Las paradas de autobús, el secreto inesperado de las carreteras soviéticas

Cuando uno piensa en “arquitectura soviética” lo primero que le viene a la cabeza son grises y monótonos bloques de hormigón alineados como si fueran parte de un desfile norcoreano. Pero en la felizmente extinta URSS pueden encontrarse rincones donde la creatividad se desbordaba. No en grandes palacios de congresos o mastodónticos edificios gubernamentales sino en pequeñas marquesinas de autobús dispersas aquí y allá por todo el vasto territorio del imperio soviético. El fotógrafo canadiense Christopher Herwig descubrió este fascinante microcosmos viajando en bicicleta de Londres a San Petesburgo, allá por el año 2002. Durante la siguiente década recorrió más de treinta mil kilómetros en catorce países, de Estonia a Georgia y de Moldavia a Kirguistán, buscando esas pequeñas explosiones de imaginación en las cunetas de los caminos soviéticos.

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Gagra, Abjasia (Georgia)

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Libros: los sótanos del mundo

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Los sótanos del mundo. Ander Izagirre. Elea Argitaletxea, Bilbao, 2005

La literatura de viajes es un género difícil. Un viaje es emocionante, como puede atestiguar cualquiera que se haya pasado sin dormir la noche antes de la partida, las tripas reconcomidas por los nervios y la expectación, pero salvo excepciones, raramente las experiencias vividas justifican rellenar trescientas páginas con lo sucedido. Sin embargo hay algo que podemos denominar “la mirada del viajero” que convierte un viaje en muchos, porque no sólo se viaja en el espacio sino también en el tiempo. El viajero, cuando llega a un lugar, se empapa de la geografía, de la historia y de las gentes que lo habitan o que dejaron allí su huella. Y eso es lo que convierte un relato de viajes en literatura en su más amplia expresión. Es lo que ha hecho Ander Izagirre en este libro. Literatura con mayúsculas.

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Allí donde se cruzan las líneas imaginarias

Una de las mejores cualidades de Internet, en su más amplia definición, es que es difícil sentirse solo. No importa cuán específica sea tu afición y cuán minoritaria puedan parecer las obsesiones de uno, siempre hay otra gente, un buen puñado de ella, con similares intereses. Este blog es un ejemplo de ello. Seis años y medio escribiendo de límites territoriales y sitios raros en mitad de la nada y cada día lo lee más gente (vamos a razón de casi cuatro mil visitas diarias, lo que supone que cada mes lee este blog casi la misma gente que en todo el primer año de vida de Fronteras ¡Viva y bravo!). Autobombo aparte, una de las consecuencias directas del enunciado anterior es que no importa cuán geek o friki seas, siempre habrá alguien mucho más geek que tú. Y las fronteras no son una excepción. Cuando empecé a escribir este vuestro blog fronterizo descubrí gente que viajaba cientos de kilómetros para recorrer un tramo de límite internacional en mitad de un bosque, o apasionados de los límites municipales. Yo mismo he hecho alguna cosa así, en realidad. Pero todos nosotros, gente como Ishosholoza, que convenció al guía de su autobús para cruzar ilegalmente la frontera del Congo, gente como Sherlock, que se juega una estancia en una cárcel rusa sólo para llamarme desde una triple frontera, o yo mismo, que estuve a punto de morir congelado mientras trataba de hallar el camino al punto más alto de los Países Bajos habiendo aparcado el coche en Alemania, todos nosotros, digo, quedamos como auténticos principiantes, pequeños aprendices, lamentables aspirantes al lado de la gente que hace el Degree Confluence Project.

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¿Qué señaliza exactamente esa bandera? Luego os cuento

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Doce distopías de pesadilla (que no son 1984 ni Un Mundo Feliz)

La distopía, el antónimo de la utopía, es un género que da mucho juego para criticar, en clave de ficción, situaciones actuales. Mil Novecientos Ochenta y Cuatro es la más conocida y una de las mejores, y era, al igual que Rebelión en la Granja, una de las más ácidas críticas a las sociedades totaliarias, especialmente al estalinismo, en auge a finales de los 40 y principios de los 50. Una retahila interminable de conceptos y latiguillos de uso común hoy en día tienen su origen en esa novela, o en Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley. Pero las distopías ni empezaron ni acabaron en esas dos novelas. Una larga lista de distopías han salpicado la historia de la literatura, tanto dentro de la ciencia ficción como fuera de ella, y nos han servido para reflexionar sobre la civilización y su fragilidad, y el poder y sus excesos. Descartando las dos más obvias y conocidas, este es mi top 12 distópico.

12.- Fahrenheit 451, Ray Bradbury, 1953

Tipo de distopía: Política

Resumen: En una sociedad donde pensar por uno mismo está prohibido, el cuerpo de bomberos tiene como misión quemar libros. Según el gobierno, leer libros hace que la gente no sea igual, y además les hace infelices al generarles angustia. Guy Montag, el protagonista, es uno de esos bomberos que en lugar de mangueras trabajan con un lanzallamas. Una serie de acontecimientos le hace replantearse si realmente es feliz y si será cierto eso de que leer es tan malo.

Comentarios: Como es sabido, 451º Fahrenheit es la temperatura a la que arde el papel. Es probablemente la tercera novela distópica más conocida tras las dos mencionadas en el título de esta entrada. Escrita en pleno Macarthismo, la novela denuncia la censura estatal pero, según su autor, sobre todo la autocensura de los ciudadanos y la alienación que producen los mass-media. En el mundo de Bradbury el hedonismo es la única guía, y la televisión y la radio son las únicas actividades de ocio de sus habitantes. Hay quien ve paralelismos con la era actual, pero son, en mi opinión, forzadísimos. La novela ha envejecido mucho y no demasiado bien, pero merece ser leída y releída, y de hecho se sigue reeditando con frecuencia.

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Pero ¿quién fue el primero en conquistar el Polo Norte?

¿Fue realmente Robert Peary la primera persona en pisar el Polo Norte? La respuesta es no. Durante gran parte del siglo XX se creyó que había sido él, pero lo cierto es que las pruebas que aportó de su gesta no resisten un análisis detallado. Entonces, ¿quién fue el primero en ver el Polo Norte? La respuesta sorprenderá a más de uno: Roald Amundsen (entre otros), el mismo noruego que llegó antes que nadie al Polo Sur. Nótese que he usado el verbo ver, y hasta lo he puesto en cursiva y todo. Amundsen nunca pisó el Polo Norte, pero lo sobrevoló en dirigible. Entonces, ¿cuándo demonios se pisó el Polo Norte por primera vez? En una fecha tan tardía como 1948, tres años después del final de la II Guerra Mundial y 37 años después de la conquista del Polo Sur. ¿Y quién fue el primero en llegar allí? ¿Cómo lo hizo? Eso es lo que vamos a ver hoy.

Los compañeros de expedición de Peary, supuestamente en el Polo Norte.

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Diez novelas que comienzan con el fin del mundo tal y como lo conocemos

Existen multitud de novelas post apocalípticas y distópicas, que cuentan la Historia de un mundo que ya no es el nuestro, arrasado por la guerra nuclear, las plagas, el hambre y las revistas del corazón. La ciencia ficción, desde 1984, Un Mundo Feliz o Farenheit 451 a otras muchas novelas más recientes, ha descrito antiutopías de todo tipo; regímenes tiránicos, tierras baldías arrasadas por la radiación o mundos sumergidos por la crecida de los mares. Hoy glosamos diez novelas que no sólo describen esos mundos sino también el final del nuestro, de nuestra civilización tal y como la conocemos. Vamos allá.

10.- Apocalipsis. Stephen King. 1990.

Causa del fin del mundo: Plaga vírica.

Resumen: Un hombre se escapa de unas instalaciones secretas del gobierno de Estados Unidos. El hombre no lo sabe pero está infectado con un virus tan letal que provoca un 99,5% de mortalidad entre aquellos que se ven expuestos a él. En los siguientes días todo el país, primero, y todo el planeta, después, son pasto del virus, conocido popularmente como El Capitán Trotamundos. Los escasos supervivientes de los EE.UU. se organizan en dos comunidades antagónicas separadas por miles de kilómetros, pero eso no impide que salten chispas.

Comentarios: Espectacular tocho del maestro del terror, reedición corregida y aumentada de una novela de 1978. Casi mil quinientas páginas en su edición de bolsillo, de las que quizá sobren la mitad; especialmente todo lo relacionado con lo paranormal. En su favor hay que decir que la descripción de la expansión de la enfermedad y, después, del hundimiento de la civilización, es verdaderamente fantástica.

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Libros: Estampas bostonianas

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Estampas Bostonianas y otros viajes. Rosa Montero. Ed. Península, Barcelona, 2002.

Rosa Montero (Madrid, 1951) decidió ser periodista a los quince años porque anhelaba viajar y pensó que como periodista podría hacerlo muy a menudo. A juzgar por este libro, no se equivocó con su decisión. Estampas bostonianas presenta varios reportajes publicados en el diario El País a lo largo de más de dos décadas, desde 1979 a 2002. Irak, Estados Unidos, el norte de Canadá o el Outback australiano son algunos de los lugares que nos presenta en esta serie de reportajes.

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