Año 297 de nuestra era. En la isla de Rab, en la costa de la provincia romana de Dalmacia, un cantero al que todo el mundo conoce simplemente como Marinus se entera de que en Rimini están buscando gente para reconstruir las murallas de la ciudad. Así que se embarca en la primera chalupa disponible y se planta al otro lado del Adriático. Después de unos años allí decide ordenarse como diácono, y vive una vida normal, con sus misas y sus piedras hasta que una mujer bastante mal de la chaveta le acusa de ser el padre de su hijo. Marinus, cristiano y poco deseoso de meterse en líos en una época en la que el emperador Diocleciano no les tiene especial afecto a los seguidores de Cristo, decide huir a una montaña cercana, el Monte Titano. Una vez allí se construye una capilla y se encierra en ella a vivir como un eremita. Rápidamente se ganó fama de santo y de curar las enfermedades con la imposición de manos, así que un día la dueña del terreno, también cristiana, decide regalárselo. Era el 3 de septiembre del año 301 de nuestra era, y ese día se considera el de la fundación de San Marino. Cómo un país del tamaño de un bosque pequeñito ha sobrevivido 17 siglos es algo cuanto menos, sorprendente. Y eso es exactamente lo que vamos a ver hoy.

Benvenutti nella antica terra de la Libertá. Eso reza la inscripción el en Ponte de Confini sobre la carretera principal que cruza al pequeño microestado. Llegué allí conduciendo desde Venecia el primer día de un viaje de casi dos semanas que me llevaría a recorrer seis países; la Serenísima República sería el segundo de ellos. De todos los países en los que he estado, San Marino es en el que menos tiempo he pasado. No es raro: con 61 kilómetros cuadrados de superficie y 11 kilómetros de extremo a extremo, hace que Andorra parezca el norte de Canadá, vasto y despoblado. La Lonely Planet le dedica tres o cuatro páginas al país, que pueden parecer dos o tres más de las necesarias en un país con la superficie de Arroba de los Montes, provincia de Ciudad Real, pero el pequeño enclave es, después del Vaticano, el país del mundo con mayor número de lugares patrimonio de la humanidad en relación a su superficie. Tiene nada menos que… bueno, uno.

San Marino tiene unos 35.000 habitantes distribuidos en nueve castelli. Que tus municipios se llamen castillos es un punto muy a favor, he de decir. El castello original es, claro, San Marino, que abarca el centro histórico y el resto del Monte Titano, justo la parte que es Patrimonio de la Humanidad. El resto de castelli se fueron uniendo a lo largo de los siglos hasta conformar la actual configuración territorial a finales del siglo XV. Yo aparqué mi Nissan de alquiler en el único aparcamiento público disponible bajo las murallas y me dediqué a recorrer el centro durante unas seis o siete horas. En mi bucket list estaba, claro, tomar el teleférico, que tiene el divertido nombre de Funivia y une Borgo Maggiore con el casco histórico. En vez de aparcar abajo y luego subir, aparqué arriba y luego bajé para volver a subir. Es difícil ser guiri a veces. Además del teleférico, de comprar imanes y de enviar postales, la visita obligada era a las tres torres del Monte Titano, que son, en parte, responsables de la supervivencia del país.

Marinus de Dalmacia mantuvo su comunidad monástica el resto de su vida, que no fue precisamente breve. Durante décadas, el Monte Titano se mantuvo como una fortaleza inexpugnable, ajeno a las persecuciones contra los cristianos por su endiablada orografía y fácil defensa. Los seguidores de Jesús dejaron de estar perseguidos una década después de que el cantero dálmata se instalara en las montañas, y para entonces el lugar ya era una referencia para los cristianos de toda la región. Cuando le llegó la hora, Marinus pronunció sus últimas palabras: Relinquo vos liberos ab utroque homine. Os libero de ambos hombres. Los dos varones en cuestión eran el emperador de Roma y el Papa de ídem, las dos personas más poderosas de su tiempo. Y en esas palabras de esperanza y libertad se funda la existencia de la Serenísima República. Aunque el lema de San Marino a lo largo de los siglos parece ser otro algo más prosaico: «Que me dejéis en paz».

Toda la historia de San Marino el dálmata es pura leyenda, claro. Probablemente una invención. Ni siquiera es un santo de verdad, para empezar. El registro más antiguo que se tiene acerca de la existencia de un señor llamado Marinus que nació en Dalmacia y se fue a Rimini para acabar fundando un monasterio es el del siglo X, más de medio milenio posterior. El documento más antiguo que se conoce sobre la existencia de una comunidad de monjes en el Monte Titano es del año 755, con el nombre de Castellum Sancta Marini. La historia anterior a esa época es con total seguridad un conjunto de leyendas creadas muchos siglos después (como suele pasar en la historia medieval, por otro lado), pero, ,¿sabéis qué? Da igual. Para cuando San Marino cumplió cosa de un milenio criando malvas, la comunidad que él formó llevaba funcionando de manera más o menos independiente muchos siglos. En el siglo XIII se instauró el sistema de gobierno y de jefatura de estado que sigue vigente hoy: los Capitanes Regentes. San Marino es la única diarquía del mundo, y además escoge a sus jefes de Estado cada seis meses. No se les puede reelegir (no de forma consecutiva, al menos) así que un adulto sanmariniense tiene más o menos una posibilidad entre cien de acabar siendo jefe de estado de su país en algún momento de su vida.

Las ciudades-Estado fueron el modelo de organización territorial más extendido en Europa durante siglos; el Sacro Imperio Romano-Germánico tenía tantas que en la Wikipedia las tienen que listar separadamente por orden alfabético. Unas mil ochocientas en su apogeo, con muchas más que aparecieron y desaparecieron a lo largo de los siete siglos de existencia del imperio. San Marino era lo normal, no una excepción. Tampoco eran excepcionales las invasiones de unos territorios a otros, y durante la edad media la republiquita fue conquistada y ocupada varias veces, pero sus buenas relaciones con el papado siempre acababan salvándoles la papeleta. Y esa es la clave de la pervivencia de San Marino a lo largo de los siglos. La diplomacia. En 1463 cinco pueblos se unieron a la república, cuyo territorio casi se triplicó. Es el país que ha llegado hasta hoy. En el siglo XVII el papado lo reconoció como estado independiente después de más de 1.300 años de existencia, gracias a sus buenas relaciones. Durante las guerras napoleónicas, las mismas que hicieron desaparecer a estados milenarios como Venecia, Lucca, la Toscana o Ragusa, San Marino se ganó la amistad del mismísimo Napoleón, que prometió respetar su integridad mientras conquistaba toda Europa. Hasta les prometió territorios y salida al mar, pero los capitanes regentes declinaron la amable oferta: «Las guerras acaban, pero los vecinos permanecen». La sabia decisión permitió que la Serenísima fuera reconocida por Europa en el Congreso de Viena y garantizó su minúscula presencia en el concierto de las naciones. Y finalmente llegó lo de Garibaldi.

Desde lo alto del Monte Titano se ve el mar, a menos de veinte kilómetros. Es el punto más alto del país, con más de setecientos metros de altitud. Allí se encuentra la Torre de la Cesta, una de las tres torres de San Marino, que también forman parte del Patrimonio de la Humanidad. Las vistas sobre el valle del Po, medio kilómetro más abajo, son absolutamente espectaculares. Para llegar hasta lo más alto del país basta un paseo de tres cuartos de hora desde el parcheggio donde deposité mi coche, lleno de bares, tiendas de recuerdos y museos. De hecho el país está lleno de las tres cosas allá donde mires. Museo de la Curiosidad, Museo de la Criminología Medieval, Museo de las Criaturas de la Noche (licántropos y vampiros), Museo de los sellos y las monedas, Museo de Cera (por supuesto)… yo me metí en el Museo Estatal de San Marino, de muy, muy lejos el menos divertido de todos, pero que muestra un puñado de objetos históricos y obras de arte representativas de la historia del país. La entrada a la Torre Cesta daba también acceso a otras dos exposiciones, pero la luz solar desaparecía a pasos agigantados y tenía que conducir hasta Bolonia, la siguiente etapa en mi viaje. Así que me conformé.

Volviendo a Garibaldi: Después de ganarse a Napoléon y de su reconocimiento internacional en el Congreso de Viena, San Marino se encontró en el límite de los Estados Pontificios, que intentaron por dos ocasiones hacerse con el territorio de la República, sin éxito. El movimiento de unificación italiana empezó a ganar tracción a partir de mediados del siglo XIX; en 1849 Roma fue tomada por los republicanos, que expulsaron al Papa del poder y establecieron una serie de medidas revolucionarias para la época, como la libertad religiosa o la abolición de la pena de muerte. El experimento no duró mucho, y fue aplastado por las tropas francesas que acudieron al rescate del pontífice. Giuseppe Garibaldi, uno de los líderes más carismáticos de la revolución, acabó recalando en San Marino durante su huída, perseguido por miles de soldados austríacos. Allí pronunció una de sus frases más famosas: «Vengo a pedir asilo político y un poco de pan».

Los capitanes regentes, pese a las enormes presiones del Papa y de Austria, decidieron facilitarles el paso, al igual que habían hecho y seguirían haciendo con muchos de los simpatizantes de las revoluciones de 1848. Gracias a eso, cuando en 1861 se proclame el Reino de Italia, San Marino tendrá el agradecimiento del nuevo país, que proclamará su amistad eterna y su reconocimiento. Durante las guerras mundiales San Marino se proclamó neutral, y consiguió evitar que el gobierno fascista de Mussolini invadiera el país poniendo en el poder al fascismo ellos mismos. Entre bueyes no hay cornadas, que le dicen. Pero al igual que sucedió en las guerras napoleónicas siglo y pico antes, la república evitó las consecuencias de la derrota manteniéndose neutral. Y así, con diplomacia, tacto y un poco de buena suerte, es cómo un país del tamaño de un municipio rural medianito y con la población de un suburbio de extrarradio acabó con un asiento en la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Fuentes; Wikipedia, San Marino Site, Apere Tours, Geopop, Geography Now, BBC.
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No quisiera irme, querido lector, querida lectora, sin recordarte que tienes cien historias igual o más entretenidas que esta en un formidable opúsculo que responde al nombre de HISTORIONES DE LA GEOGRAFÍA, que casualmente he escrito yo, y que COMPRA MI LIBRO COMPRA MI LIBRO COMPRA MI LIBRO COMPRA MI LIBRO.
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