Calles sin asfaltar, ninguna carretera que llegue al pueblo, los precios más altos de todo el país, setenta días consecutivos sin luz solar durante el invierno y temperaturas bajo cero nueve meses al año. En las afueras de la localidad hay dos cosas: el hielo del Océano Glacial Ártico y osos polares. En sus calles, un barro gris y mugriento que lo cubre todo. No parece el lugar más apetecible del mundo para vivir, y aún así más de cinco mil personas lo llaman casa. Hoy nos vamos de viaje a Utqiagvik, el pueblo antes (y ahora) conocido como Barrow, el lugar habitado más septentrional de Estados Unidos: setenta y un grados norte.

Es difícil describir la vaciedad del norte de Alaska con palabras, así que lo haré con números. El North Slope Borough, el distrito al que pertenece Barrow, tiene una superficie de 250.000 kilómetros cuadrados; puedes meter dentro la isla de Gran Bretaña y aún te sobra sitio para Irlanda del Norte. Su población total es de 11.000 habitantes. Con esa misma densidad de población, cincuenta veces inferior a la de Mongolia, España tendría 24.000 habitantes, Uruguay 8.000, Argentina menos de 150.000 y Brasil no llegaría a los 400.000. Barrow es la sede del distrito y su ciudad más poblada, pero a diferencia de Prudhoe Bay, la segunda en la clasificación, carece de ccualquier conexión terrestre con el exterior. A Barrow no llega ningún medio de transporte que no sean los aviones de Alaska Airlines subvencionados por el gobierno federal; la única excepción se da en los meses de verano, cuando las aguas árticas se deshielan momentáneamente y las barcazas provenientes de Anchorage pueden descargar en la bahía todo aquello que no cabe normalmente en un avión de carga. Coches, por ejemplo. O maquinaria y materiales de construcción. El mayor empleador del pueblo es el sector público: el ayuntamiento y el distrito, aunque muchos tienen más de un trabajo. Uno de los más cotizados es el de taxista: a cuarenta bajo cero nadie va caminando a ninguna parte. El viaje más barato son ocho dólares. Pero el sueldo de un maestro, que además no paga nada por la vivienda, es de noventa mil dólares anuales, así que un puñado más o menos de billetes verdes en un Uber no supone un problema.


En Barrow el sol se pone a mediados de noviembre y no vuelve a asomar la cabecita hasta mediados de enero. Durante algo más de dos meses, el máximo nivel de luz solar al que pueden aspirar los vecinos del lugar es al cielo azulado de antes del amanecer, durante dos o tres horas. Durante esas semanas las temperaturas oscilan entre los veinte y los treinta grados bajo cero, con picos de hasta cincuenta grados negativos. A cambio, en verano el sol no se pone durante 81 días consecutivos. Para sobrellevar la larguísima oscuridad del invierno, los locales usan lámparas de luz solar y pastillas de vitamina D. No se pasa en la calle más tiempo del estrictamente necesario y la moda consiste en la ropa que le permite a uno mantenerse con vida. «Otoño-Invierno 2026: para seguir respirando». Pero la gente no se queda en sus casas. Hay mucha vida social, la escuela y la iglesia siguen abiertas y se aprovechan las horas de penumbra (el término técnico es Crepúsculo Civil) para cazar los animales que permitirán complementar la dieta. Porque si hay algo que es caro, pero caro de verdad en Barrow, es la comida.


Absolutamente todo lo que se consume en Utqiagvik llega por vía aérea en alguno de los dos o tres vuelos diarios de Alaska Airlines que unen el pueblo con Anchorage. El transporte aéreo es un orden de magnitud más caro que el terrestre, así que los precios generalmente están en consonancia. Y cuanto más pesado o voluminoso es el producto, peor. Un galón de leche sale por unos 13 dólares (unos tres euros el litro, al cambio), el café molido por unos treinta euros el kilo, el detergente líquido por doce dólares (diez euros) el litro, 24 rollos de papel higiénico salen por sesenta dólares (50 euros), el bacon a unos 25 dólares (21 euros) el kilo, y así. Hasta el agua mineral sale a tres euros el litro comprada por galones. Y los productos frescos no se quedan atrás. Un kilo de patatas sale a más de cuatro dólares (tres euros y medio), uno de plátanos a siete dólares (seis euros) y uno de tomates a casi diez dólares (ocho euros). Son precios que duplican tranquilamente los que se pueden encontrar en Anchorage, y aún cuadruplican o incluso más los precios medios de los Estados Unidos continentales. Lo único que no es más caro en Barrow que en el resto del país es el alcohol. No es que sea más barato tampoco. Es que no se vende. En Barrow, como en muchos otros pueblos de Alaska y de Estados Unidos, la ley seca sigue vigente, y aunque está permitido el consumo y la posesión, la venta está totalmente prohibida.


Barrow se llama(ba) así por Point Barrow, el punto más al norte de los Estados Unidos, que está a apenas catorce kilómetros de distancia. El asentamiento ya existía cuando Estados Unidos compró Alaska, y seguramente cuando Colón llegó a América. Los restos más antiguos encontrados por los arqueólogos datan de medio milenio antes de Cristo. Sin embargo, su fundación como municipio moderno no se produce hasta el siglo XX, cuando el servicio postal de EE.UU. abrió una oficina en el lugar, que fue la que le acabó dando nombre al pueblo. Durante el siguiente siglo y pico Barrow se llamó así, pero en plena ola de «descolonización», el ayuntamiento convocó un referéndum para recuperar el que decían que era el nombre ancestral del pueblo, Utqiagvik, que en Iñupiaq, la lengua inuit de la región, significa «lugar donde recoger raíces silvestres». El resultado de la votación fue increíblemente ajustado: 381 votos a favor frente a 376 en contra, sólo cinco votos de diferencia, con una participación inferior al 25% de la población con derecho a voto. Pese a la escasa fuerza real de la reivindicación, el cambio fue aprobado, pero por ese mismo motivo a Barrow se le sigue conociendo así dentro y fuera de la localidad.


¿Pero qué lleva a casi cinco millares de personas a vivir en un lugar tan extremadamente inhóspito, con un clima sacado de una novela de Lovecraft y precios propios de un hotel de cinco estrellas monegasco? El resumen es sencillo: la tradición. La tierra. Utqiagvik fue durante milenios un lugar de caza tradicional del pueblo Iñupiat, mucho antes de que llegaran los europeos y sus descendientes, por su ubicación perfecta para la caza y la pesca. Cuando los primeros balleneros estadounidenses se establecieron allí, los Iñupiat ya llevaban siglos yendo y viniendo por la zona. No existían asentamientos permanentes porque los inuit eran nómadas, pero era ya su lugar en el mundo. Y la modernización, la oficina postal, el aeropuerto, la primera instalación de radar (en 1947) y los vuelos diarios a Anchorage y al resto del mundo no han cambiado el apego que la gente le tiene a la que considera la tierra de sus antepasados. Así que allí siguen.

Fuentes y más info: Wikipedia, Anchorage Daily News, Business Insider, Reddit, USA Today. Hay toneladas de vídeos en Youtube y otros sitios de viajeros que han ido al lugar. Yo me he visto estos: One Square Mile, Drew Binsky, Somers in Alaska (2)
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Puedes encontrar esta historia, y todas las demás, en El Mapa de Fronteras
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