región minúscula y libre, cubierta de plantaciones de tabaco a los que los propios agricultores daban salida en los estados vecinos. Con el tiempo el pueblo duplicó su población, que a principios del siglo XIX sobrepasaba por poco los 400 habitantes. La prosperidad de la pequeña micronación se debía no sólo a la exportación de tabaco sino al uso que le daban los estados vecinos como almacén temporal, por tratarse de una zona de facto libre de aranceles, que no se le cobraban a nadie.

Cospaia tampoco tenía un archivo, ni cobraba impuestos, únicamente una contribución voluntaria en especie para mantener los caminos aseados. Pero todo lo bueno se acaba, y el destino del diminuto país se selló cuando el papa León XII se hartó de que todas las grandes familias de comerciantes tuvieran un almacén en Cospaia, usurpándole así jugosos ingresos al papado. En 1826 el Gran Ducado de Toscana y la Iglesia Católica se repartieron el territorio en la manera en la que debían haberlo hecho cuatro siglos antes, y obligaron a los catorce cabezas de familia de la República de Cospaia a firmar un acta de sumisión. A cambio de su libertad, cada habitante del pueblo recibió lo que denominaron irónicamente un papetto, una moneda de plata de los Estados Pontificios. Eso sí, conservaron su derecho a cultivar y vender tabaco, que sigue vigente hoy día. Aunque ahora ya tienen que pagar impuestos.
Fuentes y más info (mayormente en italiano): The Vision, Finestre sull’arte, Graziano Graziani, Wandering Italy, Turismo de Umbría, Libertarian Europe, Festival del Medioevo, Amusing Planet, National Geographic. También los libros Lo stato libero de Cospaia, de Filippo Natali y Cospaia tra tabacco, contrabbando e dogane, de Enrico Fuselli.
Si te gustó esta historia, tengo cero dudas acerca delo mucho que gozarás con estas otras:
Couto Misto. La Andorra de la frontera entre España y Portugal.
El estado libre de Gollete, también producto de un error de cálculo
El territorio libre de Moresnet, tierra de nadie en el corazón de Europa.
Y, por supuesto, esta historia también la puedes encontrar en El Mapa de Fronteras
No sé si os he contado que he escrito un libro. Puede que se me haya pasado mencionarlo, quizá. Por si acaso no has pisado este blog en el último año, que sepas que existe una obra única en su género (siendo «su género» equivalente a «escrita por mi»), llamada HISTORIONES DE LA GEOGRAFÍA, en la que me explayo durante doscientas y pico páginas acerca de lugares extraños, fronteras aburdas y todo tipo de anécdotas geográficas, buena parte de las cuales nunca han salido aquí porque me las reservo para el libro PARA QUE LO COMPRÉIS. COMPRAD MI PUÑETERO LIBRO.
Descubre más desde Fronteras
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
Una respuesta a “República de Cospaia, el estado que nació por error”