Uno nunca sabe qué consecuencias a largo plazo van a tener sus actos. El aleteo de la mariposa tokiota que provoca alteraciones meteorológicas graves en Nueva York. El bombero que salva a un niño que con los años se convierte en médico y le salva la vida a su salvador. En 1831 alguien caminó desde algún pueblo de los alrededores y clavó una cruz de madera hecha con dos ramas y unas cuerdas en la ladera de una pequeña colina en mitad de los verdes campos de Lituania. Esa persona, cuya identidad jamás nos será revelada, no podía saber el alcance de ese gesto sencillo de recuerdo a los caídos en la reciente guerra contra Rusia, una de tantas. No podía saber que en pocos años el pequeño promontorio sería un lugar de peregrinación, y menos aún podía imaginarse que dos siglos después, en una Lituania independiente, no habría una cruz, ni cien, ni mil, sino centenares de miles de todos los tamaños imaginables, traídas por gentes de todo el mundo
