Sobre el gris del Océano Glacial Antártico sobresalen los bordes de la caldera de un volcán activo. Desde lejos parece una isla normal, pero en realidad posee la forma de una herradura. La piedra oscura es el reino de los pingüinos barbijos, que tienen en la isla su mayor colonia en todo el planeta. Cientos de focas y decenas de especies de aves marinas también llaman hogar a las ensenadas y montañas de la isla. En su superficie, los restos de sucesivas oleadas de expedicionarios contemplan soles de madrugada y las larguísimas y heladas noches de invierno. El ser humano más próximo está normalmente a más de cien kilómetros, y cualquier lugar merecedor de ser llamado civilización cae a más de un millar. Y allí, exactamente allí, en la Isla Decepción, alguien hizo una pintada, la más meridional, la más remota, y probablemente la más innecesaria del mundo.

Aunque en cualquier monumento griego o romano es fácil encontrar inscripciones equivalentes a «Cayo Lucio estuvo aquí y tenía un badajo enorme», el grafiti como expresión artística urbana nace a caballo de las décadas de los sesenta y setenta en las grandes ciudades estadounidenses, específicamente en Nueva York. Desde allí se extendió a todo el mundo, impulsado por el sentimiento de comunidad de los grafiteros, unidos por la adrenalina, la denuncia y el deseo de ser vistos. Pronto quedaron pocos rincones del planeta sin firmar, con tags burdos o con auténticas obras de arte, a veces estáticas, muy a menudo sobre ruedas. Entre el vandalismo y el arte, los grafitis se convirtieron en una parte inseparable del paisaje urbano, perseguidos por las fuerzas del orden de manera cada vez más frecuente e implacable. Y un día llegaron a la Antártida.


La Isla Decepción no se llama así porque sea, como tú para tus padres, decepcionante, sino porque a primera vista engaña. O eso pensó el tipo que la visitó por primera vez, el norteamericano Nathaniel Palmer, que al timón del Hero se topó con ella en noviembre de 1820. A primera vista parecía una isla normal, pero al rodearla encontraron la enorme entrada a la caldera del volcán, una de las únicas del mundo accesible por barco. Y por eso le puso el nombre: Deception (engaño, tomadura de pelo). Ese mismo verano la isla se convirtió en el campamento improvisado de un montón de cazadores de focas, a las que llevaron al borde de la extinción en sólo un lustro. Cuando se acabaron las focas los cazadores se fueron por donde habían venido, y la fauna regresó a su estado habitual de comer peces, aparearse y descansar en la piedra volcánica. Ochena años más tarde, ya en el siglo XX, los que llegaron fueron los balleneros, hasta 150 cada verano operando una docena de barcos. Una compañía noruega llegó a instalar una factoría para procesar el aceite de ballena, con gigantescas calderas que aún permenecen en pie. Pero cuando el precio del aceite de ballena empezó a descender, también lo hizo el interés de las flotas de pesca, así que en los años treinta de nuevo Decepción se quedó a solas con sus focas y sus pingüinos. Por poco tiempo, eso sí.



Durante la Segunda Guerra Mundial el Reino Unido ocupó de forma permanente algunas islas antárticas para evitar su uso por parte de la marina de guerra nazi. Decepción fue una de ellas. Allí se abrió en 1944 Station B, una base que estuvo ocupada de forma permanente hasta los años sesenta, cuando tuvo que ser abandonada por una erupción volcánica. Porque recordemos que Decepción es un volcán activo. El caso es que los militares británicos, además de destruir otras bases de Chile o Argentina, que también reclamaban el territorio, y siguen haciéndolo, construyeron una serie de estructuras que, junto con las que levantaron los balleneros, han llegado hasta hoy. Entre esas estructuras estaba un hangar para guardar los aviones que llegaran desde las Malvinas. Y fue en ese hangar donde en diciembre de 2024 alguien descubrió con espanto una pintada multicolor, que tenía el mismo efecto sobre el lugar que estampar una tarta de moras sobre el David de Miguel Ángel.

No se sabe quién fue el autor. Podría haber sido uno de los veinte mil turistas que llegan cada año a la isla, pero también algún residente en las dos bases científicas que operan en Decepción durante los meses de verano; la española Gabriel de Castilla y la argentina Base Decepción. A diferencia de lo que sucede en el centro de cualquier ciudad, en la Antártida las cámaras de videovigilancia no abundan, salvo para monitorizar pingüinos, así que el autor del grafiti quedará en el anonimato, salvo que le pillen haciendo otra igual en su lugar de origen. Todos los edificios de la isla anteriores a 1970 se consideran monumento histórico según el Tratado Antártico, así que la vandalización es aún más grave. Para evitar que una isla en la costa antártica se convierta en una esquina cualquiera en el Bronx, y, bueno, porque quién quiere ir al culo del mundo a ver algo que ya tiene en la puerta de su casa, la asociación de Touroperadores antárticos organizó una breve expedición de limpieza al mes siguiente de descubrir la pintada, devolviéndole al hangar británico su (carencia de) brillo tradicional. Cabe preguntarse si de haber resistido medio siglo en el lugar, el grafiti también habría acabado siendo considerado histórico y digno de preservación. Pero por suerte para la estética de nuestros descendentes, no ha sido así.


Fuentes y más info: Wikipedia, National Geographic, IAATO, UK Antarctic Heritage Trust, BBC, Atlas Obscura.
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