La última vez que la vi era Nochebuena. Sus hijos y los míos cenaban con sus correspondientes mitades opuestas de la familia. Dejamos de hablarnos muy poco después y nunca he vuelto a saber de ella. Le envié una caja con los restos del naufragio (una taza que le había regalado, un jersey olvidado en mi casa, esa clase de cosas), y esa fue la última vez que me escribió. Al día siguiente me percaté de que había olvidado meter en la caja el bote de espuma para el pelo «con color, para morenas» que tenía para cuando se quedaba a dormir. No supe que hacer con él y lo dejé allí, al fondo del armario del baño. Y ahí sigue. Toda esta serie de recuerdos cruzó por mi cabeza mientras miraba un objeto cualquiera en un minúsculo museo del que nunca había oído hablar hasta esa mañana. Miré a mi alrededor. Me di cuenta de que llevaba varios minutos absorto en mis pensamientos. Decenas de personas leían en un silencio sepulcral las historias detrás de objetos absolutamente anodinos. Algunas de ellas tenían incluso los ojos humedecidos. Sin duda, era el museo más raro en el que había estado. Hoy en Fronteras: Zagreb
