Las fronteras catalanas, en Viajando con Chester

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Esta noche a las 21:30 se emite un capítulo especial del programa de Cuatro Viajando con Chester, titulado “Las fronteras catalanas“, en el que el popular publicista y animal televisivo Risto Mejide entrevista a personajes de lo más variopinto en su sofá Chester, generalmente decorado para la ocasión. El de hoy es especial por la fecha y la temática (para los lectores de fuera de España, que sois la mayoría, hoy se celebra una consulta popular sobre la independencia de Cataluña que, aunque no tiene validez jurídica alguna, sí tiene una notable relevancia política), pero también porque he colaborado tangencialmente en él y me hacía ilusión contároslo. Entre otros lugares se visitan el río Senia (que ejerce de límite entre Cataluña y la Comunidad Valenciana) y Puente de Montañana, un pequeño pueblo aragonés cuyo casco urbano se extiende hasta entrar en Cataluña. Mi participación ha sido más bien exigua (recomendaciones de lugares fronterizos geográfica y políticamente interesantes en caso de una hipotética independencia catalana), pero me hace ilusión igualmente, así que ahí os lo dejo. Esta noche, a las 21:30, en Cuatro.

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Mi primera frontera

Ubiquémonos. Anno Domini MMVI, o sea 2006, cosa de año y medio antes de que este blog suyo de ustedes empezara a existir. Hacía unos siete meses que me había trasladado a Barcelona desde mi Madrid natal. Por si se lo preguntan, sí, había una mujer detrás de la mudanza. Y sí, me casé con ella. Algún lector veterano tal vez se acuerde el post en un terrible inglés que publiqué por aquel entonces. A lo que iba. Cuando llegué a Barcelona obtuve mi primer contrato laboral decente, que incluso superaba en un par de docenas de euros el mileurismo en doce pagas, y que me permitía no sólo comer y pagar una habitación en un piso compartido con una médico rumana adicta a los bikinis, un latin lover argentino y un diseñador gráfico de Vic, sino además lujos tales como cenar fuera de vez en cuando o ir de vacaciones con Easyjet a un Bed&Breakfast londinense o a algún tugurio en el antiguo Berlín Este. A cambio, eso sí, el trabajo me exigía tener un coche. Bueno, en realidad no me lo exigían. Pero era un trabajo de comercial para empresas por toda Cataluña, y durante seis meses las había pasado bastante canutas yendo a lugares tan exóticos como Sant Quirze del Besora o Sant Pere de Nosedonde usando sólo transporte público y algún taxi ocasional. Y uno no sabe lo que es el tercer mundo hasta que no ha viajado en las Rodalies de Barcelona. Hacen que Burundi parezca Singapur. El caso es que a los seis meses de llegar a la Ciudad Condal me compré un coche. Antes tuve que pasar el engorroso trámite de suspender dos veces el examen de conducir, pero esa es otra (aburridísima) historia. Ya estamos la mayoría de los protagonistas de esta narración. Yo, el trabajo y mi flamante coche nuevo. Falta la frontera.

Habría tenido mucho sentido que este fuera mi coche, pero no es el caso

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El hombre que cruzaba fronteras

Conocí el Hotel Arbez hace un tiempo en alguna de las múltiples páginas de friquismo fronterizo que adornan el blogroll de esta humilde bitácora. Teniendo en cuenta que Ginebra cae a apenas siete horas y media de coche de Barcelona (Madrid, por ejemplo, está a seis horas de carretera, cinco si se corre un poco y no se para, y cuatro si se es un retrasado mental con un coche de gran cilindrada) planeé cuidadosamente el viaje para realizarlo en noviembre del año pasado. El día del viaje desperté con una descomposición intestinal nivel “las aguas del Mar Rojo se cierran sobre los perseguidores de Moisés” por lo que no sólo no podía conducir siete horas, sino que ni siquiera podía plantearme salir de casa a comprar papel higiénico. Así que cancelé la expedición y esperé mejores tiempos. Hasta que hace un par de meses se alinearon los planetas y disfruté de tres días eximido de cualquier responsabilidad laboral o familiar; pensé que la ocasión la pintan calva y me lancé a recorrer fronteras. Este blog es sólo una excusa para viajar, leches. Aprovechémosla.

-Sí, hola, Cariño, te mando la foto del sitio que he venido a ver. Sí, es una escalera. Sí, la moqueta es bastante fea y un poco mugrienta, ¡pero la frontera pasa por uno de esos escalones! Sí, me he cogido un avión y luego he conducido una hora por una carretera de montaña para ver esto. ¿Cómo, que te recuerde por qué te casaste conmigo?

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Las 256 mejores entradas de Fronteras

Que son todas y cada una, incluyendo esta. Hoy, siete de enero, se cumplen cuatro años, cuatro, de la publicación de la primera entrada de este blog. Decir que en estos cuatro años han cambiado muchas cosas sería quedarse un poco corto. Me he casado, he tenido un hijo (al que le regalan mapamundis atroces), he cambiado dos veces de trabajo y otras dos de lugar de residencia, he perdido a mi padre, he conocido Nueva York (y lo que es mejor todavía, Baarle)… y he publicado 28 entradas en el blog (en 22 años). No son muchas (Microsiervos hace eso en un fin de semana malo y sólo con los bots), pero hay alguna que otra más o menos decente que podría incluso ser calificada como pasable. En cualquier caso he disfrutado como un enano durante estos cuatro años. Y espero que vosotros, escasos pero inmerecidos lectores, de vez en cuando hayáis pasado un rato agradable leyendo este vuestro blog fronterizo.

Para la entrada de hoy voy a necesitar uno de estos

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Aberraciones cartográficas

Hace un par de semanas mi cuñada le hizo un regalo a mi hijo, que también es su ahijado. Conocedora de mi frikismo geográfico obsequió a Diego Jr. con una pelota sólo un poco más pequeña que él en la que se representa un globo terráqueo. Se me saltaban las lagrimillas de pura emoción. Mi hijo dándole patadas a Francia y mordiscos al Reino Unido. ¿Hay algo más mono? El caso es que después le eché un vistazo a la cartografía propiamente dicha y se me paró el corazón. Dioses del Cielo. Atrocidades geográficas nunca antes cometidas, masacres de meridianos, genocidios de paralelos, aniquilamiento de los conceptos de forma y proporción. Todo es poco. Pasen y vean esta galería de los horrores cartográficos.

¿Antar…QUÉ?

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Fronteras en el periódico

Mi blog ‘Fronteras’ nace como producto del insomnio. Durante el último mes de 2007 me dediqué durante muchas noches a engullir artículos de Geografía e Historia de la Wikipedia en inglés. De muchas de las cosas que leí no había nada en castellano en Internet, así que me decidí a abrir un blog para contarlas. Intento echarle humor a los artículos cuando el tema lo permite. Como yo soy el que escoge los temas, normalmente no tengo problemas de conciencia al respecto. La primera entrada es del 7 de enero de 2008, así que llevo casi tres años con él. Madre mía, como crecen estas criaturas!

Diego González hablando de sí mismo en La Vanguardia. Autobombo power!

Hace unos días me contactaron desde La Vanguardia para hacerme una pequeña entrevista para la sección “Tengo un blog”. Como tengo un blog, tengo un ego del tamaño de Las Vegas, y no sólo no me negué sino que supliqué que hablaran de mi. Al final me dejaron hablar de mi a mi mismo, ya que soy el que mejor y más objetivamente lo hace. También el único, pero eso no me resta méritos. ¿El resultado? Aquí lo tienen.

P.S. No es la primera vez que Fronteras sale en la prensa. En aquella memorable ocasión en la que mi mujer padeció la carrera de taxi más larga de la historia de mi barrio el ABC nos citó; esto causó divertidas anécdotas por parte de gente que conoció la historia a través del periódico y no de nuestra propia mano.

Un taxi parisino en Barcelona

Dice la ley de Murphy que si algo puede salir mal, saldrá mal. Se quedó corto. Puro optimismo, el de Murphy. Si algo puede salir mal, saldrá peor, y los sindicatos franceses se encargarán de estropearlo todavía más. Mi Santaesposa™ me llamó el jueves para contarme que probablemente llegaría tarde de su viaje a París por culpa de un volcán en Islandia, lo que, sin duda, me pareció la peor excusa de todos los tiempos. Después de consultar la prensa on line y creerme lo que estaba sucediendo, empezamos a buscar soluciones para traérmela de vuelta, pero no contábamos con el carácter francés. El deporte nacional en Inglaterra es el fútbol, en Estados Unidos mirarse el ombligo y en Francia hacer huelgas en el momento más inoportuno. Los trenes franceses, que ya llevaban nueve días de huelga, siguieron parados. Así pues, sin avión, ni tren, recurrimos al autobús, con el éxito esperado. Todos los autobuses llenos durante los siguientes seis o siete días. Quedaba una última opción: alquilar un coche. Negativo. Todos los coches de alquiler en aproximadamente seiscientos kilómetros a la redonda de la capital de la France estaban ya más que alquilados, a un precio entre cinco y veinte veces el habitual. El chaos and disorder estaba ya instalado en toda Europa, y el vuelo de vuelta del viernes estaba ya cancelado veinticuatro horas antes. Así que, finalmente quedó el recurso más obvio: Parar un taxi y decirle al tío “A Barcelona, oiga. Y deprisita”.

El taxi parisino en el que regresó mi mujer, en la Avenida Diagonal. Arriba a la derecha, el luminoso del Hospital de Barcelona

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