Sesenta grados sur. Las islas de la desolación

El Tratado Antártico, que entró en vigor en 1961, blinda todas las tierras emergidas al sur del paralelo 60 contra las pruebas de armamento de cualquier tipo (específicamente el nuclear, pero no sólo ese) y declara la libertad absoluta de investigación científica en todo el territorio antártico. También, ya de paso, declara a la Antártida y territorios adyacentes como Tierrra de Nadie, congelando cualquier reclamación territorial al sur del paralelo sesenta y prohibiendo reclamaciones posteriores. Además del gigantesco territorio helado cuya forma nos es tan reconocible existen unos pocos cientos de islas afectadas por el tratado. Adicionalmente, hay una serie de islas, islotes y peñascos al norte del paralelo sesenta considerados como subantárticos. Estos territorios al norte y al sur del límite del Tratado Antártico suelen ser lugares entre poco y nada habitados, con climas que oscilan entre lo desagradable y lo repugnante y con flora y fauna de lo más entretenida, además de historias convulsas y, también,  interesantes. Hoy daremos una vuelta por las islas de la desolación. Bienvenidos al paralelo sesenta sur. Y alrededores.

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El verdadero tamaño de los países

Todos sabemos lo detestable que es la proyección de Mercator. Sólo hay una más detestable y es la proyección de Gail-Peters, pero esa es otra historia. La proyección de Mercator, pese a sus deficiencias, es extremadamente útil a la hora de utilizarla en navegación y para generar mapas interactivos; sin ir más lejos es la que usa Google Maps. Pese a ello, es horrible por la manera en que deforma los territorios situados en los extremos norte y sur del mapamundi, haciendo que Groenlandia parezca titánica. Bueno más titánica de lo que ya es. Para hacernos una idea de las deformaciones, nada como superponer las siluetas de los países. Y para hacerlo, nada mejor que TheTrueSize.com, una bonita aplicación sobre Google Maps que nos permite trasladar alegremente un país con todos sus habitantes al territorio de otro y comprobar el resultado, y que descubrí ayer trasteando en los Mapas de Milhaud, cuyo seguimiento feisbuquil os recomiendo encarecidamente. El caso más flagrante siempre es Groenlandia, que parece tener el tamaño de África, cuando es unas catorce veces menor. Pero también Escandinavia, Rusia, Alaska o Canadá ven incrementada su enormidad por la proyección geográfica. A continuación algunos ejemplos:

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Así se ven Groenlandia y África en Google Maps. Debajo, las proporciones reales

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Los ocho elementos más absurdos que se pueden encontrar en las banderas nacionales

Las banderas nacionales tal y como hoy las conocemos, representativas de un pueblo o de una nación independiente, son un producto de las revoluciones liberales burguesas del siglo XVIII y del auge del nacionalismo romántico en el siglo XIX. Son representaciones de un grupo, símbolos que subliman el sentimiento de pertenencia a la tribu consustancial al ser humano. El proceso de adopción de una bandera nacional va desde la adaptación de alguna enseña de guerra cuyas raíces se hunden en el mito y la noche de los tiempos (caso de Dinamarca) hasta la celebración de un concurso de diseño popular (casos de China y Nigeria, entre otros que podéis leer en casa del Mapache vexilólogo). Por poner un ejemplo, repasemos la historia de la bandera española, que es la que tengo más a mano. Una canción de nuestro ejército dice algo así como “Con la sangre de un patriota/ y con un rayo de sol/ hizo Dios una bandera/ y se la dio al pueblo español“. Ohhh qué bonito, lágrimas como balones de fútbol ruedan por mis mejillas antes de caer al polvo del camino. Pero mire usted, no. Ni Dios, ni patriota, ni sol ni leches en vinagre. La bandera española tiene los colores que tiene porque se ven bien desde lejos. Si en la época de Carlos III se hubieran inventado los colores flúor la bandera española se confundiría con los apuntes de un estudiante de bachillerato. Se supone que los colores, los emblemas o las insignias presentes en una bandera son alegorías de cualidades geográficas, étnicas, históricas o políticas del país al que representan. Pero es mentira. Una bandera, queridos, es un trapo de colores. Punto. Y para probarlo vamos a dar un paseo por las aberraciones presentes en las banderas nacionales del ancho mundo.

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El orden de entrada en 2015, país por país

Y se acaba el año, una vez más. Se extingue 2014, amanece 2015, los caricaturistas de todo el mundo hacen la misma maldita viñeta con el año que finaliza representado por un anciano y el año que comienza personificado en un bebé, repasamos los propósitos que hicimos al iniciarse 2014 y comprobamos como hemos incumplido todos ellos, y lo que es peor, que ya por la segunda semana de febrero sabíamos que iba a ser así. Llega 2015, decíamos. Pero, obviamente, no llega a todos los lugares al mismo tiempo. De hecho hay países en los que celebrarán la entrada en 2015 mientras en otros puntos de la Tierra aún es 30 de diciembre. Y fieles a la tradición de cada año y a nuestra vocación de servicio público, y dado que ha habido cambios relevantes respecto a la situación del año pasado, vamos a repasar el orden de entrada en 2015, país por país.

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Nuestros vecinos se llaman igual que nosotros (primera parte)

Las fronteras son líneas imaginarias cuya traslación al mundo real puede ir desde una línea sobre el asfalto de un carril bici hasta una muralla de cientos de kilómetros de largo custodiada por soldados armados hasta los dientes. En cualquier caso, toda frontera es una agresión, es una división artificial cuyo absurdo es sólo superado por su necesidad. Una línea trazada sobre un mapa divide el mundo entre nosotros y ellos, entre aquí y allí. Pero en muchas ocasiones, aquí y allí son lo mismo, un todo que, por circunstancias de la historia y la política, ha devenido en pedazos separados por una o varias líneas. Cuando eso sucede, sin embargo, la toponimia puede ser empecinada y recordarnos que a ambos lados de la raya la realidad es la misma. Y esto es lo que vamos a ver hoy: lugares, regiones, provincias, países que por esos caprichos que tienen la historia y la geografía, se llaman exactamente igual a uno y otro lado de la frontera internacional.

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Hoy vamos a ir más allá de esto  Seguir leyendo

Libros: los sótanos del mundo

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Los sótanos del mundo. Ander Izagirre. Elea Argitaletxea, Bilbao, 2005

La literatura de viajes es un género difícil. Un viaje es emocionante, como puede atestiguar cualquiera que se haya pasado sin dormir la noche antes de la partida, las tripas reconcomidas por los nervios y la expectación, pero salvo excepciones, raramente las experiencias vividas justifican rellenar trescientas páginas con lo sucedido. Sin embargo hay algo que podemos denominar “la mirada del viajero” que convierte un viaje en muchos, porque no sólo se viaja en el espacio sino también en el tiempo. El viajero, cuando llega a un lugar, se empapa de la geografía, de la historia y de las gentes que lo habitan o que dejaron allí su huella. Y eso es lo que convierte un relato de viajes en literatura en su más amplia expresión. Es lo que ha hecho Ander Izagirre en este libro. Literatura con mayúsculas.

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VIlla Epecuén, el pueblo que emergió de las aguas

Durante décadas, Villa Epecuén fue un pequeño pueblo construido en la orilla de un lago salino de la provincia de Buenos Aires al que acudían miles de personas cada año para disfrutar de las condiciones excepcionales de la laguna y sus beneficios para la salud. Más de 25.000 visitantes al año en los meses del verano austral. Era un lugar de esparcimiento donde todo iba bien. Hasta que dejó de ir. De la noche a la mañana el pueblo empezó a inundarse y acabó hundido bajo las aguas del lago a la orilla del que fue construido. Permaneció  sumergido un cuarto de siglo, y ahora acaba de volver a ver la luz del sol. Esta es la historia de Villa Epecuén, el pueblo que emergió de las aguas.

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El antes y el después en Villa Epecuén (fuente)

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