Como les sucede a todos los padres del mundo, a veces hablando con mis hijos me preguntan cómo era la vida cuando yo tenía su edad, algo que sucedió en la primera mitad de los noventa. Han pasado muchas cosas en el mundo desde aquella época; para empezar la ONU tiene dos docenas de miembros más. El cambio más obvio de todos es el cacharro con el que estás leyendo estas líneas. A principios de los noventa ya existían tanto Internet como la telefonía móvil, pero ambas tecnologías estaban muy restringidas incluso en el país más avanzado del mundo por entonces, Estados Unidos. La explosión de ambas en los veinte años que siguieron al colapso de la Unión Soviética han tenido un impacto en el mundo que sólo podrá ser valorado por los historiadores de finales del siglo XXI. La otra diferencia obvia en la vida de un europeo treinta años después del suicidio de Kurt Cobain es, claro, Schengen.

En el pueblo francés de Apach se levanta una réplica trucha a escala 1:30 de la Torre Eiffel, a poco más de diez metros de la frontera con Alemania. Desde allí se ven las esclusas del Mosela. La otra orilla ya es Luxemburgo. La triple frontera entre todos ellos está en medio del río, señalizada por una minúscula boya blanca con las tres banderas impresas. En el lado luxemburgués del trifinio está el pueblo de Schengen, donde se firmó el Acuerdo entre los Gobiernos de los Estados de la Unión Económica del Benelux, la República Federal de Alemania y la República Francesa relativo a la supresión gradual de los controles en las fronteras comunes, que por razones obvias conocemos como «de Schengen». El acuerdo fue firmado en 1985 por cinco de los diez miembros de la entonces Comunidad Económica Europea, y al margen de ésta. Diez años después, cuando por fin entró en vigor, supuso por primera vez la libertad de movimientos para cientos de millones de europeos; los controles de pasaportes internos quedaron abolidos y las mercancías pudieron circular libremente por toda la Unión sin aranceles ni aduanas.

Schengen tiene una serie de consecuencias económicas evidentes, y un impacto en las zonas fronterizas aún más obvio (la vida en el propio pueblo de Schengen, o en Valga y Valka, o en tantas otras ciudades divididas, es infinitamente más fácil), pero a largo plazo también tiene efectos en el pensamiento y el sentimiento. Prácticamente nadie se considera patriota europeo hoy día, salvo unos cuantos intensitos, pero ¿será igual de aquí a un siglo? Como españoles, la mayoría sentimos que Sevilla es tan nuestra como Madrid, Barcelona, Valencia o Las Palmas de Gran Canaria. De un tiempo a esta parte se percibe cierto sentimiento europeísta que hace que nos sintamos en casa en Estocolmo tanto como en Bilbao y en Zagreb tanto como en Valladolid. Uno siempre es de donde creció, pero entre la facilidad de movimiento, el auge de los vuelos baratos y la universalidad cada vez mayor del inglés los eslovacos pueden llegar a ser tan parientes nuestros como los extremeños.

Gracias al teletrabajo, al algoritmo de precios de las low cost y a Schengen, he podido viajar por toda Europa estos últimos dos años, generalmente pagando menos por cada trayecto de ida y vuelta, en términos absolutos, de lo que costaba un único vuelo nacional hace treinta años. También he recorrido buena parte de España, a saltos en avión o en larguísimos viajes por carretera. Yo estoy cada vez más cerca de ese punto en el que Varsovia me es igual de propia que Huelva (he estado en ambas por primera vez este mismo año). El paneuropeísmo está muy lejos de ser una idea nueva; las primeras formulaciones concretas de un federalismo para Europa datan de finales del siglo XIX, defendidas entre otros por Victor Hugo. El movimiento, casi siempre limitado a lo cultural, ganó cierta tracción en las décadas siguientes, pero las dos guerras mundiales y el crack del 29 entre ellas lo enterraron bajo una montaña de huesos. Sin embargo fue después de que Europa se desangrara en dos guerras absolutamente espantosas cuando rivales de siglos (Francia y Alemania, especialmente) aparcaron sus diferencias por un proyecto en común, proyecto al que se han ido sumando países y ha ido profundizando hasta la Europa de hoy, en la que es posible conducir desde Faro en Portugal hasta Cabo Norte en Noruega sin pasaporte, y de hecho sin mostrar ninguna documentación ni una sola vez.

Hay una sensación generalizada flotando en el ambiente que es cada vez más negativa. Un zeitgeist pesimista, una creencia de que el mundo se encuentra al borde del colapso. No creo que sea el caso, no necesariamente, a no ser que a alguien le de por usar armas nucleares, pero sí que parecemos estar al borde de un cambio de era. Estamos acostumbrados a vuelcos inmediatos y a revoluciones que tumban gobiernos de la noche a la mañana pero los cambios duraderos son siempre lentos. No tengo ni idea de qué nos depara el futuro. Pero hay algo que tengo bastante claro: la primera libertad en caer será la de movimientos. Cuando vienen mal dadas, todas las naciones se repliegan en si mismas. Lo vimos durante el Covid y lo volveremos a ver si Europa acaba convirtiéndose en un campo de batalla una vez más. De la peor guerra Europea nació el mayor proyecto de integración continental de la historia de la humanidad. Quizás de la próxima crisis nazca algo parecido a un superestado donde la ciudadanía sea antes continental que nacional. Mientras tanto yo seguiré dando saltos por los aeropuertos y las carreteras de Europa. Y contándolo aquí.

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Una gran proeza el que se hayan puesto de acuerdo países tan distintos y con antecedentes tan diferentes y hasta enemistados en su momento para gozar de una libertad de tránsito tan ejemplar como la actual. Acá del lado latinoamericano, lograr algo similar suena a utopía a estas alturas.
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