Cuando el cielo cayó sobre nuestras cabezas. Un True Crime del Ártico

Lo mejor de este blog son sus lectores, os lo tengo dicho. Hoy es nuestro amigo Santiago Cuadro, desde Montevideo, Uruguay, a quien los lectores con mejor memoria recordarán narrando la historia de un pueblito canadiense devenido en granja de Bitcoins. En esta ocasión nos deleita con una tremenda historia que merece una lectura reposada y con tiempo. Policías Montados, inuits, biblias, hielo, remordimientos y redención, todo en mitad de la II Guerra Mundial. Que la disfrutéis.
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El 12 de marzo de 1941 fue un miércoles particularmente frío. Ernie Riddell, encargado del solitario expendio que la Compañía de la Bahía de Hudson tenía en el archipiélago de las Islas Belcher (y uno de los dos únicos blancos residentes allí junto con su empleado, Lou Bradbury) le pidió a un conocido, un inuit llamado Peter Sala, si se ofrecía a guiarlo a él, su trineo y sus perros a través de una congelada bahía de Hudson hasta Fort George en la costa norte de Quebec, donde debía hacer unas diligencias relativas a su trabajo. Sala aceptó, pero el viaje fue incómodo. Durante el transcurso del mismo un angustiado inuit le repetía constantemente a Riddell: “Soy una mala persona” sin especificar los motivos, mientras soportaban ventiscas perennes de nieve, temperaturas largamente bajo el punto de congelación y atravesaban un medio ambiente tan hostil que no se podía discernir dónde terminaba el hielo, o comenzaba el cielo. Una vez llegados, Sala finalmente se quebró y fue a buscar a su viejo conocido Harold Udgaarten, empleado de larga data de la Compañía de la Bahía de Hudson en Fort George, para hacerle una confesión: había asesinado a tres personas.
Puesto de la Compañía de la Bahía de Hudson en Fort George, Quebec, en 1888. 53 años más tarde, dentro de estas paredes, la confesión de Peter Sala viajaría de costa a costa a través de Canadá teniendo eco incluso fuera de sus fronteras.

El archipiélago de las Belcher es uno de esos lugares del planeta en donde cuando hay un sonido que pueda devenir en un eco, inmediatamente se vuelve parte intrínseca de la nada que lo rodea, sin respuestas ni consecuencias. Situadas en la bahía de Hudson, al norte de la bahía de James y lindando con el arco de Nastapoka que las separa de Quebec, sus 2.896 kilómetros cuadrados de tierra emergida permanecieron desde el proterozoico sumidos en la ignominia geográfica. El primer registro de las islas hecho por un europeo fue el del explorador británico Henry Hudson en 1610 mientras buscaba una ruta hacia el Pacífico; un año más tarde, tras sobrevivir un invierno en el ártico, su tripulación se amotinó y dejó vagando a su suerte al bueno de Enrique, junto con su hijo y siete marineros que le fueron fieles. Si bien no se sabe a ciencia cierta, se cree que Hudson y los suyos pasaron sus últimos días en las Belcher.

Situación del archipiélago de las Belcher en un mapa político actual de Canadá. Antes de la creación del Territorio de Nunavut en 1999, las islas pertenecían administrativamente a los Territorios del Noroeste. Fuente: Alchetron.com

Luego del siglo XVII las islas fueron virtualmente olvidadas. Ni exploradores europeos, ni colonizadores provenientes del actual Canadá continental se ocuparon de cartografiarlas, explorarlas o asentarse en ellas. Allí continuaron su marcha a través de los tiempos, siendo el hogar esporádico del pueblo inuit desde el año 500 antes de nuestra era. Claro, si no se es inuit precisamente, considerar “hogar” a un lugar donde la temperatura en verano alcanza un tope de 10° C y un promedio de -27° C es complicado. Su superficie se compone de rocas metasedimentarias que durante eones sirvieron de asiento a los glaciares infinitos de la Edad de Hielo; y con suerte ahí crece algún liquen o arbusto de los que se alimenta algún caribú cuando la predominante bahía de Hudson se halla congelada. Y a veces ni siquiera eso. Hay documentadas decenas de temporadas en donde los caribúes brillaron por su ausencia y los inuit isleños tuvieron que arreglárselas con lo que tenían para sobrevivir; echando mano a las plumas de los eideres que allí anidan, para confeccionarse algo que les deje aguantar el frío indescriptible.

Niño inuit de las Belcher fotografiado por Robert Flaherty alrededor de 1915, ataviado con su abrigo de plumas de eider; el cual era el principal identificador de los qiqiktarmiut (inuts isleños) respecto de sus contrapartes en tierra firme, quienes se confeccionaban abrigos de piel de caribú. La mejilla izquierda del chico está congelada. Fuente (PDF)
Recién en 1910 se reavivó el interés por documentar la geografía de las islas, dado que podían contener largos depósitos de hierro extraíbles y por supuesto, ser comercialmente rentables. Sir William McKenzie, presidente de la Canadian Northern Railway, contactó al explorador Robert Flaherty para llevar a cabo la faena, quien fue dicho sea de paso el primer qallunaat (forastero) en pasar un invierno en la isla que a la postre lleva su nombre; “documentando” con una cámara portátil Bell & Howell la vida de los inuit residentes allí y redactando el vasto informe The Belcher Islands of Hudson Bay: their discovery and exploration.
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Sin embargo, previo al interés capitalista por las islas, existió el interés de Dios. La presencia de la Iglesia Anglicana en la región se remonta a 1852. En ese año la susodicha se instala en Fort George, sí, ese puesto de la Compañía de la Bahía de Hudson frente a las Islas Belcher. Dos misioneros puntualmente, el reverendo Peck (apodado El apóstol de los esquimales) y el reverendo Walton (con un apodo un poco menor en rimbombancia, El reno Walton) fueron muy conocidos por los inuit de la zona dada su intensa labor misionera durante la segunda mitad del XIX e inicios del XX. El apóstol y El reno eran asimismo excelentes lingüistas, quienes lograron traducir al silabario inuktitut el Nuevo Testamento, el Breviario anglicano y numerosos cánticos e himnos religiosos. Muchos inuit, lejos de permanecer indiferentes ante estos mensajeros de un dios ajeno, recorrían alrededor de 1.000 kilómetros a través de la tundra quebequesa y de los entonces Territorios del Noroeste (actual Nunavut) para congregarse en Fort George, donde se disponían a asistir a la iglesia y de paso comerciar. Varios de ellos provenían de las islas.
Iglesia Anglicana en Fort George, Quebec, en 1888
Reverendo Edmund J. Peck (conocido entre la comunidad inuit como Uqamaaq, “El que habla bien”) en un retrato de 1904. Fuente: Wikipedia

Así transcurría el ciclo de la vida por esos parajes. Sin embargo, la cosa no estaba fácil en el archipiélago. Hacía cincuenta años que los caribúes habían cambiado sus patrones migratorios abandonando a las Belcher como parada obligatoria, privando a sus exiguos habitantes de su preciada carne y su no menos valioso cuero. Además, el valor de la piel de zorro había disminuido su valor de cuarenta dólares canadienses en 1920 a sólo diez, veinte años después; los qiqiktarmiut dependían de la caza del zorro (además de la caza de focas, morsas y osos polares) para poder intercambiar su piel o el marfil de las morsas en los puestos de la Compañía de la Bahía de Hudson por víveres, desde tabaco, té, azúcar y galletas hasta cuchillos, pólvora y municiones.

Reverendo William G. Walton en traje de piel de foca, fecha desconocida. Fuente: Laurentian University
Antes de 1933 los isleños debían esperar a que llegara febrero y marzo, para que la bahía se congelara lo suficiente y poder alcanzar Fort George vía trineo (y aprovisionarse para el resto del año), pero luego de esa fecha la compañía abrió un puesto en las Belcher regenteado por los dos únicos blancos residentes; Ernie Riddell y Lou Bradbury. En palabras de un observador de la empresa: “Este puesto fue originalmente establecido por la compañía, no porque sea rentable sino por pedido expreso del gobierno, en el sentido de que a través de él se puede brindar alivio y ciertos suministros a los esquimales de los que se cree, están sobre el punto de la inanición“.

Así las cosas, los inuits del archipiélago buscaban explicaciones a sus calamidades en su religión tradicional. Los chamanes, miembros de la sociedad que ofician de puentes entre el mundo de los espíritus y la existencia terrenal, investigan en el otro mundo respuestas a sus cotidianidades en el nuestro. Empero, los cambios mencionados anteriormente, podrían (porque no deja de ser una hipótesis) haber causado que los inuits de las Belcher dejen de lado su religión tradicional, o al menos en parte, intentando encontrar alivio en el cristianismo y siendo así más permeables a las enseñanzas de los misioneros anglicanos, favoreciendo el sincretismo.

las Islas Belcher desde el espacio. Fuente: Pinterest
Regresamos a marzo de 1941. Harold Udgaarten, a quien habíamos dejado recibiéndo atónito la confesión de su viejo conocido Peter Sala, no daba crédito a lo que acababa de escuchar. El chisme no tardó en ser telegrafiado a las oficinas centrales de la compañía en Winnipeg reclamando una investigación policial. Tras dos semanas estacionados en Fort George, Sala volvió a las Belcher junto con Riddell y el reverendo George L. Neilson, encargado de la misión anglicana, quien se dispuso a colaborar con el esclarecimiento de los hechos oficiando de intérprete. El caso fue asignado al inspector D. J. Martin de la Real Policía Montada, quien despegó desde Moose Factory (una aldea situada en la costa norte de la Provincia de Ontario, sobre la bahía de Hudson), tras iniciar la primavera boreal de 1941 y el clima era apenas más benigno. La presencia de la autoridad en las Belcher puso sumamente nerviosos a Riddell y Bradbury, quienes temían represalias por parte de los isleños. No estaban mal rumbeados (algunos de ellos consideraron matarlos o cuando menos, destruirles el aparato de radio que tenían en el expendio), pero finalmente declinaron ya que al fin y al cabo, no se llevaban mal con el par de blancos que les suministraban té y municiones.
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Una vez en el archipiélago, Martin se dispuso a reunir a todos los implicados y proceder a interrogarlos, tarea bastante compleja para ser realizada casi que en solitario en el medio de un desierto helado; empero, los inuit consultados narraron los hechos sin ningún tipo de reparo. El clima obligó a Martin a volver a Moose Factory antes de lo previsto, ya que se estaban formando importantes bancos de niebla en las islas que retrasarían la búsqueda de los demás implicados. Así las cosas, el montado despegó junto con tres inuits, dejándole un recado a Charlie Ouyerack, uno de los principales sospechosos: el Umeealik (jefe) estaba desilusionado y quería que Charlie dejara de jugar a ser Dios. Los montados pensaban volver en agosto a bordo de un rompehielos para terminar el trabajo, mientras los tres inuits que viajaron por primera vez en una aeronave (entre quienes estaba Mina Sala, hermana de Peter Sala) arribaron a Moose Factory donde se dispusieron a colaborar con las tareas diarias en la aldea fundamentalmente cortando leña, tarea por demás novedosa considerando que en las Belcher no crece ningún tipo de árbol.
Monomotor Noorduyn Norseman de la Real Policía Montada Canadiense, similar al utilizado por el inspector Martin para arribar a las Belcher. Fuente: Bureau of Aircrafts Accident Archives)
Un mes más tarde, el Consejo de los Territorios del Noroeste recibió un informe firmado por Martin, con base a la información que había podido recabar. Allí el uniformado advierte acerca de la investigación en curso sobre no dos, sino nueve muertes en las islas: dos hombres y una adolescente brutalmente asesinados, y dos mujeres y cuatro niños muertos de hipotermia tras hallarse internados en las gélidas aguas de la bahía sin ningún tipo de vestimenta. Todos ellos inuits, con un intervalo de siete semanas entre un suceso y el otro. A priori es un rompecabezas sin sentido alguno: ¿por qué gente ávidamente experimentada en el conocimiento capilar de su entorno, como los inuits, se internaron en el mar sin vestimenta, bajo temperaturas incompatibles con la supervivencia humana? ¿Y qué tenía eso que ver con los asesinatos cometidos por Peter Sala? Sin dudas, el trabajo de Neilson como intérprete fue clave. Logró averiguar que el móvil que conectaba ambos sucesos fue una malinterpretación de las lecturas de la Biblia. Lo cual cobraba sentido ya que, como declara Martin en su informe: “(…) ningún misionero ha estado en las Islas Belcher desde 1924, pero los nativos utilizan el libro de oraciones, Nuevo Testamento y el himnario traducido para ellos por los reverendos E. J. Peck y W. G. Walton“.
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La reconstrucción de los hechos muestra que en una noche de comienzos de enero de 1941 (recordemos, pleno invierno boreal), se suscitó una lluvia de meteoros o estrellas fugaces bastante importante. Este espectáculo de la bóveda celeste motivó una discusión entre varios inuit sobre si lo que estaban contemplando era una señal del Todopoderoso; entonces Charlie Ouyerack y su compañero Peter Sala anunciaron a los qiqiktarmiut presentes que el primero era Jesús, el segundo Dios en persona, y que el fin estaba próximo. “Kugveet me ha dicho: ‘Tú no eres un esquimal ordinario, luces mucho mejor que el resto de nosotros‘”, “Kugveet me dijo que yo era intocable (…) sagrado“, declaró Peter Sala ante el forense. Los presentes “estaban rezándome como a Dios” y por ende “a veces pensaba que era Dios (…) no creía que mi cuerpo era el de Dios, sólo mis pensamientos“, lo cual podría indicar un sincretismo entre la posesión espiritual inuit y la encarnación cristiana. Acto seguido, a sabiendas de que según las enseñanzas anglicanas “cuando Jesús llegue no habrá ninguna necesidad de trabajar“, decidieron eliminar sus escasos bienes materiales: prendieron fuego los libros de Peck y Walton, y empuñaron un rifle para dispararles a algunos de sus perros, destruyendo los trineos posteriormente. Este patrón de destrucción, propio de los cultos milenaristas, se repetiría en el futuro.
Las cosas tomarían giros concéntricos hacia hechos más apocalípticos. El 26 de enero de 1941, 45 personas, entre niños y adultos, se concentraron en la isla Flaherty para celebrar una especie de servicio religioso presidido por Charlie Ouyerack. Alec Apawkok, uno de sus seguidores, le preguntó a su hermana Sarah si efectivamente creía en el retorno de Jesús, a lo que ella respondió que no. Inmediatamente fue apaleada por varios de los presentes con enowtuks (palos utilizados para remover la nieve de la ropa) hasta dejarla inconsciente, y en ese estado fue trasladada hasta un iglú donde una viuda llamada Akeenik la liquidó golpeándola en la cabeza con la culata de un rifle provocando la muerte. Tenía apenas trece años de edad. El mismo día también se suscitó una riña por motivos no especificados entre Keytowieack, un hombre de 46 años de edad, y Ouyerack, quien lo golpeó con un pedazo de madera en la cara. Al día siguiente, 27 de enero, Ouyerack encontró a Keytowieack sentado en su iglú en una actitud de oración, y al no encontrar respuesta después de empujarlo con un arpón, lo golpeó con el mismo en la cara mientras otro de los seguidores de Ouyerack le terminó disparando en el hombro y finalmente en la cabeza. Así transcurrieron dos semanas desde las primeras muertes. Por supuesto, la autoridad policial o el gobierno del hombre blanco ignoraba aún los sucesos en desarrollo en ese rincón, nunca mejor dicho, dejado a la buena de Dios.
Los estromatolitos de 1,8 millones de años de antigüedad conforman el paisaje predominante de las Belcher. Fuente: 3 Belcher Islands stromatolites, 1.8 Billion years old, Hudson Bay,… | Download Scientific Diagram (researchgate.net)
 Llegó el 9 de febrero y Ouyerack se encontraba predicando en la isla Tukarak a un grupo de alrededor de siete personas, con la dinámica acostumbrada: él era la personificación de Jesús y Dios, y en consecuencia, todos los esquimales debían ser sus seguidores. Un inuit de nombre Keytowieack dudó respecto de tales afirmaciones, para ser inmediatamente denunciado como un “ladrón” y como el “demonio” incluso, siendo disparado tres veces (dos veces en la espalda y un tiro en la cabeza) según orden específica de Ouyerack al suegro de la víctima. La gente presente se regocijó con la muerte de quien desconoció a Ouyerack como la encarnación de Jesús (“Esta noche dormiremos bien, ahora que está muerto” dirían en el grupo según declaración de Moses, un inuit que se negó a dispararle a Keytowieack). Incluso su ahora viuda admitió sentirse “un poco contenta” con el asesinato. Peter Sala arribó al lugar de los hechos y sugirió cubrir el cuerpo sin vida de Keytowieack con rocas dispersas sin ningún cuidado, a contramano del ritual inuit tradicional para sus fallecidos.
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Finalmente, el 29 de marzo, se suscitó la última andanada de homicidios cuyas víctimas involucraron a la familia de Peter Sala: su hijo Alec, su hijo adoptivo Johnnie, sus dos nietos, Johnasie y Moses, la madre de ellos, Kumudluk Sarah y la madre de Peter Sala, María Nukarak. La instigadora de la tragedia fue Mina, la mencionada hermana de Peter Sala quien mantenía una relación sentimental con Ouyerack, y estaba notablemente influenciada por sus prédicas. En otro servicio religioso, esta vez en la isla Camsell, llegado el mediodía Mina comenzó “mediante amenazas y gesticulaciones” a coaccionar a alrededor de una docena de personas allí presentes a internarse en las gélidas aguas de la bahía de Hudson. En palabras del inspector Martin de la Policía Montada, “Ella logró aterrorizar a los nativos corriendo alrededor y entre ellos, y tras advertir que ‘Jesús está por llegar’, hizo que todos se quitaran sus parkas y algunos sus botas, incluyendo a su esposo Moses“. A continuación, mientras la docena de inuits se alejaban de la orilla, se llevó los pantalones de los niños para que no se los pudieran volver a poner, además de destruir un rifle y matar a los perros con los que llegaron a la isla. La firme creencia de la segunda venida de Jesús motivó la acción, argumentando que era necesario estar ante Su presencia sin ningún tipo de bien material, como en el primer asesinato.
Para esas fechas las noticias de las muertes comenzaron a alcanzar los periódicos en el Canadá continental, y el tema se empezó a mover. La breve investigación preliminar se llevó a cabo en abril, en mayo se expidió el forense acerca de las muertes y se montó un juicio durante apenas dos días de agosto en las Belcher. Tal y como había ocurrido hacía casi treinta años por el asesinato de los padres Rouviere y LeRoux, si las dificultades logísticas y económicas para conducir una investigación y llevar a cabo un juicio en una región tan vasta como Namibia y con una población ligeramente superior a la marciana eran enormes, había que añadirle una pequeña complicación extra: para agosto del 41 la Segunda Guerra Mundial se estaba complicando lejos de mejorar y los pilotos disponibles en Canadá se encontraban cruzando el charco cazando nazis. Sin mencionar que llegar a las Belcher por barco era traicionero incluso en el verano.
Sin embargo, llegó agosto y haciendo gala de una formalidad muy británica, el juicio se celebró en el archipiélago como las leyes mandaban colocándose una carpa blanca expresamente para la ocasión, la cual esperaba el desembarco del juez Charles P. Plaxton, el concejal de la Corona Richard A. Olmstead, el concejal de la defensa J. P. Madden, y un jurado igualmente caucásico compuesto por dos mineros que trabajaban en las Belcher, dos periodistas, un ingeniero naval y Ernie Riddell, el encargado del puesto de la Compañía de la Bahía de Hudson. El veredicto del juicio exprés fue que de los siete inuit acusados en los asesinatos, tres (Charlie Ouyerack, Peter Sala y Adlaykok) fueron encontrados culpables y sentenciados, a uno (Quarack) se le suspendió la sentencia de asesinato y los demás (Alec Apawkok, Akeenik y Mina Sala) fueron encontrados inocentes, o incapaces de declarar para el tribunal (Mina fue diagnosticada con “demencia progresiva precoz” por el forense pese a que dos instituciones psiquiátricas de Toronto manifestaron su buen estado de salud mental, y se la apartó del juicio).
Para el derecho penal canadiense, los asesinatos en las Islas Belcher plantearon problemas desconcertantes. Independientemente de los aspectos logísticos, en términos morales el apropiado castigo para los crímenes fue intensamente debatido, ya que apresar a los involucrados suponía privar a los exiguos inuit de las islas de sus mejores cazadores y limitar sus posibilidades de supervivencia en un entorno hostil antes que riguroso; al final poco importó. Asimismo, declaraciones como la del juez Plaxton dan cuenta de la prevalencia de una mentalidad colonial: “Estos esquimales se encuentran efectivamente en un estadío tan temprano de la evolución como seres humanos (…)”. El concejal de la Corona, Richard A. Olmstead, iba aún más lejos: “Recomiendo encarecidamente que nunca más se utilicen las previsiones del Código Penal entre los esquimales. El tope de la jurisprudencia canadiense no fue redactado para adecuarse a la mentalidad de esta gente primitiva“. Asimismo, recomendaba una política de no interacción entre el hombre blanco y el nativo: “Esta gente (debería) ser dejada a su suerte en lo que respecta a la intervención por parte del gobierno (…) A menos que hasta que alguna iglesia considere que vale la pena colocar a un misionero de manera permanente en las islas, no debería realizarse ningún intento de instrucción religiosa a los esquimales“.
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Cobertura del juicio realizada por el Ottawa Citizen en su edición del 27 de agosto de 1941. En la fotografía del centro, arriba, se ven de izquierda a derecha Alec Apawkck, Charlie Ouyerack y Peter Sala, Fuente: 27 Aug 1941, 6 – The Ottawa Citizen at Newspapers.com
En tanto, la reacción de los periódicos canadienses de la época se dividían en dos corrientes: o los inuit hicieron uso de demasiado celo hacia la religión cristiana (siendo vocablos de uso común entre los periodistas términos como “frenesí“, “histeria” o “manía“, a la hora de intentar explicar lo sucedido), o por el contrario, los inuit fueron muy pobremente educados acerca del cristianismo, llevando al fatídico desenlace. Por supuesto, ambas visiones dan por hecho que antes de la introducción de las misiones en el norte canadiense, los inuit carecían de religión alguna; además de suponer que el pueblo originario de estas vastas regiones de la tundra poseían una mentalidad poco menos que infantil. La nota del Toronto Star del 26 de julio de 1941 es un paradigma de lo expuesto: “La extraña historia de las tierras del norte comienza en 1924 cuando un misionero dejó una copia del Nuevo Testamento en idioma esquimal, en las Islas Belcher. Les llevó muchos años armar el rompecabezas que suponía entender la historia de El Maestro. Muchos no pudieron entenderla“.
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Una vez que el jurado dio su veredicto y los sospechosos condenados, los magistrados abandonaron las Belcher tan rápido como llegaron, y en apariencia todo volvió a la helada calma de siempre. Pero algo se había roto en ese rincón de la tundra canadiense. Y curiosamente, la carpa donde se celebró el juicio nunca fue desarmada, como un irónico recordatorio para los qiqiktarmiut del triste acontecimiento con que el año de 1941 dio inicio. El reverendo Neilson quiso darle un nuevo sentido a aquella carpa y, después de 17 años, un misionero volvió al archipiélago a realizar algo que ninguno de sus antecesores logró: empezar a dar servicios religiosos en las islas. En sus sermones en inuktitut Neilson se dirigía a la comunidad, completamente destrozada por lo acontecido, enfatizando en que la Biblia prohíbe arrebatarle la vida al prójimo y exige obediencia a Dios. Un cabo de la Real Policía Montada que lo acompañaba, W. G. Kerr, aprovechó la ocasión para recordarles a los inuit la conducta esperable por parte del hombre blanco a partir de entonces: los conceptos teológicos manejados con anterioridad a los asesinatos debían ser abandonados, para que sólo ellos puedan ser capaces de gobernar sus acciones de modo responsable sin intervención de los forasteros que venían de lejos.
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Tras el juicio, los involucrados transitaron por distintos derroteros. Charlie Ouyerack, quien se presentara ante su comunidad como la reencarnación de Jesús, falleció de tuberculosis durante su primer año de prisión en Moose Factory. Mina Sala, si bien no fue encarcelada, tuvo un destino igual de trágico o peor: tras los asesinatos fue considerada una paria por los qiqiktarmiut y vivió vagando junto con su hermano, Peter Sala, de poblado en poblado por la infinita tundra quebequesa. Peter Sala completó su sentencia en Moose Factory y tras su liberación se dedicó a acompañar a su hermana, recalando finalmente en una especie de exilio en Fort George, frente al archipiélago al que tanto las autoridades canadienses como su misma comunidad lo impedían regresar. Hacia 1981 logró la autorización de la Policía Montada para cruzar el estrecho y poder visitar a sus ocho nietos residentes en Sanikiluaq. En ese entonces los habitantes del pequeño poblado isleño no lo animaron a quedarse. Pero finalmente en 1983, se le concedió su deseo de terminar sus días acompañado de sus nietos en las islas que lo vieron crecer.
Sanikiluaq, el único asentamiento de las Islas Belcher (formado hacia 1970), en octubre de 2020 desde un dron. Fuente: CBC North en su página de Facebook.
El rol de Peter Sala dentro de los hechos es quizá el más conmovedor. Antes de los asesinatos era considerado dentro de su comunidad y los pocos blancos residentes allí como un gran cazador con una muy buena reputación, posición que quizás llevó a que Charlie Ouyerack lo nominara ante la comunidad como la reencarnación misma de Dios, mientras otros inuit reclamaban ese honor. Sin embargo Sala siempre lamentó su rol en los asesinatos, lo que lo empujó a confesar lo sucedido ante Udgaarten aquel frío miércoles de marzo calificándose constantemente como una “mala persona” y desatando la andanada de acontecimientos posteriores. Y como si la culpa no fuera suficiente, tras la confesión y al volver a las Belcher descubrió horrorizado que su hermana Mina había llevado a varios miembros de su familia a una muerte segura, al internarlos desnudos en las congeladas aguas de la bahía de Hudson. El cabo Kerr, que estaba presente en los sermones de Neilson tras el juicio, había sido finalmente designado como custodio de los prisioneros de Moose Factory. Estando allí describió sus impresiones sobre Peter Sala de la siguiente manera
Está incuestionablemente arrepentido de sus acciones, y ha declarado asimismo que él era el culpable de la difícil situación de los demás procesados, no en el sentido de que se considerara a sí mismo instigador de los crímenes, pero sí que, como líder de su comunidad, debería haberlos prevenido. La pérdida de su madre, hermana e hijos, bajo ninguna duda calan muy hondo en su conciencia. Y su proceder es el de alguien que ha incurrido en una falta, y está haciendo todo lo posible para repararla en el sentido más amplio del término.
Estamos en marzo de 2021, y si bien ochenta años han transcurrido desde los crímenes, el omnipotente frío de las Islas Belcher no deja (o no dejaba) que las heridas terminen de cicatrizar. Hace veinte años, en 2001, el escritor estadounidense Lawrence Millman desembarcó en las islas donde encontró evidencia de vergüenza colectiva entre sus habitantes, que luego trasladó a su libro At the end of the world. Por esa época, un habitante de Sanikiluaq le preguntaría retóricamente al respecto: “Si tu hija fuera violada, ¿irías por ahí hablando de eso?“.
Sanikiluaq, Nunavut, en 2021. La localidad tuvo el dudoso honor de registrar el primer caso de Coronavirus en Nunavut, en noviembre de 2020
Fuentes terciarias: LIFE – Google LibrosRCMP-RRCMP-1942-eng (publicsafety.gc.ca) (Reporte anual de la Real Policía Montada del Canadá para el año 1942, página 36), Belcher Islands – Life in Canada’s Frozen North (thesatmosphere.com)
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Más historias del Ártico:
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Bloody Falls of Coppermine – Sobre otros inuits sometidos a juicio en Canadá, en 1917
La carrera del suero a Nome: como un puñado de perros y sus mushers salvaron cientos de vidas
Pyramiden, la ciudad fantasma del Ártico. Un viejo pueblo soviético abandonado en Noruega
La coincidencia más grande de todos los tiempos. Dos personas que se encontraron en la nada

4 respuestas a “Cuando el cielo cayó sobre nuestras cabezas. Un True Crime del Ártico

  1. VenezolanoFap 5-marzo-2021 / 2:45 pm

    Vaya muy triste historia , si hubieran enseñado el sencillo mandamiento Amar a Dios sobre todas las cosas y a tu projimo como a ti mismo. Y luego los diez mandamientos para poder saber sin duda como se hace . Aunque hay mucha gente que se lo sabe pero ponerlos en practica sin la guìa del Espiritu Santo es imposible.

  2. oraculador 5-marzo-2021 / 3:20 pm

    Muy interesante historia, gracias. Una muestra más de los peligros del fanatismo religioso

  3. MatiasND 5-marzo-2021 / 7:47 pm

    Esta historia me resulta bastante similar a la de Jonestown.

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