31 de agosto de 1939, ocho de la tarde. En la estación de radio alemana de Gleiwitz, muy cerca de la frontera con Polonia, tres técnicos trabajan, charlan y fuman, compartiendo un rato con un agente de policía que pasaba de visita. Repentinamente, cinco hombres vestidos con uniformes del ejército polaco irrumpen en la emisora y encierran a todo el mundo en el sótano. Encuentran un micrófono y leen un comunicado en polaco en el que llaman al ataque contra Alemania y los alemanes. De fondo se escuchan disparos. Pero no hay nadie que pueda oponer resistencia. En pocos minutos, los asaltantes se marchan. Uno de ellos, aparentemente, ha muerto en el ataque; su cadáver tiroteado aparece junto a la puerta del recinto. La prensa alemana es contundente: Polonia ha invadido Alemania. Adolf Hitler da la orden: a las cinco de la mañana del día siguiente las tropas nazis invaden a sus vecinos polacos. La segunda guerra mundial acaba de comenzar en Europa, usando como excusa el asalto a la estación de radio. Pero en realidad ese ataque no existió. Fue todo una farsa, una excusa para dar inicio al conflicto más sangriento de la historia de la humanidad.
