Viajar fuera de temporada tiene sus inconvenientes. El tiempo, principalmente. Eso y que dos tercios de la infraestructura turística estén cerrados. Pero también tiene sus ventajas obvias. El precio, claro. Subirse a un avión por la mitad de lo que cuesta un taxi. Pagar por una noche de hotel lo mismo que por un par de menús Big Mac. Pero sobre todo la sensación de estar viendo el lugar en su esencia real, no el escaparate que se muestra a los turistas entre mayo y septiembre. Los turistas lo somos todo el año, pero viajar en enero a un destino clásico de sol y playa otorga una sensación de privilegio, producto de, bueno, algo tan sencillo como tener lugares increíbles casi para uno solo. Así que un miércoles de enero nos subimos al Ryanair más próximo y nos plantamos por primera vez en Malta, el penúltimo de los países de la Unión Europea que me faltaban por tachar de la lista. Pocos países me han sorprendido tanto para bien.

Lllegamos a Malta a eso de las diez de una noche lluviosa, circunstancias perfectas para alquilar y conducir un coche con el volante en el lado equivocado, en carreteras que están objetivamente del revés. Por suerte para nuestra integridad física el vehículo en cuestión tenía el tamaño y peso aproximados de un gato grande así que conseguimos llegar al hotel sin excesivos problemas, más allá de un par de giros al carril incorrecto. Tardé un par de días en acostumbrarme a conducir por la izquierda, pero lo cierto es que se le pilla el truquito bastante rápido. Al menos con un coche automático, nunca he intentado cambiar de marchas con la mano izquierda. Lo de los coches en Malta es una cosa curiosa: con poco más de medio millón de habitantes, no tiene ni remotamente la capacidad de mantener una industria automovilística propia, así que la mayoría de los coches son importados del Reino Unido. Pero gracias a su singularidad (en toda Europa sólo hay cuatro países que conducen por la izquierda) tiene acceso a un mercado que en el resto del continente es inaccesible: el japonés. Hay muchísimos coches de segunda mano japoneses por todo el país, de modelos e incluso marcas que son prácticamente desconocidas en cualquier otro lugar. Un paraíso para los amantes de los coches cuquis (o Kei Cars).


En el centro del Mediterráneo nos libramos de la permanente borrasca que se había instalado en la Península Ibérica durante esos días. Las nubes llegaban y se iban a la misma velocidad endiablada del viento, que no dejó de soplar en los cuatro días que pasamos en el archipiélago. Así que disfrutamos de un tiempo ciclotímico, con lluvias torrenciales y sol esplendoroso dentro de la misma media hora. Durante las horas intermitentes de sol apreciamos el color arena de La Valeta, resultado de miles de años de construcciones hechas con la misma piedra (llamada caliza globigerina). Lo fascinante de este material es su origen: la acumulación, a lo largo de literalmente millones de años, de fósiles de microorganismos marinos. Un 70% de la superficie del país está cubierto por una capa de entre decenas y centenares de metros de grosor de micro fósiles de veinte millones de años de antigüedad. Y un porcentaje parecido de los edificios está levantado, o al menos recubierto con el mismo material. El color terroso pálido está por todas partes; iglesias, castillos y casas particulares están construidos con la misma piedra con la que se construían hace cincuenta siglos, dándole a la arquitectura del país un aspecto único en el mundo. Es literalmente un país construido con fósiles.


La otra característica evidente de la arquitectura de La Valeta y del país en general son los balcones cubiertos, distinguibles a kilómetros de distancia como endémicos del archipiélago. El balcón maltes (pun intended) se denomina gallarija (o galería), y tiene sus orígenes en el pasado árabe de la isla. De las primitivas aberturas para ventilación (muxrabijas) se pasó a ventanas y luego a balcones sostenidos por vigas que se extienden más allá de la fachada del edificio. Las gallariji se hicieron ubicuas en La Valeta y alrededores a partir de la segunda mitad del siglo XVII, y hoy son el elemento más reconocible de cualquier casa maltesa; una casa no está completa sin su gallarija, y son una de las características más solicitadas a la hora de comprar o alquilar un piso en el país.


Otro rasgo llamativo de la arquitectura maltesa es la espectacular profusión de basílicas e iglesias del tamaño de catedrales por todo el territorio, producto probablemente de la sobreabundancia de piedra disponible en el país. Le pegas una patada a una piedra en un pueblo de 500 habitantes y te encuentras una cúpula de treinta metros de diámetro. A nosotros nos gustaron especialmente dos: las Rotondas de Mosta y Xewkija. La primera es un mamotreto neoclásico de la segunda mitad del siglo XIX con paredes de nueve metros que sostienen una cúpula de cuarenta metros, la tercera más grande del mundo cuando se terminó en 1860, sólo por detrás del Panteón de Roma y el Duomo de Florencia. Lo que decía, que se nota que hay piedra buena y barata a mano. Como muestra, otro botón, eso sí, bien grande. La parroquia de Xewija, un pueblo de 3.000 habitantes en la isla de Gozo, es una iglesia con una planta de 2.500 metros cuadrados en la que cabe todo el pueblo y sobra sitio para sus familias en La Valetta. La cúpula de la iglesia tiene 27 metros de diámetro y alcanza los 75 metros de altura. No sólo es el edificio más grande del pueblo y de la isla; también lo sería colocado en casi cualquier lugar. Y lo mejor: no es una herencia de gloriosos tiempos pasados cuando el lugar era un centro económico internacional. Nunca ha sido el caso. Fue construida entre los años 50 y 70 y pagada por los vecinos del pueblo porque la iglesia anterior se les había quedado pequeña. Y ya puestos, dijeron, «pon más piedra ahí, Gwann».



Hablando de Gwann; es la forma maltesa para Juan. Los nombres de santos en maltés son divertidísimos; Giuzepp, Pawlu, Fangisk, Tereza, Mikiel, Karmenu… Todos ellos son producto de tres influencias obvias sobre el idioma del archipiélago: el árabe, el italiano y el inglés. El Maltés es la única lengua semítica que se escribe con alfabeto latino, y es el producto casi inevitable de estar situado a medio camino entre Europa, Oriente Medio y el norte de África, además de haber sido colonia inglesa durante siglo y pico. La gramática es semítica, buena parte del vocabulario básico es árabe y la práctica totalidad de conceptos posteriores al siglo XV están en italiano o inglés. Prácticamente la totalidad de la población habla inglés, al menos en las ciudades, pero el maltés se sigue usando de manera habitual, y es la lengua de la administración. El maltés administrativo, de hecho, resulta curiosísimo a los ojos del hablante de castellano; parece un criollo, como el papiamento o el chavacano de zamboanga, porque la mayoría de los conceptos son contemporáneos, pero están pasados por la gramática maltesa, que no impide que sean reconocibles.


La historia de Malta no se entiende sin la Órden de Ídem. La Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén fue fundada, como su propio nombre indica, en la ciudad santa, en la época en la que estaba bajo control cristiano, alrededor del siglo XII. Originalmente una organización benéfica y piadosa, evolucionó con las décadas en un cuerpo militar dedicado a defender los Santos Lugares del acoso mahometano. Cuando Tierra Santa cayó en manos musulmanas, en 1291, la Orden marchó a Chipre, y muy poco después conquistó Rodas, donde permaneció un par de siglos, hasta que de nuevo los turcos, encabezados por Solimán el Magnífico, les expulsaron de allí en 1522. No faltaban batallas que librar en el Mediterráneo en aquella época, así que el emperador Carlos V les entregó la soberanía sobre el archipiélago para que pudieran guerrear contra los piratas argelinos y marroquíes. A cambio les exigió el tributo anual de un halcón, el famoso halcón maltés, que no era una figura de oro y piedras preciosas como en la novela de Hammet sino literalmente un halcón entrenado para la cetrería. Durante dos siglos y tres cuartos los Caballeros Hospitalarios rigieron los destinos de Malta, participando en la mayoría de los acontecimientos históricos de su época, incluyendo la Batalla de Lepanto o la colonización de América. Fueron ellos quienes construyeron la mayor parte de lo que hoy es la capital maltesa y sus alrededores, y quienes le dieron el aspecto de fortaleza inexpugnable al puerto de La Valeta y a las conocidas como Tres Ciudades.


La Valeta debe su nombre, y su existencia, a Jean de Valette, un noble francés que formó parte de la Orden durante medio siglo y que lideró, como Gran Maestre, el episodio más célebre de la historia del archipiélago: el Gran Sitio de Malta de 1565, una de las historias más épicas del renacimiento. Cuarenta mil turcos intentaron tomar la isla de Malta, protegida por 500 caballeros hospitalarios, dos mil soldados españoles y sicilianos, y tres mil milicianos salidos de la población civil maltesa. Solimán el Magnífico envió nada menos que doscientos barcos para conquistar el archipiélago, crucial para establecer una base que le permitiera invadir Europa desde el Sur. Durante cuatro meses las tropas musulmanas bombardearon las fortalezas de la bahía, reduciendo a escombros buena parte de las ciudades: hasta 130.000 cañonazos impactaron en los muros de la ciudad. Pese a ello, y gracias en buena parte a la labor de Jean de Valette para conservar la moral de los defensores, la isla resistió; más de 30.000 turcos murieron en sucesivas oleadas de ataques contra apenas seis mil defensores, de los cuales un tercio perdió la vida. De hecho, la isla perdió una tercera parte de su población. La inesperada resistencia de Malta llevó a la formación de la Liga Santa y a la histórica victoria en Lepanto apenas cinco años después. Y también a la construcción de La Valeta, considerada como más apropiada para resistir los ataques de una flota enemiga.


Y el próximo día, la segunda parte.
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